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Canción de Flow y Fuego: Capítulo VIII (La misión del Pacificador)

4 min


De no ser por la complejidad y los altibajos del momento que toca narrar, este capítulo fuera simplemente la biografía de uno de los reguetoneros más admirables nacidos en la isla. De no ser también porque en aquellos tiempos confluyó el inicio del fin de grandes figuras y el despertar de otros tantos no tan conocidos, los siguientes párrafos fuesen solo una loa a la dedicada labor de un hombre que supo limar asperezas entre los suyos como nadie. Por supuesto que hablamos de Osmany García, el Pacificador.

Osmany García fue un líder nato, de esos que surgen de imprevisto y en cuyo pasado no podría advertirse pista alguna sobre el futuro que le tocaría protagonizar. Pensemos en David, pastor insignificante y luego rey del pueblo hebreo; o en Francisco Pizarro, porquerizo y luego conquistador del imperio inca. Así, Osmany, carretillero ambulante y vocalista de canciones por el día de la mujer, fue después el reunificador de las fuerzas reguetoneras esparcidas tras la Primera Guerra Civil Repartera.

Osmany García era consciente de que la paz podía ser solo apariencia con los recuerdos, desencantos y traumas de la guerra tan recientes. Preocupado entonces por los peligros que suponía la fragmentación del reguetón en tantas partes, decidió crear una zona franca, una tierra de paz en la que pudieran unirse esporádicamente todos los reparteros para debatir el futuro de este reino dividido.

Hasta ese momento, Osmany tenía cierto reconocimiento en el panorama del género en la isla. Como maestro de las metáforas, símiles, retruécanos y del doble sentido, era estudiado con sumo cuidado en las academias, donde no siempre comprendieron de qué iban sus mensajes. Años después, en su autobiografía Del pregón al reguetón, confesaría:

Cubacitas

“La complejidad de mis letras viene de mi experiencia como carretillero. Ese hablar enredado, esa conjugación atropellada, viene de allí. En ese entonces la gente se me acercaba a la carretilla a preguntarme, por fin, qué era lo que yo vendía. Después, en los conciertos, venían a mí para preguntar, por fin, qué diablos estaba cantando. Ahí está la clave para la cercanía entre el reguetonero y su pueblo.”

Con semejante aval y con sus claras aptitudes para los enredos, Osmany logró reunir a todos los reguetoneros de la isla bajo un mismo organismo multirepartero que llamó Organización de Reguetoneros Unidos (ORU).

La ORU tuvo una exitosa primera Asamblea General, conocida como el Pacto de No Agresión de El Pudín. En esta primera reunión se debatieron asuntos tan urgentes como la necesidad de colaboraciones desinteresadas entre artistas experimentados con otros más jóvenes. Para ello se implementaron una suerte de acuerdos bilaterales (Featuring Deals) para los reparteros en vías de desarrollo. De estos se benefició mucho Chocolate, quien firmó colaboraciones con Chacal y Yakarta y con Los 4, por solo citar algunos. El otro tema en la agenda de este pacto fue declarar algún momento del acto sexual que definiera y representara el espíritu del género en la isla, quedando escogido –por unanimidad, y según las leyes de la heráldica del Kamasutra– el sexo oral.

La Segunda Asamblea fue también un éxito. Incluso, podría decirse que superó con creces a la Primera. En el Tratado del Chupi Chupi, nombre que se le dio, participaron en calidad de miembros de la ORU algunas figuras iniciadas, como el propio Chocolate, y otras decadentes, como el deteriorado Insurrecto. Todo ello demostró la fuerte vocación democrática de esta organización y las políticas inclusivas y progresistas de su fundador. Basta recordar que Osmany logró incluir en la ORU, con el Tratado del Chupi Chupi, a una mujer (Patry White, la dictadora) y hasta personas de otros géneros no binarios, como un sonero (¿Macri?).

En la versión taquigráfica que se conserva del discurso inaugural dado por Osmany en el plenario de esta Segunda Asamblea, titulado Los caballos se presentan solos, se puede leer el énfasis del orador en la necesidad de que el resto del mundo no-repartero conociera de las acciones y políticas de la ORU. El propio Osmany, tiempo después, quiso dar las buenas nuevas de la unificación repartera, pero fue rechazado. Escribió en respuesta al rechazo una carta donde planteó sus inquietudes de forma diplomática, pero corrió con igual suerte. No obstante, esta misiva serviría para que muchos intelectuales pidieran para él un asiento vitalicio en la Real Academia de la Lengua Española por haber llevado al idioma y sus reglas ortográficas a límites insospechados. El discurso de clausura (Tú sabes que conmigo se te cae el blúmer), por su parte, es una pieza de la oratoria que rivaliza con cualquiera de las Filípicas o las Catilinarias. Su tema, retomando lo pactado en la Asamblea anterior, fue los pros y los contras del sexo oral. Por alguna razón que todavía no se comprende, este tópico inquietaba a los reparteros de entonces.

Por desgracia, la Tercera Asamblea (Memorándum de La Chambelona) no mostró grandes avances en la diplomacia repartera. Y la Cuarta -a la cual ni el propio Osmany asistió- terminó por destruir los avances logrados por la ORU, de manera que esta se disolvió. El ambiente anárquico y negacionista respirado en esta última reunión hizo que fuese conocida como Ni Chupi Chupi, ni Chambelona. El mundo del reguetón, otra vez, volvía a fraccionarse peligrosamente.

Osmany García comenzaría luego a ser referenciado en varios textos, ya no como El Pacificador, sino como La Voz. Se especula mucho sobre este sobrenombre. Hay quien afirma que se debe a su participación como coach de un reality homónimo, mientras otros aseguran que es un tributo a Frank Sinatra, ídolo musical al que siempre imitó. Estas versiones no pasan de habladurías, pues la razón del cambio de epíteto es mucho más simple y viene, increíblemente, de Suecia.

La labor por el cese de las beligerancias inter-reparteras llevaron a Osmany a competir nada más y nada menos que por el Nobel de la Paz. Luego de una complicada deliberación, la Academia Sueca decidió no darle el premio, pero sí una mención honorífica, certificada en su correspondiente diploma y acompañada de un ramo de flores. Cuentan que, en la gala, Osmany no pudo aguantar el llanto al leer en la dedicatoria del diploma: “A la voz de los reparteros”. Luego, aspirando las secreciones que hacían por salir de su nariz, prometió que se tatuaría aquellas palabras para no olvidarlas nunca. En el antebrazo solo le alcanzó para “La Voz”. “De los reparteros”, dicen, le cupo perfecto en la rabadilla.


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