Un gurú de la música cubana

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Foto cortesía del entrevistado.

Que la música puede darle sentido a las cosas es algo que muchas veces hemos escuchado. Abundan las historias de “malas cabezas” que han enrumbado sus vidas gracias al “paracaídas” que ha significado para ellos el encontrarse a sí mismos mezclando e imaginando notas y acordes. Igual puede pasar con los que no la hacen, pero sí la consumen. Digamos que para los melómanos no hay nada mejor que una canción, remedio sólido y etéreo a la vez, para asirse cuando la vida se te vira con cartas.

Para Iris y “El Bebé” la cosa ha sido más o menos así: ella, madre retirada, y él, hijo —pobremente— asalariado de una institución estatal.

Este cuento empieza —más o menos— en 1979. Con 24 años, Iris Ortiz Salgado, madre soltera, empezó a trabajar en la Empresa Universal, desaparecida entidad que tenía sus oficinas en la avenida de Carlos III. En ese tiempo, su hijo, Alberto Font Ortiz, ya estaba cerca de iniciar la escuela. No sabían que la situación se iba a complicar.

“Al principio, él fue a una escuela normal, pero qué va, no daba para eso. Entonces lo llevé a diferentes lugares, hasta que di con un médico del hospital Aballí, en Arroyo Naranjo. Él me dijo que El Bebé tenía aproximadamente tres años de retraso. Recuerdo que el viaje desde allá hasta mi casa lo hice llorando. No entendía qué pasaba”.

Cuatro años antes, en 1975, Iris había tenido un parto difícil. El proceso se demoró demasiado, y tuvieron que romperle la fuente. El niño tragó líquido amniótico.

“Se lo llevaron para la incubadora. Allí estuvo diez días con oxígeno. Según me enteré después, parece que un exceso de oxígeno fue lo que le ocasionó los problemas”.

De lo que estaba realmente mal con Bebé, la madre se enteró luego de conseguir que lo vieran los especialistas del Centro de Diagnóstico y Orientación.

“En esa época, el centro era uno solo en todo el país, y para llegar a que te atendieran había una lista larguísima. Tuve suerte de que la cuñada de mi hermana, que era rectora de la Facultad de Psicología, habló con la encargada de ese lugar, y una semana después me llamaron para que fuera”.

“Fue un día entero de análisis psicométricos, psicológicos, psiquiátricos… vaya, que me viraron al niño al revés. Al final, le diagnosticaron el lenguaje como problema fundamental, y me dijeron que él era inteligente, aunque tal vez no tan rápido como el resto de los muchachos en la escuela”.

“Otra cosa que descubrieron fue que, también a causa del exceso de oxígeno que había recibido de recién nacido, el Bebé tuvo secuelas a nivel motor. Los tendones de ambas manos sufrieron un problema que le impediría para siempre extender del todo los dedos meñique y anular. Esa condición lo incapacitaba, además, para realizar ciertas tareas físicas”.

Junto con la discapacidad de Alberto, su mamá descubrió que había otra cosa extraordinaria dentro de él. Con dos años de edad, y de pura casualidad, Iris lo llevó a un concierto de Irakere. La magia de aquellos genios deslumbró a aquel “retaco”, que se pasó más de dos horas atento a Chucho Valdés y su banda. Desde aquel momento, el sonido Irakere se convirtió para él en lo más grande.

“El Bebé” junto a Juan Formell. Foto cortesía del entrevistado.

En lo adelante, Alberto pasaría seis cursos en una escuela especial. Su abuela —soporte vital ante la ausencia del padre— se levantaba de madrugada para llevarlo hasta Miramar, mientras su mamá —que tenía horario especial en el trabajo, de seis de la mañana a dos de la tarde— iba a recogerlo a la hora de salida.

“Viendo el interés de él por la música, en ese tiempo yo intentaba llevarlo a cuanto concierto podía. Lo mismo de alguna agrupación popular bailable, que una de jazz, que de la mismísima Sinfónica Nacional”, dice Iris, todo orgullo.

“Una vez la profesora de la escuela me dijo que el niño era un poco mentiroso, porque se la pasaba hablando de que su mamá lo llevaba al teatro a ver a tal o más cual artista. Por poco se le cae la cara de la pena cuando le expliqué que todo era verdad, que no nos perdíamos ninguna actuación”.

Fundamental en la educacion de niño fue, cuenta Iris, la figura de Carlos del Puerto, bajista de los Irakere.

“El Bebé asumió a Carlos como figura paterna, porque su papá biológico nunca se ocupó de él. Aparte de las cosas de la escuela, Carlos me ayudó mucho en el aprendizaje del lenguaje del Bebé. Esa comunicacion entre ellos fue lo que impulsó a mi hijo a hablar bien en menos tiempo”.

