Doblaje y subtitulaje: Historias de un espectador cubano


Imagen tomada de Memedroid.

Gracias a la tecnología digital es muy probable que podamos ver un filme griego “hablado” y/o “con letricas” en español ¿O por qué no “hablado” en francés y “letricas” en español? ¿O “hablado” en español y “letricas” en inglés? Las opciones pudieran ser múltiples, pero siempre no ha sido así. Cuando se trata de productos “empaquetados” o de cintas magnéticas o fílmicas estas se reducen a dos: doblaje o subtitulaje, cada una con sus pros y contras, defensores y detractores.

En el doblaje, se sustituye la pista original de diálogos por una similar en otro idioma; generalmente esta ha sido la solución para audiovisuales infantiles y la preferida por mucho tiempo en Europa. Un amigo que estudió en la Unión Soviética me contaba de las veces que vio Fantomas y otras películas de Luis de Funes, pues el doblaje en ruso sumado a la gestualidad del actor francés eran una mezcla humorística inusual.

No pocos de estos materiales ya llegan a nuestras pantallas en español mientras que otros se doblan en casa. Los lectores más veteranos recordarán el acento mexicano de Huckleberry Hound, el peninsular de Robin, George y Mildred, o aquellos peculiares del Tio Stiopa, el malvado Astajá o de los personajes de Mashenka. Algunas producciones han alcanzado elevados niveles de exquisitez con sus mercados: la conocida cadena O Globo, para poner un ejemplo más contemporáneo, ha casado talento de voz y de pantalla con tal precisión y sistematicidad que no podemos imaginarnos a Gloria Pires o a Antonio Fagundes en la vida real con voces diferentes a las que hemos escuchado novela tras novela.

En Cuba hemos tenido experiencias que van desde el no doblaje de los muñequitos americanos –luego sustituidos por los llamados “muñequitos rusos”, aun cuando Lolek y Bolek o Gustavo, por ejemplo, eran de otras nacionalidades-, un decoroso doblaje de la serie polaca Cuatro Tanquistas y un Perro, uno ciertamente estereotipado de aquella historia infantil en los 90 cuya protagonista era la Princesa Arabella, o aquel kafkiano de Juan el Espadachín, aventura alemana de los 70 que muchos seguramente abandonaron en sus capítulos iniciales al no poder distinguir si hablaba Juan o su retador pues todos los parlamentos se doblaron por un único talento de voz. Lo más logrado, el referente obligado, la joyita en materia de doblaje, seguirá siendo La Comedia Silente, entrega dominical que se nos hacía mucho más divertida con las miles de voces y ocurrencias del legendario Armando Calderón.

Por otro lado, en el subtitulaje se mantiene la pista de original de diálogos y se superpone a la imagen, frecuentemente en la parte inferior de la pantalla, una versión de lo que se dice. Esta práctica, me atrevería a decir, es la más difundida entre los cubanos. Requiere de niveles adicionales de profesionalismo pues si bien no es fácil la labor de traductores y técnicos de la imagen por separado, mucho menos resulta la combinación de ambas. Hoy existen softwares de subtitulaje que permiten al traductor prescindir del técnico de video, pero la opción de “pluriempleo” o “plantilla única” no siempre garantiza un producto feliz.

A diferencia del doblaje, donde el público nunca sabe a ciencia cierta qué se dijo originalmente, en el subtitulaje quedan expuestos los dos idiomas e, inevitablemente, hay tela para que espectadores con dominio de la otra lengua puedan cortar a su antojo. Hemos visto palabras incorrectamente empleadas, especialmente si en el idioma original tienen más de un significado. Me viene a la mente un filme donde el jefe de una banda cercada por la policía dice a sus colegas “You know the drill” (“Conocen el procedimiento” o “Saben lo que hay que hacer”) y subtitulada como “Conocen el taladro”… aún cuando lo que los asaltantes tenían en sus manos podían abrir más de un hueco en fracciones de segundos.

Un reto adicional es reexpresar una idea en el limitado número de caracteres que pueden ser leídos mientras dura el cuadro correspondiente a lo que se dice. Y es precisamente aquí donde el especialista en imagen tiene que ser preciso, pues, de lo contrario, sucedería lo mismo que en una copia de El Resplandor que seguramente queda en alguna bóveda del ICAIC: un ligero desfase entre diálogo y subtitulaje nos mostraba a Jack Nicholson rabioso y con bate en mano –como si fuera a desempatar un juego clave del play off- implorándole a la asustadísima Shelley Duvall que no le hiciera nada, por favor. Por suerte, la desincronización se resolvió segundos antes de que Jack hiciera su primer swing con intención de sacar a Shelley más allá del Overlook Hotel.

Mucho más difícil resulta el subtitulaje de producciones humorísticas donde se juega con más de un significado de la misma palabra y, si no se logra una buena traducción, se resta comicidad a lo dicho. Dos referentes para quitarse el sombrero son los filmes ¿Dónde está el piloto? o Robin Hood: Hombres en Malla. Y puede existir un nivel superior de exquisitez cuando la versión al nuevo idioma emplea la palabra exacta que se usa en el contexto geográfico/cultural de un público en particular. Cuando vemos/oímos “rollo” o “gilipollas”, aun entendiendo lo que estas significan, evidentemente no se ha logrado una buena localización. No olvidaré la escena de La Película de los Muppets donde varios personajes se “pelotean” el diamante robado-rescatado de Miss Piggy y un narrador deportivo que era parte de la acción se identifica como Bobby Salamanca. Recuerdo que mis tres colegas de lenguas extranjeras y yo nos miramos y exclamamos a la vez “¡ñó!” Y no era de extrañar, pues por aquella época corría el misterio sobre una casa no identificada en La Habana que post-producía audiovisuales contemporáneos con muy buenos subtitulajes.

Es muy probable que ante la pantalla nos hayan desagradado cosas como ver a Bruce Lee en pose de ataque y oírle decir en el reconocible acento español “¡Joder, tío!” o que hayan dejado –negligentemente- caracteres tales como “/” o “>>” en el subtitulaje. Algunas versiones que nos han llegado de mano en mano –y alguna que otra difundida en los medios- no siempre se postproducen en el patio o se entregan a destajo en similar anonimato al que rodeó a Omnivideo en su tiempo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que detrás de las opciones disponibles para teclear en el control remoto, o la que irremediablemente nos llega –sea nuestra preferida o no- hay una labor complicada, no suficiente reconocida –o incluso insuficientemente remunerada- y que requiere de conocimientos y oficio cuyo fin es el disfrute del espectador.