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Ejercicio casero: Día 10

2 min


Foto: Ninety eyes/ Unsplash.

Tuve este sueño:

Mientras cae la tarde camino por una calle larguísima. Me detengo frente a una casa grande con jardín. Hay muñecos bajo un árbol. Están ocultos entre las raíces de tal modo que forman una historia. Cojo algunos, los guardo en mi pantalón, me llevo otro en la mano. Me alejo aprisa mientras oscurece. Una mujer se acerca con un niño. Detallo que el niño estuvo llorando y que la mujer había estado en mi aula de preescolar. Me llama por mi nombre, me pregunta si he visto los muñecos. Digo que no y el niño se percata del que llevo en la mano. Le digo que se lo llevo a mi niño, que lo dejó en mi casa la última vez y que le gusta mucho. Ella le dice al niño que no es el mismo. Entonces me despido. Camino con sigilo para que no se note cuánto aprietan los pequeños muñecos las costuras del pantalón.

Hace dos o tres días no aguanté más, tú sabes, cogí calle, sin nasobuco. Me sentí en La Habana como un hombre desnudo. La mañana anterior la policía me había advertido que ya el nasobuco era obligatorio así que caminaba como un ladrón, con tremendo sigilo, cortando por las cuadras intrincadas, tapándome la cara, medio huyendo. Adrenalina. No sentía eso desde que hacía grafitis cazando paredes de madrugada, pintando los focos de los semáforos, rápido, encaramado, medio huyendo. Por esa fecha usaba nasobuco o un pañuelo en la cara para taparme de la humanidad.

Llegué a la casa pronto. Metí los tenis en cloro y la ropa en nailon. Estaba ligero. Me di un baño y retomé la rutina de mirar series y de levantarme a la cinco de la mañana, fumar mucho, transcribir, perder tiempo, mirar Telegram, contar baldosas.

Ayer leí unos cuentos sobre chinos que sueñan que son monstruos que sueñan que son chinos que sueñan que son monstruos. Soñé que me robaba esos muñecos y desperté con un pantalón puesto que llevaba muñecos en los bolsillos. Aquella mujer que había estudiado en mi preescolar estaba en la cocina y el niño estaba llorando en el baño. Mentira. Me desperté en calzoncillos. Fui a orinar y a cepillarme los dientes. Me miré en el espejo y me di cuenta de que ya no era yo, de que era un chino que en realidad era un monstruo que soñaba que era un monstruo que soñaba que era un chino.

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