Música aparte, El Bebé no borra de su casete la exigencia de su mamá con la escuela.

“Desde ese tiempo la vieja me sofocó siempre. No me dejaba pasar ni una. Llegábamos de noche, y a esa hora tocaba bañarse, hacer las tareas, a repasar las lecciones”, cuenta muy serio, aunque de pronto le brota una sonrisa cuando se acuerda de que también durante esos años se la pasaba escuchando los vinilos de la Aragón, Van Van y otras míticas orquestas que eran asiduas compañeras del tocadiscos que había en su casa.

Y de nuevo la realidad mostró su perfil menos favorable cuando al Bebé le tocó volver a la escuela convencional. Allí, además de la dificultad de las asignaturas, tuvo que lidiar con la crueldad de quienes no entienden lo que significa ser diferente.

“Mira, a esa hora tuve que enfrentarme a una Matemática mucho más violenta. También estaba la Geografía, que me llevaba de la mano y corriendo, a mí y a unos cuantos más. ¡Muchacho!, a recogerse con aquello. Para mí fue del carajo, un cambio radical”.

“Lo de las burlas también me afectó mucho, pero eso hace tiempo que lo tiré para atrás. Es verdad que jode, pero los años le van enseñando a uno que eso de verdad no importa”.

Culminada la dura batalla que para él fue la primaria, lo mandaron para una Escuela Taller, situada cerca de Carlos III. Allí logró sobrevivir la tempestad, rodeado de ciertos “elementos” que sorpresivamente se convertirían luego en amigos entrañables. De paso, cerró definitivamente su etapa escolar.

Precisamente de esos años, el inicio de los 90, extrae de pronto —y sin pensarlo demasiado—, el encuentro musical que tal vez guarda con más cariño.

Alberto junto a César “Pupy” Pedroso. Foto cortesía del entrevistado.

“Aquel día nunca se me olvidará. Teatro Karl Marx. Año 1991. Irakere en Buena Compañía, el segundo concierto. Nos levantamos temprano para ir a buscar las entradas, pero había una cola que parecía más bien una manifestación. Por suerte para nosotros una gente que estaba adelante nos hizo el favor de comprarnos un par. Dice mi mamá que Oshún fue la que nos puso ahí. Nos sentamos ‘alantico’, en la fila siete de la platea baja. Lo máximo”.

Sin embargo, igual que disfrutó aquella noche maravillosa junto al conjunto musical más influyente de la segunda mitad del siglo XX en Cuba, también sufrió en 1996, cuando Irakere dejó de ser.

“Nadie vio venir aquello. Nadie estaba preparado para eso. Yo te voy a decir una cosa: grupo como ese, con ese acople y esa calidad en todos los instrumentos, más nunca volverá a pasar”.

Entretanto, consciente de las limitaciones de aquel adolescente de 15 años, pero más que todo clara de que al muchacho no le gustaba demasiado el estudio, Iris percibió que el futuro de El Bebé estaba, cuando menos, enredado.

“A pesar de no poder terminar un curso de tapicería de cajas de muertos, por suerte consiguió trabajo ahí mismo en Servicios Comunales, en la misma calle Zanja, cerca de la casa. Ahí trabajó varios años en el camión que repartía los ataúdes, hasta que hubo un cambio de la empresa y lo pusieron en una plaza de auxiliar de limpieza, en donde por suerte —y gracias también a la comprensión del director— no perdió su salario”.

En sus ratos libres de la “pincha”, El Bebé se la pasa metido entre lomas de periódicos y revistas. Su memoria musical, que roza los límites de lo wikipédico, se enriquece con la lectura y recopilación de textos dedicados a los artistas de la isla.

La construcción de su archivo personal le ha servido para darse a conocer entre la élite de la música cubana. Muchos intérpretes y compositores, empezando por su ídolo Chucho Valdés, lo conocen —y respetan— como un “gurú” en la materia. Hay quien dice que falta poco para que le otorguen la chapilla de medio básico en muchos teatros y centros culturales de la capital.

Algo que ocurre con frecuencia es que tanto al Bebé como a Iris los llaman músicos y representantes para conseguir un texto que hable de ellos, un número de teléfono, o un correo electrónico. Lo que sea que esté en sus manos resolver, ellos lo hacen, a pesar de que actualmente ambos sobreviven con un salario de poco más de 400 pesos y una —casi— simbólica chequera.

Cada vez que Alberto logra recopilar una cantidad importante de entrevistas o críticas sobre un artista o grupo X, los mete en un “file”, una jaba o lo que tenga a mano, y con la mejor disposición del mundo se va para donde sea que estén presentándose. Allí le ofrece los recortes como un regalo, sin pedir a cambio nada más que una sonrisa, o tal vez una foto de recuerdo.


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Sandy Mederos

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