Todo tiempo pasado fue mejor

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Foto tomada de Tacoma Public Library.

Me ponía una mano en el diafragma y apretaba, con la otra me tapaba una oreja y comenzaba a vocalizar… Ma me mi mo mu… Y así todo el día, no sé, hasta olvidar la secuencia de consonantes.

Había visto ese ejercicio en una clase de educación musical y luego se lo enseñé a mis colegas de Bala Perdida, un grupo de algo inclasificable que fundamos Mario “Mayo 13Shot”, Leoncio “Popi Wanhondry” y yo, aka “Stereo”. Usábamos nombres artísticos de evidencia inglesa porque estábamos fanatizados con 50 Cent, Snoop Dogg, con Sean Paul y otro puñado de negros de los que nos llegaban canciones y referencias sueltas. La verdad es que cada uno se inventaba cualquier cosa y en un mes cambiábamos cien veces de nombre artístico; yo, lo admito, usé todas las insignias de equipos electrónicos.

Nos vestíamos con pullovers anchos o camisas “bacteria” que a fines de los 90’ se les habían quedado pequeñas a nuestros padres; el resto de indumentaria se resumía en un shortpant de mezclilla a media pierna, anchísimo, con algunas etiquetas cosidas con hilo blanco; lo mismo podían decir Tommy que TropiCola. Completábamos con tenis corte alto, a veces Fila; de ordinario, copias Shaq. En una visita de extranjeros a la iglesia de nuestro pueblo colonial, logramos nos regalaran tres gorras similares: diferentes colores, pero todas con el logo de los Marlins. Fue perfecto, aunque tuvo sus pequeños matices, porque las gorras tenían la visera doblada y según los videoclips de 50 Cent, un verdadero rapero, un gansta de barrio, las llevaba con visera recta. Al final lo resolvimos poniéndoles un bloque encima hasta enderezarlas.

Andábamos vestidos así por las tardes, siempre con un reproductor de CD marca Sankey, propiedad de Popi Wanhondry. Nos íbamos debajo de una mata de chirimoya en la casa de Mayo 13Shot y, durante horas, repetíamos rapeos sin entender ni una palabra. La culpa de mi pésimo inglés de hoy la carga consigo Sean Paul y sus atenuaciones fonéticas caribeñas.

En par de meses masacramos The Massacre, de 50 Cent; le dimos tanto al CD, que comenzó a soltar el esmalte. Recuerdo lo regrabamos, pero perdimos dos o tres temas. En ese tiempo comenzamos a componer nuestras propias canciones. Le escribíamos a novias imaginarias y contábamos peleas con tipos más fuertes que siempre destrozábamos para salvar el culo milagroso que nos daba fuerza para rapear fuerte, para decir malas palabras en todas nuestras lyrics. No era una buena canción si no decía pinga al menos tres veces o si no le poníamos a nuestros cojones insignias de general laureado. También le cantamos a nuestras madres, a una prima dorada y lejana que jamás nos quiso. Popy Wanhondry le hizo una canción fúnebre a su perro, con una letra dura y solemne (la mejor de todas), aunque no logró rimar ningún verso con el nombre de su perro muerto: Flopy.

Nuestra carrera musical se concretó en un par de casetes donde grabamos ocho canciones, algo así, sobre backgrounds que Mayo 13Shot compraba a un tipo que vivía por el reparto Diezmero y tenía una Pentium 2. Nuestro disco, es decir, casete, lo grabamos nosotros mismos encerrados dentro de un closet, y no tenía género definido; era una aproximación a letras de rap sobre samples de reguetón.

Ahora no puedo recordar todos los títulos de las canciones. Apenas tengo fresco aquellas Impacto de Bala Perdida y Entre tus tapas, esta última un charco de testosterona, canción de la que recuerdo algunos versos ahora irrepetibles por pudor.

Después escribimos dos o tres temas más, hasta que a Mayo 13Shot lo mandaron a una escuela de oficio en La Habana Vieja y comenzó a quedarse por allá con su abuela. No supimos nada más de él. Se lo tragó la vida, se fue del mundo en el cruce de un semáforo… El padre de Popy Wanhondry se compró un carro y mi colega encontró en la mecánica su verdadero talento. Y ya no compuso más réquiems por Flopy.

Yo igual tomé mi camino a los catorce años, en julio, cuando pasé un mes con el televisor roto y conocí la pasión viva en la letra muerta de los libros. Y ya no pude volver a The Massacre, de 50 Cent, y perdí la aptitud para las lyrics y metáforas de contenido explícito.

Ahora, trece años luego, rota la crisálida vuelvo a veces por el pueblo donde se quedó mi madre, y paso muy cerca del lugar en que Popy Wanhondry —ahora apenas Leoncio—, cuelga un overol con máculas de grasa. Y tengo deseos de ir hasta él y preguntarle si todavía rapea, o qué fue de  la vida de Mayo 13Shot, de si lo han visto otra vez, de si apareció en la interestatal de Estados Unidos o bajo un semáforo en Sidney… Pero bajo la cabeza y sigo…

Igual ya no nos reconoceríamos.


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