Enrique Plá: “En los años 90, a mí me botaron de Irakere”

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Enrique Plá. Foto tomada de Música Cubana.

Todo comienza, casi, en la Santa Clara de los años 50. Enrique Plá nace el 22 de mayo de 1949. Su padre mantiene a la familia como puede.

Rock and roll, jazz y blues, música de moda. Sofisticados y universales a la vez, estos géneros enamoran a Enrique. Escucha una y otra vez los discos de sus ídolos norteamericanos y se le antoja aprender a tocar la batería, tal vez una de las opciones más costosas entre la enorme galería de posibles instrumentos. El padre reúne el dinero y le compran el drum. 

Las Villas, 1963. Cuba ha cambiado demasiado. Plá ya sabe “algo” con las baquetas y se ha probado tocando con Los Fantasmas y Los Fraga, dos alineaciones que por esa época se dedican por entero al “rocanrol”. Pero no es suficiente. Sin renegar del desenfreno que hay en la vena “elvispresliana”, hay algo que le hace soñar un poco más.

Ha descubierto también el jazz, esa magia libertina y natural de la que no se apartará nunca. Igual le pasa con las sonoridades brasileñas y con la música cubana. Con la cabeza llena de ideas, decide probarse a un nivel diferente.

En 1964 se presenta, despojado de temor, a las pruebas abiertas para integrar la matrícula de la Escuela Nacional de Arte (ENA). Todo empirismo, se sienta detrás de su armadura de cuero y metal. Al fin y al cabo, desde ese banco logra expresarse mejor.

Aterriza en La Habana y no sabe nada de ese monstruo cultural, cuya conquista significa a menudo un futuro exitoso de cara al resto del mundo. Allí le esperan largas sesiones de música clásica, incluidos el tímpani y la percusión, dos elementos que asimila a conciencia. Su plan es juntarlo todo con la batería y crear algo distinto.

Las enseñanzas de su profesor Fausto García, entonces integrante del conjunto del cabaret Havana-Riviera, le resultarán vitales para lo que viene. La incorporación de una técnica única para el agarre de las baquetas sería esencial, luego, en la creación de su propio estilo: el mismo que todavía vive en los redobles de sus jóvenes alumnos -y colegas- de la ENA.

Sin dejar de lado a la academia, el resto de su formación quedará en manos de las buenas compañías. Gracias al célebre baterista Emilio del Monte, conoce a un grupo de personajes aún desconocidos, entre quienes se cuentan Paquito (D’ Rivera), Emiliano (Salvador), Arturo (Sandoval), Carlos Emilio (Morales) y un tal Dionisio Jesús Valdés, al que todos llaman Chucho. 

La exagerada manera que tiene Plá para impactar el instrumento va siendo poco a poco educada por la gracia de Chucho, quien le enseña el arte de la adaptación al formato de banda gigante.

Llegan los primeros proyectos, entre ellos Sonorama 6, en donde comparte con lo que él mismo ha elegido llamar “un pitencito bueno”. Allí se junta con talentos de la talla de Martín Rojas, Eduardo Ramos, Ahmed Barroso, Rembert Egües, Carlos del Puerto y José Luis Quintana (Changuito). 

A la altura del ’67, el panorama musical doméstico de Cuba cambiará para siempre. El veto no escrito que obliga a muchos a esconder los vinilos de The Beatles o The Rolling Stones dentro de carátulas de Pello el Afrokán o de la Aragón, caerá, como tantas cosas en este país. Como parte del proceso de levantamiento de la censura rítmica, se planea la creación de un conjunto que sentará las bases del próximo big bang. Su nombre: Orquesta Cubana de Música Moderna.

Se pasa del trauma a la liberación a golpe de pentagrama. Bajo la dirección del maestro Armando Romeu, reúnen a varios músicos talentosos, todos asociados de una forma u otra a géneros como el rock and roll o el jazz. Poco a poco se trabaja y ensaya para montar el repertorio. La premier mundial se da en el teatro Amadeo Roldán. En aquel estreno se toca a dúo un número nombrado “Concierto de batería”. Aunque el magnífico Guillermo Barreto Brown es el drum titular de la orquesta, Romeu habla con Enrique, y le ofrece quedarse para que se haga cargo de la percusión. Todo son buenas noticias… hasta que llega la notificación para el Servicio Militar.

