El rey de las espinas

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Mario Felippe. Foto: Sandy Mederos.

Algunos pudieran pensar que los cactus no son necesariamente las plantas más atractivas a las que les dio por crecer en este planeta. A veces, la lógica humana parece rechazar el hecho de que una madeja de espinas resulte admirable en algún sentido. Tal criterio estético está, de alguna forma, marcado por un desconocimiento total en torno al tema.

Mario Felippe lo sabe. Desde que se mudó en 1962 para el falsamente céntrico reparto capitalino del Capri, situado en el municipio de Arroyo Naranjo, su vida ha estado dedicada al verde y a las espinas.

Amante de cuanta especie vegetal existe —desde la más espectacular hasta la aparentemente menos atractiva—, “el Mayo”, como todos le llaman en el barrio, ha pasado un poco más de cinco décadas cultivando —literalmente— su pasión por los cactus.

Desde que uno llega a su casa parece haber aterrizado en una versión residencial, y obviamente, reducida, de un jardín botánico. Desde el mismo parterre te reciben palmáceas, suculentas, helechos, ficus, y otro montón de especies y géneros que, para un ignorante del tema como quien les cuenta, resultan tan innombrables como deslumbrantes.

Un poco más adelante, en medio de un garaje sin auto, está el protagonista de ese selvático panorama. Sentado ahí, vestido con un pulóver y unos shorts que parecen sobrevivientes de un apocalipsis zombie, Mayito trabaja con la misma paciencia que un relojero suizo.

Te saluda cuando te ve, con pocas palabras, pero agradecido por la oportunidad de contarte sobre el amor más grande que alguna vez haya sentido. Dice que su mujer no siente celos, que ella sabe lo que significan sus “crías”.

“Yo empecé en esto desde niño. Tenía 12 años cuando un amigo de mi padre me regaló algunos cactus, y empezó a enseñarme cómo cuidarlos. Recuerdo que el viejo mío me hizo un umbráculo para poner aquellas primeras piezas de la colección. Luego me tocó a mí seguir”.

Uno de los mitos que destruye sobre los cactus es el hecho de que muchos piensen que no necesitan agua.

“Es verdad que mucha les puede hacer daño, y hasta podrirlos en cosa de dos o tres días, pero sí necesitan agua. La clave está en tocarle la tierra: si está húmeda no hay problema; pero si la notas seca, agua con ellos hasta que drenen por debajo de la maceta”.

“Hay muchos a los que no les gusta tocarlos, porque piensan que van a salir con la mano en candela, pero tampoco es así. Lo de no tocarlos realmente ayuda más al cactus que a las personas, porque el roce constante los deteriora, pero la realidad es que hay muchas especies que no hacen daño”.

Mayo es graduado de Ingeniería Agrónoma. Durante años, el trabajo y las responsabilidades de la casa le privaron poder dedicar más tiempo a las plantas.

“De cualquier forma que podía, me las arreglaba para organizarme y hacer mis cosas los domingos. Durante esos años mantuve el intercambio con otras personas que compartían la misma afición que yo, incluso con algunos amigos franceses que me hicieron llegar semillas de especies que no pueden encontrarse aquí en Cuba”.

Luego llegó el retiro, esa etapa que en Cuba sabe más a muerte en vida que a tiempo aprovechable. Sin embargo, fue a partir de ese momento que Mayo y sus “espinosos” familiares comenzaron a florecer con más fuerza. A día de hoy, dice contar con más de 100 géneros diferentes de cactus y plantas suculentas, las cuales han llenado prácticamente cada espacio de la casa, incluido el techo.

“No te creas que eso es fácil. Además de la dificultad normal que tiene cultivar cactus, uno tiene que dedicarle horas y horas a esto. Yo me paso días preparando los sustratos para sembrar, uno para cada tipo de cactus, para que se me den bien y poder tener varios ejemplares de cada especie. El lío es que a veces un socio se antoja de uno, o la lluvia te complica la vida, y hay que tratar de tener siempre uno de más para que la colección siga igual”.

“Otra cosa que es muy difícil es conseguir los materiales y herramientas para la siembra, y el mantenimiento. El nylon para hacer los invernaderos, la arena sílice, que es la mejor para el drenaje de las macetas, los ingredientes del abono. Pero igual a nosotros eso no nos importa tanto. Uno al final está haciendo algo que le gusta, y mientras tanto, lucha para vivir un poco mejor”.

Además del cultivo y la venta de sus plantas, Mario también comparte lo que sabe, porque tiene claro que el día que no esté, quiere que la gente siga manteniendo viva la tradición. Aprovecha cada año para exponer sus cactus y sus conocimientos en el Jardín Botánico, y hace poco empezó a dar conferencias sobre temas de polinización, siembra y sustratos en la Quinta de los Molinos.

“Pensé que no iba a ir tanta gente, pero me sorprendí cuando vi la cantidad de personas que iban allí cada domingo. Uno se siente importante, siente que las cosas que tiene que decir son escuchadas, y la verdad se siente bien darse cuenta de que seguimos estando arriba de la bola”.

El ecosistema de Mayo. Foto: Sandy Mederos.
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