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Falso 9: Vanidades

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El “falso nueve” es, generalmente, un tipo que fue desnaturalizado porque otro de mayor jerarquía lo necesitó de esa forma. Es esta una columna en la que leerás sobre esas desfiguraciones que supone el fútbol. Quizás leas en ella todo lo contrario: nunca se sabe dónde acabará un “falso nueve”.

Sebastián Prediger fue la figura de Tigre en el partido decisivo. Foto tomada del perfil en Instagram del jugador (@sebaprediger5).

Las finales por el ascenso tienen casi siempre un requisito arrabalero/marginal que acaba determinándolas. No debemos entender eso como condición necesariamente ramplona, sino como formalidad acerca de las relaciones salvajes entre hombres que han aprendido a encontrar estabilidad en lo insufrible, a obviar las desgracias sobre las costumbres que reproducen las mismas desgracias cuando estas no pasan de ser mecanismos de autodefensa que acaban limitando el progreso. En las finales por el ascenso nos encontramos a dos equipos, aunque no lo parezca, mentalmente derrumbados. El hecho de que finjan lo contrario en la cancha vuelve arrabalero un partido que adquiere significados a partir del desgaste. En las finales por el ascenso vemos a dos equipos vanidosos administrar la extenuación de forma teatral.

Ayer, Tigre derrotó 1-0 a Barracas Central y jugará en la Primera División de Argentina en 2022. El gol lo hizo Cristian Zabala, una de las perlas que Quilmes tuvo que vender para intentar sanear algo su economía. Remató desde fuera del área luego de aprovechar un pase errado de Maximiliano Gagliardo, el arquero rival (ha pasado la mayor parte de sus casi veinte años de carrera en clubes con escasas posibilidades de pelear por títulos), quien no debió estar en la final si le hubieran sacado la segunda amarilla en el juego anterior por tocarse los genitales en señal de burla hacia la hinchada contraria.




El mejor de todos fue Sebastián Prediger, mediocampista central de 35 años. En Twitter no han dejado de compararlo con Fernando Redondo. Hay, en ambos, un innegable parecido físico. En 2009 publicaron que era “una suerte de Fernando Redondo, pero sin zurda” y que, además, lo querían Boca Juniors, Benfica, Espanyol y Ajax. Ese mismo año disputó un encuentro con la selección absoluta frente a Panamá. “Es el jugador a seguir”, dijo Maradona, entrenador de la albiceleste en aquel momento. No volvió a ponerse la camiseta nacional. No jugó en Espanyol, ni en Benfica, ni en Ajax. Apenas se le vio en Boca. En Europa su ficha perteneció al Porto, pero tampoco contó para el técnico. Estuvo en los Emiratos Árabes. Volvió a su país y pasó por varios clubes antes de convertirse en capitán de Tigre. Hace poco, un usuario lo llamó “nuestro Tomas Rosicky del subdesarrollo”. Lo cierto es que “El perro” —así le dicen— Prediger también pudiera tener semejanzas con el checo y, a la vez, puede que ninguna. Pocas cosas hay tan baladíes como esas especies de publicidades comparativas que, por lo general, acaban abreviando al sujeto que no funciona como referente.

Contra Barracas Central, Sebastián puso la mesura en el match que medía las irreverencias producidas por los cansancios acumulados. En un duelo caótico, roto, Prediger supo trabajar encima de su agobio y el del resto y dosificó las vanidades hasta que le pusieron un micrófono delante al concluir el partido, justo en el momento en que, suponíamos, las diligencias sobre la vanidad habían caducado: “yo humildemente creo que, desde que arrancó hasta el final, fuimos los mejores”. Las finales por el ascenso, debido a su propia decoración modesta, acaban jugándola tipos ambiguos que no parecen terminar de jugarlas nunca.

P.D: Si quieres leer otras columnas publicadas en Falso 9, puedes hacerlo aquí.


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