Cuadro a Cuadro presenta: Jorge Oliver

12 min


Jorge Oliver. Foto tomada de Radio Rebelde.

Realmente le da igual cómo lo llamen o con qué lo asocien. Poco le importa si con el Capitán Plin, la revista Zunzún, con aquellos buenos años de El Caimán Barbudo, ni siquiera con Cuadro a Cuadro y las películas de superhéroes. Él se dice “un comunicador”, a secas, sin más apelativos o méritos profesionales que el consuelo de pensar que al menos hizo feliz a un niño.

Flacucho y pequeño, no pasan diez minutos entre cigarro y cigarro. Menos tiempo pasa entre cada palabrota que suelta al aire, con la misma naturalidad con que expulsa el humo de sus pulmones. Así es Jorge Oliver, a lo John Constantine, pero con 70 años.

Alguna vez disfrutó del básquet, incluso, podría decirse que alguna vez fue un gran jugador entre los muchachos de Buena Vista, pero eso fue solo hasta la adolescencia. Con la pubertad todos se espigaron menos él y ya el aro le parecía demasiado distante de sus manos. Fue entonces que decidió posar toda su atención en dos de sus pasatiempos favoritos: leer y dibujar.

Jorge Oliver lee mucho, a todas horas. Todavía lee El quijote cuando no tiene nada que hacer, escoge un capítulo al azar y lo lee. El libro le parece “una genialidad, por no decir cojonudo”. Por lo general consume tres libros a la vez: uno de ficción antes de dormir, otro de diseño, de animación o de comics en su tiempo libre, y otro de cualquier temática para ir al baño. Estos últimos suelen ser libros complejos, ladrillos teóricos que por alguna razón le atraen. Recién terminó uno sobre el despegue de la economía china en los últimos diez años y, al parecer, le fue compatible con el ambiente de su lectura.

***

En clases, mientras la maestra hablaba, Jorge estaba en su mundo, o mejor, creaba mundos. En el reducido espacio de los márgenes de los cuadernos y libros de texto fundaba este demiurgo enclenque sus universos de bolsillo. La maestra nunca vio con buenos ojos aquellos dibujitos que combatían, se enamoraban y, en algunas ocasiones, hacían chistes. “Los libros no se escriben ni se dibujan”, le decía, y Jorge, obediente como era, entendió.

Las vueltas de la vida lo llevarían años después de visita a la casa donde Lenin pasó sus últimos días. Le atrajo a primera vista la biblioteca personal de líder soviético y comenzó a hojear algunos de sus libros. Las anotaciones inundaban los bordes de las páginas, la contraportada, cualquier pequeño espacio en blanco. “Y yo me dije ʻSi Lenin lo hacía ¿Por qué cojones no lo voy a hacer yo?ʼ Alguien muy serio y famoso dijo una vez algo así como que si los libros tienen espacios en blanco es para que los uses. Yo lo hago porque es riquísimo volver a leerse un libro años después y ver como tú pensabas antes. El 99.99% de las veces terminas diciendo ʻ¡Qué clase de comemierda era!”

Para Jorge Oliver la vida es una consecución de imágenes y la historia de la humanidad, un relato muy curioso que comenzó cuando cierto antepasado nuestro pegó su mano embadurnada con algún pigmento a las paredes de una cueva, como diciendo “Aquí estuve”. Después llegaron pinturas rupestres, jeroglíficos, ánforas, profecías pintadas sobre una piedra mugrienta perdida en la selva maya, mártires cristianos suplicantes con sus halos grotescos como pamelas a contrapicado, Doré, Lucifer y Dante, los tres de la mano llegando al infierno, Superman sobrevolando Metrópolis, Tarzán saltando de árbol en árbol y de viñeta en viñeta…

Jorge ve y dibuja, imagina y dibuja pero, sobre todo, recuerda y dibuja. Hace ya muchos años la profesora de tercer grado quiso hacerle un cumplido por las buenas notas frente a sus padres:

-Es un excelente alumno. Va a ser lo que quiera en la vida, menos dibujante.

***

Es difícil imaginar a Jorge Oliver vestido de verde, el zambrán bien ajustado a su cuerpo huesudo, la gorra sobre la frente sudorosa y un fúsil entre las manos, sobre todo porque a veces olvidaba el zambrán, la gorra, los horarios y hasta el año de su nacimiento. Aun así, el primer llamado al Servicio Militar Obligatorio le marcó la vida.

