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#checkpoint: “Graveyard Keeper”: ¡administra tu propio cementerio!

4 min


Darle una oportunidad a un juego con unas expectativas determinadas puede ser fatal. Si crees que vas a enfrentarte a un género y encuentras otro, uno se decepciona y no juzga de la misma forma que si todo el descubrimiento fuese por sorpresa. Muchas de las críticas y reviews de Graveyard Keeper (2018, Lazy Bear Games), tienen un tono de desilusión porque esperaban una suerte de Stardew Valley (en parte porque sus creadores admiten la influencia del título) en un cementerio, pero la obra del estudio independiente no puede ser más diferente al simulador de granja.

La historia comienza con un accidente de tránsito en el presente, y por arte de magia, la víctima termina en una aldea medieval donde debe hacerse cargo de un cementerio. Sí, el jugador es la víctima, y deberá explorar este nuevo universo sin muchas ayudas. Este es el único “pero” que le pongo a esta obra, su apuesta por los RPGs más viejos, donde tenías que realizar una determinada tarea, y te tocaba explorar y descubrir cómo cumplirla; esto no sería problema si Graveyard Keeper fuese sencillo, que no lo es, porque sus mecánicas tienen una profundidad bien compleja, y abarcan una gran cantidad de tareas y recolección de recursos. A veces uno queda medio atontado por no saber cómo obtener algo, o al ver cuántas cosas se deben hacer antes. Pero cuando le tomas el ritmo, quedas atrapado por completo.




Esa misma profundidad en el gameplay es la que termina por absorbernos y desconectarnos de la realidad. Uno puede sentarse con la intención de pasar unos minutos de ocio y descubrirse seis horas después atrapado por completo en una vorágine de encargos. En Graveyard Keeper todo el tiempo tenemos alguna tarea que cumplir indicada por un NPC. Y casi siempre, para cumplirla debemos realizar otra u obtener un recurso específico para crear un objeto o construir diferentes estaciones de trabajo. Nunca estamos obligados o presionados por el tiempo para ejecutarla, pero es la única forma de avanzar en la historia que nos presentan y el principal encanto de este pequeño pueblo. Cuando ya conocemos a todos los pobladores, o al menos a los más relevantes y encargados de darnos tareas, tenemos un dibujo que parece no tener relación alguna: un obispo vanidoso, un inquisidor resentido, un bandido obsesionado con la magia negra, un comerciante con aspiraciones aristócratas, un anciano decepcionado de la vida, un poeta no muy ducho y una hermosa cantante poco lista; son ellos los encargados de hacernos entender qué ha pasado en este mundo con pequeños atisbos de información que, en un inicio, nos parecen aislados pero están todos conectados. Ese termina por ser el principal motor que nos impulsa a cumplir con sus descabellados pedidos, y por supuesto, los deseos de volver a nuestro mundo con nuestra amada.

Por otra parte, tenemos a una calavera parlanchina, un fantasma sin mucha autoestima, y un burro izquierdista, nuestros principales aliados (por llamarles de alguna forma) en el mantenimiento del cementerio. Estos tres personajes, los primeros con los que interactuamos, nos dejan claro cuál es el tono de esta obra, llena de chistes de humor negro o referencias a la cultura pop. Son ellos los encargados de explicarnos, muy por encima, cómo funciona la recepción de cadáveres y posterior enterramiento, y también que las misiones más sencillas nunca lo son.




Uno de los principales aciertos de Graveyard Keeper es la despersonalización de los cadáveres, ante los cuales nunca sentimos la menor empatía porque no dejan de ser recipientes vacíos. Jamás hay una noticia en el pueblo sobre quién falleció ni nadie nos pregunta qué hacemos con los occisos, los cuales además de enterrarlos, cremarlos o lanzarlos al río, podemos descuartizar en nuestro beneficio. Así, la carne la usamos para cocinar o venderla en el pueblo, la grasa la usamos para hacer velas o aceite, y la piel para hacer papel, o la sangre y órganos vitales para realizar pociones. Muy creepy pero muy bien logrado. Esa inexistencia de referencia a los cadáveres, incluso a las personas quemadas por la inquisición, nos ayuda a tomar decisiones muy reprobables desde lo moral, pero necesarias para avanzar.

El pixel art y la música son dos elementos que influyen para que nos mantengamos enganchados. La belleza de los paisajes, de la misma iglesia una vez la hemos mejorado, el estilo de los calabozos y los movimientos de la naturaleza a partir del viento o la falta de visibilidad al llegar la noche, o debido a la neblina, son pequeños detalles que contribuyen a una inmersión completa. La música, nunca estridente, y de alguna manera dulce, nos embelesa mientras desandamos de un lado a otro en busca de un recurso en específico.




Uno de los puntos más complicados del videojuego es cuando comenzamos a experimentar con la alquimia y debemos descubrir por nuestra cuenta, a base de prueba y error, cómo lograr diferentes compuestos. Siempre nos queda revisar la Wikia de juego, pero de no existir esta, el método de combinar de forma aleatoria diferentes compuestos, nos premia de alguna manera con pequeños subproductos cuando combinamos dos o tres elementos que no crean una poción; estos podemos emplearlos luego para elaborar ingredientes específicos y no perder por completo los empleados en los experimentos. Con esta mecánica, que funciona como premio de consolación, se logra una pequeña motivación para el jugador ante la tediosa tarea de experimentar.

Es muy probable que cuando ejecutes por primera vez Graveyard Keeper y te encuentres ante el inmenso árbol tecnológico que debemos desarrollar para llegar al final de la historia, te sientas abrumado. Pero saber que puedes hacerlo a tu ritmo, sin ninguna presión, y tomarte el tiempo necesario para explorar, termina por aliviar ese primer impacto de estar ante una obra monumental (por la cantidad de horas que debes dedicarle). Para cuidar este cementerio y descubrir todos los misterios de este pueblo se necesita mucha dedicación. La gratificación final de poder unir todos los hilos y entender en parte qué ha pasado aquí, terminan por llenarlo a uno de cierta felicidad. O al menos así lo sentí yo, aunque la escena de cierre del juego me chirriase en todos los sentidos.





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