En esta nueva etapa, la experiencia en la banda de conciertos del Estado Mayor resulta más valiosa de lo imaginado. Allí se mezcla el estilo sinfónico con la marcialidad, resultando en una interpretación hasta entonces desconocida para el baterista y sus compañeros, entre ellos el gran Arturo Sandoval. Tocando allí se les va el tiempo.

Previo a su unión definitiva con la agrupación que marcaría su carrera, Plá se junta con Frank Fernández, Eduardo Ramos, Jorge Varona, Sarah González, entre otros colegas, y deja su marca en un tema antológico como “Girón, la victoria”.

Corre el año 1973, conocido por hechos como el golpe de Estado en Chile, el fin de la guerra de Vietnam, el lanzamiento de The Dark Side of The Moon de Pink Floyd, la inauguración de las Torres Gemelas, el escándalo Watergate, la fundación del grupo Irakere.

Conocido por ser uno de los sucesos musicales más relevante del siglo XX en la Mayor de las Antillas, Irakere marcó -y todavía lo hace- un punto de no retorno para la sonoridad del jazz latino y otros tantos ritmos del continente americano. En medio de todo aquello estuvo también Enrique Plá.

Tras una temporada de gira como acompañante del Circo Ruso (entonces soviético), el batería se suma a Chucho y compañía, sustituyendo en el drum a otro estelar como Bernardo García, primo de Oscar Valdés.

***

Para el propio Enrique, lo que pasó con Irakere fueron fundamentalmente dos cosas: una, la música y las ideas de Chucho; y luego, la individualidad de cada artista. Muchos ya se conocían de antes, pues lo mismo habían coincidido en una comparsa que en un concierto; habían creado automatismos. El resto era imaginación. Cada uno hacía lo que sabía, desde un punto de vista personal e íntimo con su instrumento, y luego la combinación de todo aquello resultaba casi perfecto. “Nos convertimos en un lugar hacia donde miraban los jóvenes y eso creo que también tiene gran valor”.

Hubo un tiempo en que estaban todos en Nueva York, grabando un álbum, cuando, de la nada, Bert Lecouteau, productor de CBS, dijo que hacía falta un tema que pegara. Hubo que pensar. El pretexto fue la música disco, muy de moda en los 80. Así, de pronto, salió “Baila mi ritmo”, una canción cuyos coros -cosa que pocos saben-, los hicieron nada menos que The Supremes.

La lista de momentos memorables es larga. El neoyorquino “templo” de nombre Carnegie Hall, tiene el número uno. Allí tocaron en vivo aquel el disco homónimo, el mismo que los llevó al Grammy en la categoría de  Mejor Grabación Latina en 1980. Otro momento épico sucedió cuando repitieron la “dosis” en Montreaux, Suiza, y algo similar sucedió en el cine 23 y 12, en donde estrenaron unos extraordinarios instrumentos traídos de la República Democrática Alemana.

Gira europea. Viaje en tren de Praga a Ginebra, con posterior tránsito hacia Sttugart. Parada relámpago para realizar el cambio de vehículo. Cubanos en la estación. Desastre. Plá cuenta:

“La cosa fue que el cambio debía ser inmediato, y la mayoría del grupo se quedó en eso. Solo unos “vivos” se montaron, entre ellos Chucho. Había que verles la cara, iban como asustados. Luego, rato después, viraron Juan Munguía, Javier Salva, Miguel Angá y Carlos Álvarez. Venían todos caminando por la línea del tren, y los alemanes les gritaban como locos, para que salieran de allí, que les podría pasar un tren por arriba. Mucho después llegó Chucho, que había ido a parar a casa del carajo. Se bajó, empezó a mirar para todos lados, y no nos veía. Nosotros lo vimos, y lo estábamos vacilando, hasta que descubrió al único grupo de “prietos” que había en todo aquello. Llegó haciéndose el caballo, pero le dimos un “cuero” del carajo”.

***

Foto tomada de Música Cubana.

