Azul

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Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

Los muchachos de la Lenin teníamos la increíble capacidad de transmutar la amistad en cofradía, después en hermandad y, con el tiempo, en una especie de manada. Así conocí a muchos de los que hoy a veces identifico por las calles y saludo como si hiciera mil años que no los viera, y quedo con ellos para beber en un bar barato, ponernos al día y hablar un poco de nuestros otros compañeros. Tras unos cuantos tragos me entero que Fulanito repitió tercer año en Cibernética, que Ciclanito ahora toca en un club nocturno, que toda una horda de viejos amigos han abandonado el país. Pienso entonces en lo bueno que era Fulanito en matemáticas, y en los dedos torpes de Ciclanito y en lo revolucionario que se decía Esperanzejo. La verdad es que la vida se ha cargado la ley de las probabilidades con esta gente.

Hace unos días vi al Ruso y no pude más que echarme a reír cuando recordé nuestra primera conversación. Apenas nos presentamos y le pedí que me regalara su desodorante “porque a los de su país ninguno le asentaba”. Cuando me enteré que en realidad había nacido en Ucrania, mis bromas pasaron a ser crueles referencias sobre la tragedia de Chernóbil. El Ruso, siempre impasible, nunca me sonó el buen bofetón que merecía, más bien se reía conmigo y aprovechaba cualquier oportunidad para devolverme el favor con otro chiste pesado. A fin de cuentas, viviríamos por tres años en el mismo cubículo, por lo que adaptarse era cuestión de vida o muerte.

El cubículo era para nosotros un santuario, una especie de templo donde ejecutar ritos como hacerle la vida imposible a un compañero, fumar entre diez un cigarrillo, planear una fuga de la beca para conseguir alcohol, contar con minuciosos detalles nuestras conquistas amorosas y, sobre todo, joder, joder toda la noche aunque algún profesor encabronado nos mandara a deshollinar los techos de un pasillo en la madrugada.

Hacer lo que nos viniera en gana conllevaba, en muchas ocasiones, algún que otro castigo. Pero siempre había quien corría con peor suerte, como los muchachos de Regla, a los cuales les retuvieron el pase durante meses. Aquella mañana un profesor histérico dio la charla matutina.

-Nos enteramos que en la tarde de ayer unos estudiantes de esta unidad se fugaron de la escuela para ir al Jardín Botánico. Los trabajadores del centro vinieron a darnos las quejas y ya sabemos quiénes fueron.

Todos hicimos silencio mientras, en nuestros adentros, nos compadecíamos de lo que les vendría encima a los implicados. El profesor continuó.

-Sabemos quiénes son porque encontraron en el Jardín Botánico una pared con un cartel que decía “Por aquí pasó la gente de Regla de 10mo grado”, y todos sus nombres debajo.

Nuestra compasión se transformó entonces en una unísona carcajada.

***

Hace ya un tiempo, antes que reinauguraran los centros de enseñanza medio-superior en zonas urbanas, cada joven de catorce años se iba preparando para tomar la gran decisión que definiría su futuro. O al menos así lo veíamos a esa edad. Elegir dónde continuar estudios nos parecía una tarea tan complicada y determinante que inexpertos manojos de hormonas serían incapaces de pensarla con claridad.  Y para eso estaban nuestros padres.

Las opciones, en general, se resumían a cinco, si es que el objetivo a largo plazo era colgar un título universitario en la pared de la sala y ver a mamá y a papá llorar de emoción por unos instantes.

Para los habaneros  primero estaba el Instituto  Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas “Vladimir Ilich Lenin”, una beca de ensueño, donde todas las comodidades estaban garantizadas, así como los mejores profesores y planes de estudio. Sujeta a aquel lemita de “el futuro de nuestra patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencias”, la Lenin se vislumbraba para mí como una catapulta hacia un porvenir incierto, y es que detestaba sacar cuentas como pocas cosas en este mundo.

Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

Haber elegido los “Camilitos” o el “Pre del MININT” sonaba a lo mismo, algo que mis viejos llamaban “entregarle el alma al diablo”. A los “Pre en el campo”, por su parte, los rodeaba un aura legendaria formada por las crudas historias de horror y misterio que circulaban por las calles: condiciones infrahumanas, estudiantes muertos y el bulling como regla generalizada. Aun así, si no quedaba más opción, los padres preferían mandar a sus hijos a esas escuelas pintadas de infierno antes que hacerlos estudiar pedagogía. Por razones que todavía no logro comprender, y a pesar de que el país se desangraba por llenar miles de aulas vacías, ser Profesor General Integral (PGI) resultaba casi siempre la última carta de la baraja.