Su talento no residía en la gracia recta de sus piernas al marchar ni en la precisión de sus disparos. Jorge era en las tropas de la DAAFAR el muchacho que leía en todo momento, que hacía bromas y aprovechaba cualquier pedazo de papel para dibujar. Publicó sus primeras caricaturas en Verde Olivo, Palante y la revista Mella, por lo que sus superiores entendieron que sus cualidades eran más útiles en la revista Siempre Alerta, perteneciente la Defensa Antiaérea.

Unas horas antes de que saliera cada número de Siempre Alerta, Jorge esperaba pacientemente en la imprenta. Le gustaba ser el primero en leerla y sentir el papel aún con la tinta fresca en sus manos. Junto a él, otro muchacho vestido de verde esperaba la salida de Avante, la revista de la Marina de Guerra. Para mitigar el tedio de la espera se pusieron a conversar y así Jorge conoció a quien todavía considera su hermano, otro amante de las caricaturas llamado Juan Padrón.

***

En las noches, Jorge sumaba al cansancio de un día de trabajo en el Estado Mayor de la DAAFAR el de las clases en la facultad de Economía. Hizo lo que pudo con aquellos cálculos que le parecían insufribles y, a duras penas, culminó su primer año. Sabía que él no estaba hecho para las abstracciones matemáticas aplicadas a las complejidades financieras, pero necesitaba una excusa, una suerte de señal que le indicase esa verdad de una vez y por todas. Y llegó…

El profesor había dispuesto en la pizarra una ecuación y Jorge, por más que lo intentaba, no podía hallarle un resultado. Todos en el aula lo habían logrado menos él. Fue entonces que supo que aquella gente pertenecía a un planeta de una galaxia muy lejana a la suya.

-Jorge, la solución está en los números imaginarios.- dijo el profesor y acto seguido le integró a aquella sarta de números la raíz de -1 y realizó los cálculos. Jorge quedó boquiabierto.

-Profesor-dijo- cómo es posible que así, sin más, usted decida poner la raíz de -1. Cuando uno introduce un número así se altera la ecuación, o sea, ¿por qué si le agrega ese número es que se resuelve y sin él no?.

-Es que es un número… “imaginario”.- dijo el profesor y todos comenzaron a reír.

Quizás fue aquella una de las pocas veces en su vida en las que se midió para mandar al carajo a alguien. Lo cierto es que al día siguiente ya tenía decidido cambiar para Historia del Arte, puesto que las carreras de humanidades recién habían abierto.

Todavía hoy no puede explicarse qué diablos es un número imaginario, pero tampoco le importa.

***

Si la vida de Jorge Oliver fuese un libro, cada capítulo debiera de empezar o concluir con “hasta un día”, esa frase que en los cuentos infantiles advierte que pronto cambiará la trama y todo lo que sabíamos se pondrá de un momento a otro de cabeza. Así, la felicidad de cuatro años como estudiante de Historia del Arte duró hasta un día en que le llamaron para irse a Angola.

Allá lo esperaban cuatro hombres, dos de ellos periodistas que se subordinarían a él para organizar la publicación de la revista Verde Olivo en Misión Internacionalista. Jorge fungiría como Director Artístico y Jefe de Redacción a la vez. Comenzó haciendo lo de siempre: dibujando caricaturas y revisando los textos de sus compañeros. Entabló amistad con los militares que atendían el correo militar y así logró establecer una correspondencia muy regular con su familia y con Juan Padrón, quien le enviaba una especie de resumen de las noticias de la semana en Cuba.

El primer mes en Luanda se convirtió en un año, y un año en dos. El tiempo pasaba rápido para él. A veces se iba a caminar por la ciudad y lo encontraba todo desierto. Cierta vez pasó por el Museo de la Esclavitud, un recordatorio del antiguo esplendor de las civilizaciones africanas y de los horrores de la trata negrera y los abusos de los esclavistas. Estaba cerrado como casi todos los establecimientos públicos debido al toque de queda, pero Jorge convenció a los guardias que le dejaran pasar cada cierto tiempo para husmear un poco. Las visitas al museo se hicieron cada vez más frecuentes. Le gustaba perderse entre las máscaras, las ropas tradicionales, las estatuillas de dioses de cien nombres, las lanzas, los grilletes, los látigos. Por unos momentos eran él y la historia de un continente, los dos atrapados allí, confesándose sus secretos. Poco después se aventuraría a escribir en Verde Olivo pequeños textos sobre las culturas milenarias de los pueblos del África subsahariana hasta tener lo que podría llamarse una columna.

Un buen día le informaron que se iría a Cuba de vacaciones, tiempo que aprovechó para presentarse al examen final de Historia del Arte. Unos días antes de la prueba le informaron que no tenía derecho a realizarla. Jorge, indignado, preguntó por qué. La respuesta fue sencilla: “Ausencia injustificada”.

