El médico que alertó sobre una grave epidemia en Cuba e intentaron matarlo

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Imagen: Cubalite (Ilustrativa).

Se dice que uno de los primeros, entre los más de 12 mil muertos que dejó el cólera en la Habana durante la epidemia de 1833, fue el catalán José Soler. El hombre, que vivía en el barrio de San Lorenzo y administraba una bodega próxima a la esquina de las calles Morro y Cárcel, había regresado de Estados Unidos y quizás de ahí trajo la enfermedad.

A su llegada a Cuba lo atendió el doctor Manuel José de Piedra Martínez, nacido en 1799, quien infirió por dónde podía venir el padecimiento del paciente, pues por esos días ya había notado otros casos similares. El español tenía diarreas, constantes vómitos, calambres en todo el cuerpo y una sed insaciable, entre otras dolencias, lo cual apuntaba casi inequívocamente al cólera.

Así describió Piedra sus vivencias de entonces y dejó claro que el desastre no había comenzado precisamente con el caso Soler: “yo tuve la desgraciada suerte de haber sido llamado para asistir a D. José Soler, y de calificar en su persona la invasión del cólera asiático. Es de advertir que el día anterior había fallecido bajo mi asistencia del mismo morbo el negro Arcadio, al cargo de Petrona Pozo. Los repetidos síntomas alarmantes que presentaron estos individuos y que por primera vez se ofrecían a mi examen me sobrecogieron por aquel momento de tal manera, que desconfié de mis propios conocimientos”.

Para confirmar totalmente lo que había visto y confrontar opiniones, el galeno decidió acudir a un colega, Domingo Rosaín. Tras un análisis en conjunto, ambos determinaron que efectivamente estaban ante un caso del llamado cólera-morbo asiático, el mismo que acabaría con la vida del catalán y que en esa misma jornada provocaría síntomas en cuatro esclavas de la casa del acaudalado Pancho Marty, dueño del teatro Tacón.

Ante el aumento cada vez mayor de contagiados, el 2 de marzo, Mariano Ricafort, Capitán General de la Isla, quien ya conocía esa enfermedad desde su etapa en Filipinas, organizó una reunión con varias de las principales autoridades del país y convocó también a algunos científicos de renombre. La idea era ponerse de acuerdo para ver cuál sería la posición oficial del gobierno y cómo se le hablaría a la población de lo que estaba pasando.

Al final sucedió lo siguiente, según relatan Beldarraín y Espinosa en su artículo de 2014, El cólera en La Habana en 1833. Su impacto demográfico: “después de la discusión cuidadosa, acordaron que la enfermedad existente no se debía considerar epidémica y así hicieron constar en las patentes de sanidad. Insistieron en que el cólera tenía su origen en las alteraciones atmosféricas, con lo cual pretendían justificar el fracaso de la profilaxis oficial. Las autoridades estaban dispuestas a renunciar al contagionismo como doctrina y al aislamiento como estrategia, ya que, si se impedía la libre circulación de efectos y personas, La Habana estaría amenazada por la escasez”.

Al hacerse pública esta información, muchas personas eligieron no creer en los conocimientos científicos de Piedra Martínez, quien fue tildado de tonto, mentiroso y otras barbaridades. La furia de los odiosos e ignorantes fue tanta que llegaron a atacarlo lanzándole piedras con la intención de lincharlo.

De la siguiente forma se refirió el doctor a tales sucesos, meses más tarde: “(…) ¡de cuán diverso modo se ha interpretado por ciertas personas aquel acto preciso de mi deber! ¡cuántos y varios han sido los rumores y voces que se han esparcido atacando directamente mi conducta!”.

Los ataques contra ese señor no terminaron ni siquiera cuando el propio Ricafort le dio la razón ante el Protomedicado de La Habana. En todo caso, la situación se puso peor, pues empezaron a acusarlo de incapaz por no haber podido salvar a ningún paciente hasta ese momento, lo cual obligó al Capitán General a colocarle una guardia de dos lanceros a caballo, situados afuera de su casa con tal de protegerlo de nuevos atentados.

Sin embargo, muy pronto el contexto se volvió tan crítico que Don Manuel José no necesitó más protección. Las muertes comenzaron a aumentar y para muchos quedó claro que él siempre había tenido razón sobre una epidemia contra la que ningún experto había encontrado tratamiento efectivo.

Ricos, pobres, religiosos y ateos caían fulminados y el sufrimiento se esparció por cada rincón de la Villa de San Cristóbal de La Habana. Cuando se confirmaron las muertes de monseñor Pedro Varela Jiménez, administrador apostólico del Obispado de la Habana, y Jean Baptiste Vermay, renombrado pintor francés, fundador y director de la Academia de San Alejandro, finalmente el gobierno se vio forzado a reconocer la magnitud del problema que tenían entre manos.

Varias fuentes aseguran que en el mes de marzo la opinión comenzó a cambiar en torno a Piedra Martínez, lo cual provocó que un grupo considerable de personas decidiera acudir a su domicilio a rendirle el merecido homenaje que la ignorancia y la desinformación le habían negado. Pese a este acto de justicia, aún el doctor se hallaba en peligro.

Durante la segunda quincena del tercer mes del año 1833, Manuel tuvo la mala fortuna de ser atacado por el mismo enemigo con el que llevaba luchando incansablemente desde varias semanas atrás.

Se enteró de aquello mientras se hallaba en el Morro, verificando la sanidad de las tropas. Desde ahí se fue hacia su casa, convencido de que le sería difícil salir vivo del trance, pero tuvo la fortuna de ser atendido nada menos que por su colega, el célebre Tomás Romay, quien consiguió ayudarlo a sobrevivir a esa batalla y darle el ánimo necesario para volver a su trabajo.

Menos de un mes después, a la altura del 20 de abril, ya el joven médico estaba totalmente recuperado y presentó ante el Protomedicato un manifiesto en donde expuso su experiencia en torno a la aparición y evolución del cólera por primera vez en Cuba, como parte de la segunda ola de esta pandemia a nivel mundial, que se extendió desde 1829 hasta 1861.

Aunque los partes oficiales declararon que a partir de abril la epidemia había comenzado a aplacarse, tras provocar el deceso de más de ocho mil personas, la situación estaba lejos de mejorar. Para mayo, el saldo de la enfermedad superaba los 12 mil decesos.

De acuerdo con datos aportados por Beldarraín y Espinosa en el artículo referido anteriormente, La Habana tenía alrededor de 159 680 pobladores, según cifras del censo de 1827, y en apenas 54 días dejó una tasa de mortalidad de 58,5 por cada 1000 habitantes, de acuerdo con cálculos que realizó posteriormente el doctor Jorge Le Roy y Cassá.

En total se estima que en Cuba murieron alrededor de 23 mil personas, de las cuales aproximadamente 20 mil eran afrodescendientes. El historiador Manuel Moreno Fraginals asegura que la nación se vio librada de su primera guerra contra el cólera en 1835, mientras que Ramón Piña y Peñuelas opina que esta duró hasta 1837 y que incluso pudo haber llegado al’ 38.

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