La única hija de Enrique vive en Melbourne, Australia. Cada dos o tres años pueden verse. El pasaje es carísimo. Treinta y dos horas allá arriba. Día y medio en el aire. Cuatro despegues y cuatro aterrizajes. Se sale en la mañana de la Habana, con rumbo a Toronto, en donde toca estar dos horas. Luego sigue para Vancouver, en donde la escala es cuatro veces más larga. Desde ahí continúa el trayecto en Air Canadá rumbo a Sydney, adonde se llega ya de día, para abordar después otro avión rumbo a Melbourne. A Plá todo eso le recuerda la época en que soñaba con ser ingeniero de vuelo.

Cuando piensa en una obra difícil, el nombre surge sin pensarlo demasiado: “Concierto para metales”, de Chucho Valdés. Chucho también la escogió, en su momento, como su más compleja composición. En confesiones privadas, ha dicho que la pieza “tiene tantos cambios que te vuelve loco”. Todos decían que cada vez que Chucho iba al baño, regresaba y le ponía algo nuevo. Dicen que iba mucho… así que basta para hacerse uno la idea. Por eso su hija, que es estomatóloga, bautizó al pianista como “el diabético”.

De sus muchos colegas de instrumento, el “profe” señala entre los más virtuosos a su sustituto en Irakere, Carlos “El Peje” Rojas, igual que a Guillermo y Rodney Barreto, Oliver Valdés, Ernesto Simpson, Raúl Pineda, Ignacio Berroa, Leo García, Danny Prieto y el desaparecido Oscar Valdés (hijo).

Para él, que empezó en la batería con 13 años, y que el próximo mayo cumplirá 70, la clave para mantenerse en forma detrás del drum es una combinación de ejercicio físico, buena alimentación y descanso. Lo otro es la recomendación que le dio su ortopédico en alguna ocasión: “no dejes de tocar”. Es verdad que ya con la edad no se sale igual, pero es de suponer que la maestría permita encontrar mañas para seguir haciendo el trabajo.

En torno a la batería, Enrique tiene una opinión clara entre lo que es ser artista y buen músico. La experiencia le ha demostrado que, aun cuando los primeros pueden dominar los recursos y conceptos, no siempre son capaces de proyectarlo totalmente en su trabajo. Para él, son como deportistas del instrumento, y aunque no esconde su admiración por ellos, elige como verdaderos músicos a los que saben cómo integrarse en una agrupación, interpretar, acompañar o diseñar un número.

“El problema de tocar un instrumento es el estilo y los intérpretes. Lo que pasó con Irakere es que estaba marcado por todas las diferentes ideas musicales de sus integrantes. Sembró una forma de hacer la música en esos años. El músico cubano siempre ha tenido que ser capaz de tocar una gran variedad de géneros, lo mismo de Europa, que de América o África. Todo ello tiene que ver con la identidad que tenemos. Eso no quiere decir, por ejemplo, que nosotros toquemos mejor la música norteamericana que los que la crearon. Lo que sí creo es que a nosotros nos queda mejor hacer su música, que a ellos hacer la nuestra”.

***

El responsable de la rítmica inconfundible de Irakere fue Oscar (Valdés). Su idea de que había que sonar diferente al resto, marcó siempre la sonoridad. Si a eso se suma la maestría de sus miembros, y el grado de perfección logrado a lo largo del tiempo, el resultado es el que todos conocen.

No obstante, también hay cosas que señalar. Al hablar sobre la actualidad del género, Plá reconoce que aún disfruta de la música popular bailable de ahora, pero siente que, al igual que ellos en su época, está en un impasse.  A pesar de que con Chucho y compañía cambiaron el panorama, hubo un momento en que según el baterista “no pasaba nada”, incluso cuando tocaban magníficamente. Él los llama “momentos de replanteo”, en donde toca mirar para otros lados y ver qué se está haciendo más allá de lo particular.

“El mismo Oscar fue uno de los que se negaba a tocar patrones similares a los de los salseros, cosa que hubo que cambiar por el camino, porque el aporte de esos músicos era tan importante, así como sus méritos, que resultó inevitable incorporar sus cosas a lo que hacía Irakere. Creo que los diferentes conceptos de cada país, ya fuera Puerto Rico, Colombia, Venezuela o los latinos de Nueva York, nos ayudaron a ver algo nuevo”.