Solo un año después pudo graduarse. A última hora le sumaron una asignatura a su plan de estudios: Historia del arte africano. Él solo pudo sonreír con semejante noticia.

***

Foto: Juventud Rebelde.

“Más tarde me llamaron mis superiores para informarme que iba a ser oficial. Yo acepté, claro, y me mandaron a Cubana de Aviación. Al principio no me agradó la idea aunque después hasta me embullé para estudiar y ser piloto. Pero salvo porque soy miope, le tengo miedo a las alturas y me horrorizan los aviones… ¡hubiese sido tronco de piloto!”

La aventura en Cubana de Aviación terminó pronto. Alguien decidió que Jorge se iría a trabajar como jefe de un equipito de propaganda para los pioneros. La oferta le gustó y de las primeras cosas que hizo fue llevarse consigo a Juan Padrón, a quien hacía poco habían despedido del DDT de Juventud Rebelde por ausentarse a una guardia miliciana.

Aquel “grupo de propaganda” advirtió que el semanario Pionero no era suficiente para satisfacer a los niños del país, por lo que tras muchas noches de insomnio y madrugadas de algarabía idearon una revista para los estudiantes más pequeños a la que llamarían Zunzún. Jorge corrió como un loco con el proyecto. Lo presentaba en todos lados y siempre recibía las mismas respuestas: “los chamaquitos no necesitan eso”, “hay otras prioridades en el país”, o “no se puede pensar en eso cuando hay tantos problemas con el papel y la tinta”. Sin más remedio, fue a hablar directamente con el presidente de la Organización de Pioneros “José Martí”. Este lo recibió casi sin ganas y, como el resto, desechó la idea de la revista. Tenía asuntos más urgentes y necesarios como la construcción de una ciudad de pioneros en Tarará.

***

Jorge Oliver no es de los que se quedan callados. Le gusta hablar, soltarse con desenfado, lanzar sus ocurrencias y maldiciones que, de alguna forma, siempre se receptan con cariño, pero aquel día en que Fidel Castro dijo que cocinaría espaguetis no le salieron las palabras.

Lo habían invitado a una reunión muy importante en la que, realmente, él no pintaba nada. La única razón de su presencia era que trabajaba para los pioneros y que Fidel había aprovechado un encuentro con el alto mando del país para, de paso, discutir el tema de Tarará. La cita terminó y Jorge solo había abierto la boca para probar los espaguetis de inexperto cocinero que había preparado Fidel y para susurrarle al oído a Celia Sánchez la pena que tenía de presentar la idea de su revista en una ocasión como aquella.

Quince días después, cuando abrió la puerta de oficina encontró a un hombre alto y muy serio que lo esperaba:

-¿Usted es Jorge Oliver?

-Sí-

El hombre sacó un llavero de su bolsillo y dijo:

-Estas son las llaves del carro

-¿Qué carro?

-El del Moscovich que está parado allá afuera.

-Oiga, ¿me puede decir quién regaló eso?

-No es regalado. Es para una revista que usted va a hacer. Aquí está la nota -dijo el hombre y le entregó un papel doblado antes de marcharse. En la nota se le informaba que tenía permiso para fundar Zunzún y que cada avance en su preparación le fuera informado al remitente. Debajo, algo apresurada, la firma de Fidel.

***

Los gatos son animales comunes, sin embargo, no por eso dejan de esconder cierto misterio. Son traviesos, caprichosos, a veces amargados, todo lo que quieren cuando quieren. Y fue justo esa actitud independiente lo que inspiró a Jorge para hacer El Gato Verde, un felino juguetón que andaba siempre metido en líos hasta que aprendía algunas reglas básicas de comportamiento y enmendaba su error. Propaganda pura, algo burda quizás, pero así nació ese personaje que después sería El Capitán Plin.

Una noche en la que el pequeño Ian Padrón pidió una historia para dormir, su padre, un genio de la animación cubana, se quedó sin ideas. Ante la insistencia de Ian, a Juan no le quedó más remedio que echar mano de El Gato Verde que había creado su amigo. En pocos segundos se inventó una trama en la que el animal era un gran espadachín que vivía en una isla presa de los constantes ataques de una pandilla de ratones piratas. Así, su hijo, al fin, concilió el sueño.

A la mañana siguiente Juan le contó a Jorge la loca historia que había concebido. Lo hizo como algo casual, una simple anécdota sobre sus noches de cuenta cuentos. Jorge se sorprendió, lo abrazó eufórico y le dijo “¡Juanito, aquí hay una historia!”. Unas semanas después salía la primera aventura del Capitán Plin. En los créditos de aquel número de Zunzún, justo al lado de la palabra guion, todavía puede leerse: “Juan Padrón”.  

