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Buffet

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Uno de los payasos de Buffet. Foto tomada de Pinterest.

Me parezco a Renoir porque nacimos el mismo día y porque yo, en las fotos, tengo la misma tristeza en los ojos de sus autorretratos.

Quería escribir algo sobre un hombre que mete la cabeza en una bolsa de nailon y se la amarra al cuello, y sobre cómo el acto consciente de la muerte tiene más fuerza que el acto impulsivo de arrancarse la bolsa con las manos y respirar el aire de fuera de la bolsa cuando el aire que quedó en ella al momento de atársela empieza a acabar.

Quería escribir algo sobre cómo la cabeza del hombre empieza a ponerse de un color cianótico, sobre el sudor que cae de la frente y se acumula en el nudo del cordón que tiene al cuello, algunas gotas pasan hasta el pecho.

El hombre, que está solo en la cocina, lleva años planificando todo, haciendo listas: las maneras más duras de la muerte, las maneras más blandas, las más tóxicas. Ahora, mientras la sangre, el corazón, la barriga, hacen lo suyo, los pulmones se ponen ahorrativos y el hombre empeña fuerza de voluntad en las manos, porque el cerebro de las manos lucha por subir a la bolsa: está pensando en qué va a pasar cuando llegue su esposa, en lo que va a pasar con las cosas que han salido de esas manos, en dónde van a enterrarle el cuerpo y en quién va a limpiar luego, por la noche, el desastre en la cocina; sobre todo en la vida de su esposa y en lo que va a cantar o a escribir luego para olvidarse.

El nailon de la bolsa, en algún momento, comienza a adherirse a la humedad de los labios, a meterse en el hueco de la boca y en la lengua; el nailon empieza a marcar la cara como el yeso en la máscara mortuoria. El cuerpo, que está en pie, en algún momento debe caer al suelo no sé si de rodillas, lentamente, o como un plomo. Sufre muy despacio. También, en algún punto, la conciencia de la muerte del hombre es derrotada por la supervivencia, y las manos desesperadas tratan de romper el nailon con los dedos, el corazón acelera el bombeo, desacelera, el cuerpo se desploma, el hombre se desvanece.

A las cinco de la tarde el policía que sale de la cocina determina, primero, que fue suicido, segundo, que si murió a las cuatro de la tarde debe haber puesto la bolsa en su cuello alrededor de las 3:58, y tercero que el dueño del cuerpo muerto era Bernard Buffet.

Buffet, que había pintado la muerte en casi todas sus versiones, y unos payasos tristes con los ojos de los autorretratos de Renoir.


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