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Falso 9: Salvarse

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El “falso nueve” es, generalmente, un tipo que fue desnaturalizado porque otro de mayor jerarquía lo necesitó de esa forma. Es esta una columna en la que leerás sobre esas desfiguraciones que supone el fútbol. Quizás leas en ella todo lo contrario: nunca se sabe dónde acabará un “falso nueve”.

Ribéry durante su debut con la Salernitana. Foto: @SoyCalcio/ Twitter.

Algunos han dicho que ha llegado Ribéry a la Salernitana para salvarse. En el fútbol, con 38 años, salvarse pudiera ser, por un lado, una ficción educada por los estropeados relatos del ídolo a punto de marcharse y, por otro, una hollywoodense imagen última: el final feliz como única garantía de las dificultades previas.

Ribéry llega a la Salernitana y se niega a ese frame terminal. En su actual equipo, como en cualquiera de Qatar, China o Estados Unidos, se asiste a una etapa preliminar del adiós; son lugares de tránsito constante, donde el arraigo es un evento casi anecdótico y los tipos juegan allí porque todavía no son capaces de asimilarse dentro de otro orden de cosas o dentro de rutinas tan remotas que no recuerdan o no han descubierto (existe un caso cada vez más común: está el que va hacia esos sitios estimulado por un gran contrato y toda una estructura publicitaria que, fuera de lo financiero, le reportará al futbolista algún photo shoot en Instagram y tres o cuatro transmisiones en directo desde restaurantes de lujo, además de otras glamurosas simulaciones modernas).




Franck no está en un club exótico por definición, ni es eso, por lo visto, lo que hubiera querido. Le irrespetaron en la Fiorentina, no valoraron su compromiso, dijo meses atrás. Venció su contrato y nadie de allí le llamó. El Bayern München volvió a abrirle las puertas para que entrenase. Regresó a la Serie A, probablemente, por culpa de quienes lo desecharon en la Fiorentina. Entiende que la Salernitana no es el típico resort al que podía haber ido para escabullirse luego de tanta fatiga, sino un nuevo ámbito donde aspiraría a cierta vendetta pasional.




Por el momento, poco ha podido exhibirse. Como es lógico, ha jugado a dosificar con cuidado sus embestidas, estilo que ha muerto en los tiempos de Kantés y Goretzkas, en los que aplaudimos, a veces con demasiada exaltación, un fútbol más pulmonar y menos desvergonzado. En medio de esta situación, más allá de reunir a miles de aficionados en su presentación y lograr que un periodista comparara su llegada con la de Maradona al Napoli, Ribéry es poco funcional. Lo son también otros en su misma condición. Es un problema sistémico y, ya que estamos, traumático: por ejemplo, tanto despliegue físico ha hecho que los mediapuntas deban acceder a la domesticación o al castigo.




Hasta ahora, en el esquema de la Salernitana, al francés lo han ubicado en posiciones cercanas al centro. Contra el Atalanta, este fin de semana, apareció por detrás de los dos delanteros en un 3-4-1-2, alejado de la banda izquierda, desde donde aprendió a separar defensas en una etapa en la que a los técnicos les fastidiaban menos los agitadores. Ribéry sabe que no ha llegado hasta allí para salvarse a sí mismo, sino al equipo, y para eso, en ocasiones es necesario bajar la cabeza y acostumbrarse. La salvación, de alguna manera, es la consecuencia última de una miseria.

P.D: Si quieres leer otras columnas publicadas en Falso 9, puedes hacerlo aquí.


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