***

El Capitán Plin es uno de los personajes más populares en la historieta cubana. Foto tomada de Zunzún.

“Zunzún fue un sueño. Me pasaron cosas muy buenas ahí, donde aprendí que nada supera trabajar para los niños. Pero bueno, nada tampoco es eterno, ¿no? Como las cosas iban bien, decidieron sacarme de ahí y ponerme en Juventud Rebelde de subdirector editorial. Claro, yo entiendo esa decisión. Juventud Rebelde tiene mucho que ver con los pioneros, trabajar para niños, dibujar para niños y esas cosas… ¡Yo te digo a ti que hay cada gente…!”

“Igual, allí hice de las mías y logré cogerle la última página a la edición del domingo para publicar historietas, artículos sobre animados y otros pasatiempos. La última página yo la quería para joder, para descargar, además ¡era domingo! Vamos a estar claros: en las noches de sábado no pasa nada en el mundo porque la gente está de fiesta y borrachera. El lunes por la mañana es que quieren revisar el periódico para ver qué coño fue lo que hicieron”.

“Después me mandaron como Director para el Caimán Barbudo. Claro, eso también lo entiendo. Yo, que soy muy reconocido por ser un gran intelectual muy versado en esas cosas de escritores y música… ¡Hay gente a la que se le ocurre cada mierda!”.

***

En su casa, Jorge mantiene bien guardado un largo trozo de papel. Cada cierto tiempo lo lee. Es una vieja entrevista a Pablo Milanés que alguna vez salió publicada en el Caimán Barbudo y por la cual pasó por más de un aprieto.

En una ocasión, en los tiempos de Jorge Oliver como director del Caimán, uno de sus periodistas se apareció con esta entrevista al trovador cubano. Jorge la revisó y le pareció bastante buena.

-Pero Jorge, hay un problema- dijo el periodista- yo tuve que cambiarle el final porque cuando le pregunté por Fidel me dijo… bueno, me sonó una fuerte.

-Pues pongámosla fuerte, sin censura- respondió Oliver.

Después mandó a imprimir el número de la revista antes de que saliera de la imprenta para lo que él llamaba “la línea roja”, que no era más que una moto con sidecar que repartía esas copias a ciertas personalidades de la política y la intelectualidad a manera de exclusiva, días antes de que fueran vendidas en los estanquillos.

El día de la impresión, Jorge, como era costumbre en él, esperó pacientemente los primeros ejemplares. De pronto unos tipos con malas pulgas le agarraron del brazo y le dijeron: “la impresión del número está detenida, y usted también”.

Mientras tanto, cuentan que lejos de allí, García Máquez revisaba una de las copias de la línea roja extrañado del retraso de la publicación oficial de aquella edición. De alguna manera, intuyó la causa y se dirigió a Raúl Castro.

-Mira las cosas que pasan en este país. Ustedes de revolucionarios ¿y ahora se van a meter a católicos?-bromeó el colombiano.

Jorge Oliver fue liberado entre disculpas por un supuesto malentendido poco después de que Fidel Castro, quizás sonriendo, leyera:

“-¿Y qué es lo que más admiras de Fidel?

-Sus cojones”.

***

Jorge Oliver ha sido una especie de nómada en los medios, siempre a merced de una voluntad “superior” que le pone, le quita, lo premia, lo castiga. Al parecer, ha encontrado su lugar en los Estudios de Animación del ICAIC, donde hace poco más de una década trabaja en ambiciosos proyectos que, a golpe de mucho esfuerzo y en un contexto de puras carencias, logra llevar adelante. Quizás el que más resalte sea su programa Cuadro a Cuadro.

Cuadro a Cuadro es su cruzada personal, su santa guerra ideológica. Se bate fuerte con marcianos, magos, robots, mutantes. El caballero Oliver llega todos los veranos y todos los inviernos, siempre dispuesto a quitar máscaras y a criticar con justicia o sin ella; pero también a hablarnos de su pasión infantil: los cómics.

Aunque diga que no, los años lo han vuelto resabioso, desconfiado y cada vez más agresivo con los superhéroes. Ve en todos una intencionalidad política y manipuladora. Ve villanos en los héroes. Se ha convertido en un sabueso que reconoce de bien lejos el veneno de Hollywood. Nos presenta la copa y después nos dice “no beban”. Puede que desee decirlo de un modo más directo y fumarse un cigarrillo mientras le habla a la cámara, pero se limita.


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