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Ejercicio casero: Día 35

4 min


Foto tomada de El Informador.

Para ti, siempre oculta tras velos de colonia y talco, y papelitos de bombones.

Yo, cuando estoy molesto y odio a las mujeres, o cuando odio a las mujeres y eso me molesta, escucho a Bad Bunny. Y me calma. Antes, cuando no existía el Conejo Malo y yo estaba molesto igual, o tan triste por estar molesto o viceversa o un pedazo de luna, me tomaba una botella de ron malo en cualquier parque de La Habana, y si estaba de suerte, quedaba redondo en los confines de la Vía Láctea y caía en un coma etílico que era, según recuerdo, como tirarse en decúbito supino en el desierto de Mojave y taparse con una colcha de granizos. Ahora no hace falta, ahora cuando me entran ganas de clavar un puñal en la espalda de la convivencia pongo un tema de Bad Bunny, cualquiera de esos en que dice puta o perra o diabla; lo tarareo con él y me quedo ancho, siempre que ella entienda que la voz del Conejo es la que me guardo en los testículos y no soy capaz de alzar. Aunque puta, lo que se dice puta, es un calificativo que cualquier mujer merece y mi pudor para lanzarlo va en contra de mi inteligencia. Algo que no logro superar. Si, de todas formas, las putas casi siempre son perfectas.

Con las mujeres no tengo ningún problema así lo parezca. En definitiva, lo que me queda de ellas son cicatrices que enjuago cuando me baño. Pero merecer y no tener; no tener y seguir esperando, al final deja marcas en el calendario; pintas rojas un 19 de noviembre, por ejemplo, otra decepción un 23 de abril… Y todo eso sucede porque yo, que nací en el mundo de la revolución naranja, yo, que crecí repitiendo que a las niñas hay que amarlas, no supe jamás cómo escapar de su barbarie. Me hice hombre a medias con la bota del feminismo presionándome el cuello. No le grites a las niñas, no les digas malas palabras, no les toques el culo que alzan con pompa ante tu cara para sacarte de quicio y del Medioevo; no eyacules en su saya aunque intenten tocarte el pene en los recreos y se vayan con tu miedo en las manos y digan, a todos digan, que eres un marica que se pajea con los libros.

Por eso no comprendo a las feministas, ni las quiero ni las respeto. Defender lo que defienden es obviar que el acoso, el acoso como se practica en esta tierra, va en dos direcciones y tiene diferentes síntomas. Ser feminista no se trata de repartir consignas y desplegar pancartas. Yo respeto a las mujeres que leyeron a Rachilde y a Sontag y saben la pena de Filomela y por tanto, cuánto puede costar una lengua. La mitad de las feministas tienen ideas que, a larga, ni ellas mismas creen ni representan en la intimidad. Con su hombre o su pareja o quien sea, la libertad es una brida dulce anudada al cuello y las caderas, es una pose y un espejo que traiciona incluso a las más radicales cuando por el sexo pactan. El sexo es, siempre lo ha sido, un ejercicio de conquista. Entenderlo de otra manera es negar toda lógica de apareamiento.

Las feministas piensan que son autosuficientes y si tienen un hombre a su lado, ese hombre debe saber que sus límites para con ella comienzan en el punto exacto en el que una feminista coloca sus libertades atadas con cintas, moradas o naranjas o color indignación española. Y en sueños torturan a los miembros de La Manada (que lo merecen) e incendian el Vaticano y desentierran a Ceausescu para sacarle de los huesos los niños rumanos que por no vivir nacieron y por no nacer vivieron en la memoria rota de un país, y les fue mejor. Esas feministas, las de marchas y pancartas, las que recitan libelos contra las costumbres y los amantes costumbristas, las que ven el mundo en la esfera de su clítoris, muchas veces en su ansia de independencia se dejan un ovario mientras arrastran un balón de gas en su barrio, y abortan un sueño en Sidney, y terminan la vida con un hombre que, de tanto expulsarlo de los espacios que no le correspondía porque eran los de la libertad feminista, terminaron por olvidar que el matrimonio, cualquier unión amorosa al fin, se trata sobre todo de tocar el botón correcto en el Pinball para que no se les escape el mundo por no tener barandas para sostenerlo.

Y como yo escucho a Bad Bunny para taponear mis miedos y adormecer mi neurosis, las feministas no entenderían cómo un tipo que ensarta letras en el hilo misógino y llama diablas a las mujeres, y perras y putas también y declara, por ejemplo, cuánto le gusta eyacular en sus ombligos, puede, también, ser débil y rosado como para pedirle a una mujer que acaba de poseer a otro hombre, que le escupa la boca. Pero de eso se trata ser complejo y desconocer las consignas. Así como me desconozco a veces y odio con la fuerza alada de todas las mariposas de Kyoto, así como le quité los diminutivos a mi hermana cuando un aspirante a discjockey y culturista aficionado le partió la primavera, así como odié a la tía que más me quiso porque luego y mucho después de que nadie nunca la quisiera nada, se cansó de descolgar soles y se largó por la foto de la carretera y templó sin miedo, sin amor ni condones y quiso ser apenas una mujer probeta, caldo de cultivo para espermiogramas. Y salió ilesa. Pero igual, de tanto odiarme odio tanto a mi mitad y media, que de tanto odiarla apenas ella puede notar que perforó mi amor propio, y por ello perdí la próxima Navidad, los juegos de mesa; ella perdió un asteroide y el osito de las noches; la guindas de cereza que le dibujaba en los senos las noches de luna llena…

Para los demás, para quienes tienen remedio: los chulos, las feministas, los oclócratas y cienciologistas, para todos: amen con la libertad con que amó Ninon de Lenclos, una libertad tan de ella y tan de quienes la penetraron o la bebieron. Amen como mi abuelo amó a mi abuela mientras ponía el pan en la mesa y se comía él primero su pedazo los cuarenta años en que mi abuela comió de última. Porque gritar “puta” con amor y dejar luego que te escupan la boca es todo lo que importa.

Lo demás es ruido de fondo.

PD: Si quieres leer las entradas anteriores, puedes hacerlo aquí.


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