Érase una vez en La Habana (II): Habemus Capo

4 min


Foto tomada de Find A Grave.

El crimen del Scarpato’s le abrió las puertas a Luciano en la corte de Salvatore Maranzano, quien le ofreció el mando de la familia Massiera. Pero esta alianza habría de durar poco. Otro “Mustache Pete” a la cabeza de la mafia seguía siendo malo para el negocio.

Maranzano era un gánster sui generis. En su tiempo libre se la pasaba entre viejos libros, sobre todo de Historia, y alardeaba con sus compañeros de una cultura más digna de un catedrático de Harvard que de un hampón. Sus lecturas favoritas eran, según cuentan quienes lo conocieron, aquellas que recreaban la vida de los emperadores de la Antigua Roma. Fiel a las costumbres, Maranzano ambientaba las reuniones de las principales familias con estampitas de la Virgen y cuadros de santos católicos. Gustaba del aura ceremonial hasta para discutir de prostitutas, robos y asesinatos. Tras su ortodoxia se escondía un narcisismo ilimitado, la fantasía de sentirse un César liderando a sus más bravos centuriones. Sus obsesiones lo llevaron a autotitularse “Capo di tutti capi” y todos, por supuesto, estuvieron de acuerdo. Solo un necio se atrevería a cuestionar públicamente a un asesino letrado y vanidoso como Maranzano. Durante la coronación, Luciano se mantuvo callado. Pensaba entonces que tanta extravagancia resultaba innecesaria, no obstante, compartía con su jefe la idea de que la mafia era un legítimo imperio.

El Capo di tutti capi, consciente de cómo su nuevo aliado había llegado al poder, comenzó a desconfiar. Pero aunque temía acabar baleado en un restaurante igual que Salvatore Massiera, supo reconocer  y aprovechar las dotes criminales del desfigurado Luciano. Por su parte, el joven italoamericano encontró en su nuevo patrón los mismos problemas del anterior. Como buen conservador, Maranzano se oponía al tráfico de narcóticos y a la presencia de judíos en un mundo pensado para italianos. Bugsy y Lansky necesitaban otra vez de su amigo y protector.

Consciente del peligro que corría, Lucky Luciano decidió que era hora de actuar. Una mañana encontraron a Maranzano muerto en su propia oficina. Los peritos concluyeron que las múltiples puñaladas que mostraba el cadáver fueron inefectivas, que la víctima había intentado defenderse y solo una bala certera pudo derribarle. El líder del hampa tuvo una muerte épica, a lo Julio César; quizás la que hubiese deseado algún día.

Una vez se difundió la noticia, todos los Jefes de familia comprendieron que la “Guerra Castellammarese” realmente no terminó con el triunfo de Maranzano, sino con su muerte. Luciano y sus muchachos exigieron el derecho al mando que se habían ganado a golpe de astucia y osadía. Los Young Turks habían vencido.

Érase una vez en La Habana (I): El cónclave

***

Para los miembros de La Comisión, el tiempo de ocio se comparte con el de las reuniones a puertas cerradas. Por ahora los encantos de La Habana pueden esperar. Es necesario que se una el cónclave de príncipes del crimen para nombrar oficialmente al Rey, al Capo di tutti capi. Realmente, desde el asesinato de Salvatore Maranzano un solo hombre ha ocupado el trono. La coronación del regente Charles Lucky Luciano no sorprende a los presentes, solo se trata de una formalidad protocolar.

No hizo falta mucha pompa ni humarada blanca saliendo de chimeneas para que los Jefes de familia consensuaran sobre quién debía ser el nuevo Capo di tutti capi. De hecho, nunca hizo falta tal título, pero el pragmatismo de Luciano no es hermético, como quizás sí lo es su ego.

La propuesta de Luciano surge de Frank Costello y Albert Anastasia, quienes habían negociado de antemano aquel teatro democrático con su candidato. La unanimidad hace que el proceso marche rápido. De tal forma, Charles Lucky Luciano queda como el Jefe de Jefes y Costello continúa como su mano derecha mientras no pueda poner los pies en Estados Unidos. Más de una cabeza de familia debió quedar inconforme con el resultado de la votación, pero todos eran lo bastante perspicaces como para entender que debían aceptarlo con la sonrisa, los abrazos y los besos en ambas mejillas tan comunes de los italoamericanos… excepto Vito Genovese.

***

Hubo un tiempo en que a Genovese lo movía una verdadera admiración hacia Lucky Luciano. Por él había apretado el gatillo más de una vez, por él ejecutó al gordo Massiera a pesar de los posibles riesgos de aquella “jugada maestra” del Sarpato´s. Por su parte, Luciano le compensó la fidelidad demostrada con el único puesto que podía discutirse en la jerarquía de su imperio, el segundo, el de lugarteniente. Así fue, hasta que la policía norteamericana encontró un “cabo suelto” por dónde agarrarle. Acusado de asesinato, el escurridizo Vito Genovese se vio obligado a huir a Italia en 1937.

Ya seguro en su tierra natal conoció a un hombrecillo calvo y orgulloso que hablaba siempre con el mentón levantado y cara de pocos amigos. El hombrecillo era la figura del momento en Italia. Muchos lo odiaban, otros tantos le alababan como a un Mesías político y Genovese, sin decantarse por ninguna de estas posturas, se limitó a ganar su afecto mediante una donación de 300 mil dólares al movimiento fascista. El regalo resultó muy bien acogido por Mussolini.

Con el estallido de la Guerra Mundial, el gánster exiliado recibió la llamada de su segundo país. La nación que lo recibió como emigrado y después lo obligó a huir, ahora acudía a él en busca de ayuda. Vito Genovese terminó por apoyar la entrada de las tropas aliadas en Sicilia a la vez que vendía suministros al Ejército fascista. La mafia –y eso bien lo sabía- no va de nacionalismos. Vivir al margen de la ley exige no tener más patria que el dinero.

Por su contribución en la guerra, las autoridades norteamericanas le permitieron regresar. Una vez en New York lo sorprendió  la noticia de su destitución como lugarteniente de Luciano, cargo que ahora ocupaba Frank Costello. Vito Genovese se sintió traicionado. Su jefe parecía ahora desconfiar de él. Quiso hablar con Luciano personalmente y exigirle su restitución como segundo al mando, pero el gran Capo se encontraba exiliado en Italia.

La noticia de un cónclave en La Habana despertó las esperanzas de recuperar su antiguo cargo, sin embargo, durante su estancia en New York, cometió una pequeña y terrible falta: la indiscreción. Genovese llego a Cuba alegre y decidido, sin sospechar que Costello y Luciano estaban muy al tanto de sus rencores.

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