Los primeros tres meses en la Lenin fueron los mejores, quizás porque mágicamente confluyeron los últimos suspiros de la Batalla de Ideas con el entusiasmo propio del recién llegado. En ese corto espacio de tiempo disfrutamos del frío acogedor de viejos y ruidosos aires acondicionados, y de buena comida garantizada todos los días. Así fue, hasta que ordenaron reunir a todos los estudiantes para “dar indicaciones”. Creo que fue desde entonces que el aviso de indicaciones comenzó a causarme espasmos.

-Los hemos reunido aquí para informarles de ciertos ajustes que estamos haciendo. Ustedes saben ya que se acabó la Batalla de Ideas, y eso afecta en especial a esta escuela. Así que a partir de ahora hay que ahorrar en todos los aspectos y…

La directora continuó su soliloquio a pesar del parloteo y el murmullo de los alumnos que apagaban su voz. Fue entonces cuando se paró un estudiante y pidió la palabra. “Al fin alguien que va a decir aquí lo que nadie tiene los cojones de decir”, pensé entonces, poniendo toda mi fe en la representatividad de las organizaciones de masas.

¡Yo no sé por qué tanto murmullo! ¡Aquí somos todos jóvenes revolucionarios y hay que hacer lo que la Revolución nos pida! Estamos en plena Revolución Energética, así que no podemos seguir con los aires acondicionados. Todos podemos dormir sin aire acondicionado. Las guaguas del transporte gastan mucho combustible y, por favor, a nadie le hace daño caminar un poco más hasta el punto de recogida. ¡Nosotros somos jóvenes y no podemos andar con blandenguerías!

Todavía rezo porque ese cabrón no haya dormido bien en tres años por el calor y porque, como yo, caminara dos kilómetros cargado de maletines hasta el punto de recogida.

El calor y las caminatas, realmente, fueron el menor de los problemas. El comedor de la Lenin pasó a ser un sancochero donde comer pollo hervido era motivo de júbilo e infinitas colas que se perdían en los pasillos; los laboratorios de ciencias se convirtieron en locales vacíos y oscuros que noche tras noche probaban del sexo furtivo de alguna parejita de novios, y el claustro de profesores se fue transformando, de a poco, en una bandada de mediocres muy dados a los escándalos por hacer algo más que impartir clases a sus estudiantes.

De cara a la decepción comencé a preguntarme qué hacía allí. Pero como todo es confuso en la mente de un adolescente, también comencé a romancear con aquellos viejos edificios azules que parecían tan lejos de la civilización.

***

No sé si existirán todavía –porque no he vuelto a poner un pie por ahí-, pero en la Lenin había rituales inviolables y sacros rincones de obligada visita. De no hacerlo, caería sobre nosotros aquel estigma maldito de “si no hiciste esto o aquello, no pasaste por la Lenin”. En fin, que teníamos tres años para aprender a bailar casino, darle la vuelta a la escuela en la graduación, parrandear el Día del Egresado, subir al techo de algún edificio, cocinar espaguetis en un cubo de agua y con un calentador, y tener sexo en el Bosque de la Amistad, en un pasillo o en el trampolín de las piscinas.

El Bosque de la Amistad no es en realidad ni tan bosque, ni tan “de la amistad”, sino solo unos pocos árboles distanciados que crecieron dándole abrigo a quién sabe cuántas parejas. En la oscuridad de la noche era casi imposible transitarlo sin tropezar con las raíces de los framboyanes o los cuerpos enroscados de dos amantes. El trampolín, en cambio, era un mirador espléndido. Desde allá arriba se era Dios, y el mundo se reducía a los edificios de la Lenin y las luces tintineantes de la ciudad que se veían en la distancia. A sus pies, un vacío que terminaba en unas piscinas que hace tiempo dejaron de tener agua para convertirse en improvisados terrenos de fútbol.

En una ocasión corrió la voz de que llenarían las piscinas nuevamente. La noticia fue confirmada cuando quitaron el agua durante una semana para llenarlas. Pensamos entonces que aquello no sería problema alguno, pues era invierno y en tiempos de frío el baño no importaba mucho. Mientras tanto, el aseo de algunos atrevidos fue directamente en la cisterna de la escuela: nos sumergíamos por su estrecha entrada, salíamos, nos enjabonábamos, volvíamos a sumergirnos y listo. Al fin, una de las piscinas estaba llena. Los profesores habían diseñado para la ocasión una estrategia organizativa de control para los estudiantes. Primero se bañaría 12 grado, después los de 11no y, por último, los de 10mo. Tras siete días de escasa higiene, y en un invierno como pocos en Cuba, 10mo grado tuvo que chapotear en un barrizal carmelita propenso a causar hipotermias e infecciones.

***

Estudiantes de la Lenin. Foto tomada de Wikipedia.

