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#checkpoint: “Gorogoa”, cómo narrar a través de puzles

3 min


A veces no es sencillo hablar de un videojuego; sabes que debes recomendarlo, pero explicar por qué se vuelve muy difícil. Gorogoa (2017, Annapurna Interactive) entra en esa clasificación de obras que te dislocan la mandíbula, no estás seguro de si captaste bien de qué iba, pero aun así quisieras que otros le diesen una oportunidad.

En 2011, Jason Roberts comenzó a desarrollar el videojuego. En un inicio su creador deseaba hacer un cómic, pero luego prefirió una narrativa más interactiva. Abandonó su trabajo de tiempo completo y comenzó el proyecto con la idea de terminarlo en 2013. En 2012 mostró un primer demo que tuvo gran aceptación. Por desgracia, el dinero se terminó y el proyecto estaba lejos de finalizar. En 2014 ganó un premio (aun sin estar terminado el juego), y quizás por eso consiguió financiamiento por otro año a través de Indie Fund; fue insuficiente. Ahí aparecieron al rescate los de Annapurna Interactive, para darle el espaldarazo definitivo hasta su salida al mercado en 2017.

El principal motivo de las demoras estuvo relacionado con el perfeccionismo de Roberts, que con mucha frecuencia rehacía escenas ya terminadas para mejorarlas. Tantos años de dedicación le convirtieron en un artista digital, y su pasión por los detalles lo llevó a perseguir una belleza absoluta. El otro motivo estuvo relacionado con la búsqueda de una cohesión y balance entre narrativa y puzles. De hecho, mucho del material mostrado en los demos fue desechado para la versión final. A Roberts no le pesó la decisión de eliminar meses de trabajo con tal de obtener un producto con el cual estuviera feliz.

Gorogoa clasifica como un juego de puzles, pero esa etiqueta no es suficiente. Todo transcurre en una cuadrícula de dos por dos. En esta debemos enfrentar diferentes acertijos a partir de nuestra imaginación, la lógica del universo propio del juego y los detalles artísticos del diseño gráfico. Para resolverlos, debemos mover diferentes imágenes, superponerlas unas sobre otras, utilizar diferentes botones de zoom, y desplazarnos dentro de un mismo cuadro en diferentes direcciones. Las mecánicas son sencillas, y es difícil pasar más de veinte minutos en un puzle. Roberts dejó espacio a nuestra iniciativa para avanzar en la historia, pero no apretó demasiado las tuercas por temor a perder ese balance entre narración e interactividad.

En todo el juego no hay una sola palabra escrita o diálogo. Todo son imágenes o animaciones, y esto deja al usuario con muchas dudas, suposiciones, y a su vez hace que cada quien construya su propia historia, más allá del guion. El protagonista, un adolescente, busca cinco orbes de colores para, al parecer, enfrentar la presencia de un hermoso dragón chino. De ahí en adelante casi todo queda a nuestra interpretación. Guerra. Destrucción a causa de la guerra. Reconstrucción. Reconciliación con el pasado. Dolor. Secuelas. Esperanzas.

De todo lo anterior, dos aspectos resaltan por mucho dentro de Gorogoa. El primero es el diseño artístico. Los detalles. La belleza. La fluidez de las imágenes. La narrativa a partir de estos detalles. Los colores, que solo son totalmente vivos en el dragón mientras que en el resto del universo son más opacos, sin denotar tristeza, más bien una capa de polvo que no nos deja apreciarlos por completo y a su vez le agrega una sensación de pasado cercano. En lo personal, el diseño artístico de Gorogoa me deja con una sensación de paz interior, la misma que uno siente al sentarse ante un cuadro en el museo mientras se deja llevar a otro sitio, arrastrado por esa belleza.

El otro aspecto me lleva en dirección contraria. Esa narrativa sin una palabra, donde no estoy seguro de nada de lo que ocurre y siento una inquietud constante ante la presencia del peligro, ya sea el dragón, una escultura de un joven atravesado por una lanza, las ruinas, el bombardeo, toda la sensación de guerra y destrucción, sumados a mi inseguridad de no saber qué me están contando exactamente, me angustia. Y esa conjunción de angustia y paz interior me provoca una felicidad especial, de saber que he disfrutado de algo maravilloso, aunque no sea capaz de descifrarlo por completo. Gorogoa busca lo sensorial, no importa si lo logra a través de los puzles o las imágenes o la mezcla de ambos, su objetivo es hacernos partícipes de ese viaje del protagonista. Qué interpretemos de ese viaje depende de nosotros.


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