Backstreet Boys, la banda sonora del fin de siglo

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Foto tomada del sitio oficial de los Grammy.

Yeah-eh-heah / You are my fire / The one desire / Believe when I say / I want it that way. Con estos versos, que ni son tristes, ni se escribieron de noche, bien podríamos resumir musicalmente lo que fue el cierre de los años 90 para la generación que nació y creció en la era de los presuntos bistecs de frazadas de piso y picadillos de cáscara de plátano.

A la altura de 1993, cuando en Cuba la caña estaba “a tres trozos”, a un grupo de entusiastas muchachos de Orlando, Florida les dio por juntarse para formar una boy band. Por aquellos años, mientras muchos en este archipiélago estábamos en modo The Walking Dead, en el resto del mundo era trending topic ese formato musical que iba de poner a cantar a unos jóvenes “bonitillos” del género masculino, con la intención de robarse el corazón y vaciar los bolsillos de millones de adolescentes hormonadas en todo el planeta. Y aquí, a pesar de todo, tampoco fuimos inmunes.

No sabría decir cuándo escuché por primera vez a los Backstreet Boys (BSB), o los Bastrikbois, como a todos nos gusta llamarles cariñosamente. Sólo recuerdo ver sus videos en el único VHS que había en todo el barrio, propiedad de un socio que siempre tenía a mano filmes como Bloodsport y Mortal Kombat, y juegos de Super Nintendo, productos que, en la mente de un niño cubano de entonces, parecían sacados de otra dimensión.

Ni siquiera nosotros pudimos resistirnos a los encantos de aquella manada de “chamas” que, sin demasiada elegancia, llenaba la pantalla con sus temas melosos y alguno que otro diseñado para que moviéramos el esqueleto de la mejor forma que pudiéramos. Entonces era cool escuchar a los “Bastri”, vestirse con su estilo, posar como ellos en las fotos, aprenderse fonéticamente sus canciones, e intentar repetir sus coreografías sin lucir como una persona con problemas mentales.

Recuerdo a las muchachitas de la primaria, enfrascadas en un intenso debate para elegir al más lindo de los cinco integrantes de la banda, el cual dio como único resultado la aparición de un apelativo para cada uno de ellos: Nick Carter, el rubio bonito; Kevin Richardson, el trigueñito de los ojos azules; Brian Littrell, el otro rubio; A.J. Mclean, el de los tatuajes; y Howie Dorough, el (infeliz) que siempre se nos olvida.

Poco a poco fueron ganando espacio en las fiestas, espacios donde sus canciones coexistían con otros éxitos de la época como La bomba, Mambo no. 5 y el pegajoso Bye, Bye, Bye de sus colegas de NSYNC. Si por alguna casualidad alguien “se empataba” con uno de sus discos, todos íbamos en turba a pedirle que nos lo pasara para un casete, el mismo que luego iría directamente a formar parte de la preciosa colección que guardábamos en alguna gaveta disponible.

El tiempo pasó, y los ritmos de inicio de siglo empezaron a desplazar al pop noventero y al emergente nu metal dentro las listas de éxitos. Para un público tan desinformado, los BSB desaparecieron del panorama musical como por arte de magia. Así, mientras el reggaetón y otros se robaban el show, empezamos a olvidarnos de la magia de las boy bands.

En 2005, en algún espacio de la televisión nacional volvimos a reconectar con esos “primos lejanos del yuma”. Un video clip mostraba a la agrupación en un tono mucho más maduro, en plan “golpeados por la vida”. No se les notaba la misma chispa de antes, aunque por alguna razón eso no nos molestó demasiado. A pesar de la nueva sonoridad, las barbas y algunos tatuajes de más, los más nostálgicos sentimos la necesidad de sacar de la gaveta sus éxitos y rememorar el tiempo en que las cosas eran más sencillas.

Así, igual que ellos fueron saliendo del falso ostracismo en que los creíamos metidos, del lado de acá seguimos creciendo con sus producciones más recientes, y en el proceso volvimos a sentirnos conectados con una parte de nuestras vidas que estaba como en animación suspendida.

Ahora mismo, en tiempo de los postureos de One Direction, las mecánicas coreografías de BTS y el autotune de Los Ángeles, los Bastri siguen siendo los amos del género. Pese a que hoy muchos ya estamos incluidos dentro de la categoría de “puros” -significa trabajo, hijos, familias y otra serie de responsabilidades-, todavía tenemos sintonía con sus letras, que viven en la lista de reproducción del móvil y nos acompañan lo mismo en un P3 que a la hora de limpiar la casa.

Te dejamos con uno de los temas más célebres de los Backstreet Boys:


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Sandy Mederos

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