En la década del 80, el reconocido compositor brasileño Iván Lins vino a Cuba para tocar con Irakere. Antes de llegar, él le había mandado a Chucho las grabaciones para que las fueran escuchando, pero de aquello nunca se enteró nadie más que él. Llegó el día de la grabación, y cada quién empezó a tocar lo que entendía. Salieron maravillas. Luego se enteraron de lo que había pasado y Chucho les dijo que su objetivo siempre fue evitar un exceso de concentración en las grabaciones. 

***

Enrique habla del ocaso del Irakere sin esconder la emoción. Se escucha un poco roto cuando tiene que hablar de esas cosas. Poco a poco se fue dando cuenta de que las cosas no eran igual. Las ambiciones de Chucho, más allá de Irakere, resultaban demasiado poderosas y tentativas, y si a eso se suma el hecho de que ya llevaban veinte años juntos, la pérdida del encanto fue algo hasta cierto punto lógico.

De alguna forma la agrupación casi acabó cuando Carlos del Puerto decide salir. En ese momento, el bajista le comentó que le parecía poco el tiempo que le quedaba al conjunto. En el fondo, Enrique sabía que todo aquello era parte de un proceso de desmembramiento, que en lo adelante implicaría la partida de algunos de los músicos más antiguos.

Plá opina que la separación fue algo natural. Lo que no vio venir fue que lo sacaran tan de repente. “En los 90 a mí me botaron de Irakere”, dice sin rencor, como si fuera algo que todavía le cuesta entender. Su salida fue parte del proceso de “transfusión” que pretendía Chucho, quien buscaba sumar jóvenes talentos al grupo, en un intento por darle un nuevo sentido a las cosas.

“Carlos Emilio, Maraca (Orlando Valle) y yo fuimos retirados a la vez de la agrupación. Metieron en la banda a varios muchachos geniales como Oscarito Valdés, Emilio Vega, Roberto Vizcaíno, Julián (el de Moncada), Diego Valdés… todos estelares, con tremendo swing, pero aun incapaces de asimilar el estilo de la banda, por lo que les costaba tremendo trabajo que todo fuera como antes”.

Por aquel tiempo se preparaba la grabación del disco “Indestructible” en Venezuela y un mes después de salir todos juntos hacia allá, las cosas cambiaron de momento.

“Estaba viendo la televisión y suena el teléfono. Era Oscar. Me dijo que a los muchachos no les gustaba el estilo, y eso hacía que no sonaran bien. Me explicó que no quería que se manchara el nombre de Irakere ni el de los “chamas”, por algo que no tenía nada que ver con el talento. Dijo que les gustaría contar conmigo de nuevo, y de inmediato yo llamé a Carlos y le pasé el casete. El “gordo” no quería volver, pero lo convencí con el argumento de que a pesar de todo, teníamos un deber con la banda después de tantos años, al menos por un tiempo más. El que sí no viró nunca fue Maraca, que tenía ya un potencial enorme, y decidió empezar su propio proyecto”.

Contrario a lo que muchos pudieran pensar, la vida de Enrique Plá no se ha quedado anclada en sus años de gloria.

Después de cerrar al episodio más atractivo de su carrera, ha seguido compartiendo su tiempo entre las clases en la ENA y varios proyectos musicales, que incluyen colaboraciones con Ernán López-Nussa y Silvio Rodríguez.

Tras pasarse miles de horas tocando, hay una cosa que por encima de todo, todavía tiene presente. Es la frase que le dijo su papá cuando le vio tocar por primera vez: “Parece mentira compadre. Con lo caro que constó ese instrumento, y tú allá atrás sentado”.

Tiempo ha pasado desde el final de Irakere, pero sin importar cómo ocurrió aquello, Plá admite que no cambiaría nada, y que volvería a hacerlo todo otra vez, aunque ya a la edad que tienen los ex integrantes de Irakere, tendrían que hacer sus “conciertos con un equipo del SIUM bien cerca, por si acaso”.

No te pierdas a Enrique Plá en acción:


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