Del aula de idioma a la vida real

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Para los estudiantes de idiomas puede que transcurra un tiempo considerable entre el término de su preparación y la inmersión en la vida real donde se habla esa lengua. Foto tomada de Granma.

Hace unos días Cubalite volvió a publicar la crónica del soñado viaje a París de una de mis más aventajadas estudiantes de inglés en la Facultad de Comunicación de la UH. Una de sus tantas desventuras fue chocar con la realidad de que su nivel B1 de la Alianza Francesa no le resultó de mucha ayuda, especialmente en momentos en que más necesitaba comunicarse. Por un segundo imaginé escenarios no relatados por ella y sentí pena por sus frustraciones, pero me dije “ay, Silvita, tú no tienes idea de por las que hemos pasado otros que, incluso, tenemos niveles superiores de calificación en otros idiomas”. Y entonces me senté nuevamente ante el teclado para compartir algunas vivencias propias y ayudar a entender que una cosa es el aula y otra la realidad.

Todos asociamos el proceso de aprendizaje con la escuela, pero no es menos cierto que hay muchos otros conocimientos y habilidades que adquirimos fuera de ella. Dominar otro idioma, especialmente si se vive lejos del contexto donde este se habla, necesariamente implica ensayos en un aula antes de su uso en escenarios reales.

Para los estudiantes de idiomas puede que transcurra un tiempo considerable entre el término de su preparación y la inmersión en la vida real donde se habla ese lenguaje. Y eso puede que haya sido una de las razones por la cual Silvia se sintió frustrada y decepcionada. En la medida en que ese tiempo sea menor o mayor, los daños directos y/o colaterales tendrán diferente naturaleza.

Personalmente viví el deterioro de mi pronunciación durante los seis meses de servicio militar transcurridos entre mi graduación de la Universidad de La Habana y mi primer día como profesor en el Instituto Superior Pedagógico de Pinar del Río. Si duda de esto, pregúntele a un músico profesional con qué frecuencia tiene que practicar. Y pensemos, además, que hay quienes han dedicado tiempo a aprender un idioma y nunca han tenido –y quizás no tendrán- la posibilidad de hablarlo en vivo y en directo.

Uno elemento que no ayuda del todo es el uso de un único modelo de pronunciación, algo en lo que los especialistas pudiéramos diferir. Como estudiante fui primeramente expuesto al sistema británico -los libros de la serie de L.G. Alexander en el preuniversitario y luego una serie de la BBC o Longmans en el primer año de la carrera-, pero este “cedió” poco a poco al norteamericano pues era más lo que nos entraba por el canal auditivo con la música, las emisoras de FM del sur de la Florida o las películas del sábado.

El apego a un único modelo no lo prepara a uno del todo para asimilar el golpe de las otras variantes; mis primeros interlocutores anglo-parlantes fueron jamaicanos, tanzanos, etíopes, escoceses, irlandeses –Oh, my Goooood!- que en no pocas ocasiones me dejaron “botao” pues sus pronunciaciones no sintonizaban con el modelo aprendido.

Aterricé por primera vez en Canadá doce años después de mi graduación y no fue muy traumático que digamos, pero al año siguiente, mientras esperaba abordar un avión de Cubana con destino a Londres, experimenté cosas seguramente similares a las que vivió Silvia: no lograba entender a nadie. Y yo me preguntaba “si yo no entiendo a esta gente aquí en la pecera del aeropuerto, ¿qué va a pasar cuando llegue a Inglaterra?” Por suerte, me encontré una pareja de viejitos y no solo logramos comprendernos mutuamente. Ellos vivían en Brighton, ciudad en la que se celebraba la conferencia a la que asistía, y un par de días más tarde me recogieron en mi hotel y me invitaron a almorzar en su casa.

La llegada a Londres tampoco fue traumática, pues logré intercambiar con la persona que me recibió en el aeropuerto y con el chofer de la guagua. Pero en Brighton… la misma situación que en la pecera del José Martí: yo no entendía a los británicos, ni ellos a mí, aunque me esmerara mucho más en la pronunciación.

Me llaman al hotel. No entiendo lo que me dicen. “Pardon?”, me repiten. Me quedo paralizado. “Wrong number”, fue lo único que se me ocurrió y colgué para salir de esa situación. Siempre que cuento la historia digo que, a lo mejor, el mensaje era “Usted es el huésped un millón del Oak Hotel y se ha ganado igual cifra en libras esterlinas”, pero como no lo entendí, no cobré.

Puede que los parisinos no hayan entendido el acento de Silvia, como me pasó en Brighton. Aun cuando se pueda llegar a dominar muy bien un idioma que se aprendió en un lugar diferente a donde se habla todos los días, siempre puede quedar cierta traza de acento vinculado a la lengua materna – tema recurrente en novelas y filmes de espionaje-. No dudo que El Capitán Tormenta y El León de Damasco no hayan tenido problemas en comunicarse pues, en definitiva, terminaron empatados al final de la Aventura. Pero eso de que Carmaux y Van Stiller, piratas bajo el mando del Corsario Negro, se hayan hecho pasar por dos ilustres ricachones peninsulares en Cartagena de Indias, sin que los descubrieran por su acento, era de las cosas increíbles que sucedían cada noche de 7 a 8 en la pantalla del televisor durante mi infancia.

Otros malos ratos ocurren en torno a expresiones idiomáticas. Son muy pocos los que aprenden idiomas y no se interesan por la manera en que se dice una u otra frase para luego usarla en la primera oportunidad en que puedan. Esto puede ser totalmente fallido. Una de las razones es que puede que lo aprendido no se ajuste exactamente a la situación en la que decidamos usarla, ya no se emplee en esa geografía o haya pasado mucho tiempo entre aprendizaje y uso (como las frases del personaje de Francella, Enrique El Antiguo).

Recuerdo que a mediados de los 90 nos visitó una profesora de la Universidad de Colorado y un colega nuestro, recién llegado de una estancia de 6 meses en el Reino Unido se ofreció para llamarla por teléfono al hotel y despertarla temprano. “I’ll give you a knock-up call”, dijo el profesor cubano como si todavía estuviera en Wolverhampton y no “I’ll give you a wake-up call” como se dice comúnmente en Estados Unidos. Días después, relajados y entre mojitos, Mia y sus alumnos rememorábamos momentos del curso: “como yo sabía que él había regresado hace poco de UK, me di cuenta de que no tenía intenciones de preñarme y dejé pasar la frase”, comentó la profe muy divertida. Sin embargo, en un contexto norteamericano, ese desliz hubiera puesto las cosas muy feas.

Sé que pudiera tener a mis interlocutores ávidos por leer más y más anécdotas de comunicaciones fallidas, pero creo que ya es momento de redondear y para ello emplearé una frase que no pocos me han oído. Transitar del aula de idioma al contexto real donde este adquiere vida es como cuando pasamos los exámenes teórico y práctico para manejar: esa licencia nos permite salir a la calle, conducir y sobreponernos a obstáculos, pero no nos prepara para todas las situaciones que nos encontraremos en el tráfico diario. Entonces, Silvita y demás lectores, mantengamos la calma y continuemos aprendiendo.

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Un comentario

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  1. Acabo de contactarme con un colega del Oak Hotel. Luego de varias “averiguaciones”, efectivamente me confirman que eras el huésped 1 millón, pero nunca comprendieron que al mencionar la cifra del premio respondieras: “Wrong number”…se lo entregaron al 1000001.😂😂😂 Buena publicación amigo.

GDiaSan

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