El estudiante de la Lenin es de naturaleza compleja y contradictoria, una aparente paradoja entre el “deber ser” y la realidad. Todas las mañanas, después de entonar el himno en los matutinos, siempre había tiempo para recordarle a los alumnos que ser revolucionario era el primer requisito para estudiar allí. En segundo lugar figuraban las buenas notas. Así pintábamos para el reglamento escolar y la buena fama del centro, aunque nosotros nos veíamos más bien como rebeldes, monarcas en una tierra muy lejana de casa, temerarios bromistas, hombres y mujeres independientes hechos para romper las normas.

En el microuniverso de la Lenin las reglas eran exclusivamente para desafiarlas. Cada indisciplina sumaba un punto más de renombre ante los compañeros, y también alguna que otra nota en nuestro historial de reportes. No sé si aquello tuvo que ver, pero muchos de los que intentaron burlar la obligatoriedad del cabello bien cortado, el rostro afeitado, la prohibición de cigarrillos, alcohol y pantalones apretados; hoy tienen el pelo largo y la barba tupida, fuman como chimeneas, tienen tanto alcohol en el cuerpo como pudiera tenerlo una licorería y se les ve de vez en cuando con facha de desahuciados. Ya esas travesuras han quedado a manera de anécdotas para reír con nostalgia (o vergüenza) junto a viejos amigos.

Sin que algún recuerdo melancólico escriba por mí, he de reconocer que la magia de ese lugar no estaba en el “monograma” rojo circular que nos mandaban a coser en las camisas, ni en sus paredes descascaradas que, según me cuentan, pudieron emular a Stalingrado recién terminada su épica batalla. Más de cien veces escuché por sus pasillos, con improvisados trovadores de escasos acordes en sus guitarras, coros aullando todo un repertorio de canciones dedicadas a la escuela, al trampolín y sus piscinas vacías, a su color azul, a sus marchas del Primero de Mayo… ¡Puras cursilerías! Con los años que me separan de esos tiempos, me inclino a pensar que La Lenin no era la Lenin, sino su gente y los recuerdos agridulces que dejaban en uno.

Cada vez queda menos de aquellos muchachos intranquilos que éramos. No somos una generación marcada por una lucha popular, ni por campañas alfabetizadoras, ni imposibles zafras. Nuestra rebeldía, lastimosa y absurda, era natural mas no encauzada. Era ciega, de esas que mueren prematuras con tal de adaptarse a la desidia de estos tiempos. De los viejos amigos, casi todos escogieron ser ingenieros, programadores, médicos, físicos y biólogos. Yo, por suerte, pude escapar de ese destino donde las letras forman más variables que palabras. Sirva esta breve remembranza para ellos… y también, por qué no, para las paredes descascaradas y el monograma rojo que guardo en algún sitio.


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8 Comentarios

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  1. Darío, es increíble como después de tantos años recuerdas (y nos haces recordar) todo con tanta claridad. La nostalgia es inmensa cuando hablas del Ruso y la convivencia entre todos, ánecdotas hay para 15 o 20 artículos como este. Un saludo y un abrazo!

  2. Darío, es increíble como después de tantos años recuerdas (y nos haces recordar) todo con tanta claridad. La nostalgia es grande cuando mencionas al Ruso. Anécdotas hay como para 15 o 20 artículos como este. Un saludo y un abrazo!

  3. Wow yo viví cada una de las cosas que mencionas en el artículo, por cierto, genial! por supuesto, es que soy de tu misma graduación, pero de manera general pienso que esas cosas nos tocan muy de cerca a todo aquel que haya pasado por esa escuela. Me duele mucho que hoy se haya reducido a lo que queda y que ya no tenga la fama y la gloria de otros tiempos, pero sí me alegro cada día de haber sido un alumno más y de haber dejado allí mi corazón.

  4. Me encanto leer este articulo Darío! Como dice Fabi yo tambien fui parte de esa generacion donde ocurrieron las fugas de los de Regla y me acuerdo perfectamente como si fuerano ayer que estuvieron tremendo tiempo sin pase, pero bueno esas anécdotas y muchas mas son lasde que hacen de la Lenin parte de nuestra vida, y creo que para muchos la mejorcasa etapa de la vidasegunda, yo sin duda no me arrepiento de haber pasado trabajo porque los mejores momentos superan todo y mira que fueronme buenos momentos, pero sobre todo me llevodijo muy buenos amigos de alli, que a pesar de los añosde nos vemos y nos abrazamos como el primer dia. Gracias Darío por tan bonito articulo!!

  5. Soy de la graduacion 31 y siempre opino que Lenin solo una..mis mejores momentos los pase allá. Gracias por compartir este articulo..me atrevo hacer uno y publicarlo con mis vivencias. Slds

  6. A pesar de que me recordó ciertas cosas, sentí la misma pena que tantas veces me dio por mis compañeros del pre cuando pensaban en “tocar” el cielo con tanto intento tonto de rebeldía. Me gustaría encontrarme ahora con muchos de aquellos autodenominados “bárbaros” de la Lenin, a ver si se dieron cuenta de que la vida sigue después del pre, y puede ser muy dura

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