José Luis Cortés, “el Tosco”: He transitado por la estelaridad incomprendida

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José Luis Cortés, “el Tosco”. Foto: Cubalite.

I

José Luis Cortés habla de panegírico. Dice que su vida la podría resumir en un panegírico (apología, exaltación, himno, elogio…). El discurso de Cortés es el discurso de ‘el Tosco’: a veces, ensayístico; a veces, parabólico…

“José Luis Cortés González. 5 de octubre de 1951. Sale a la mar un negro luchador en el barrio más ‘ripiao’ que tenía Santa Clara, el barrio de El Condado, donde te despertaban las broncas, las puñaladas y la soberbia de los vecinos por encontrar alimentos para poder subsistir. Este moreno, por suerte, nació en un barrio donde la cultura popular estaba latente siempre: había como cinco o seis casas de bembé; había rumba; había un señor que se llamaba Antonio Ríos, que tocaba la guitarra”.

“Tuve la oportunidad de trabajar en un bar desde niño. Venían aquellos mulatos y blancos con los sombreros de jipijapa y sombreros de estos, Stinsons, zapatos de dos tonos, pantalones y guayaberas de hilo… a tomar cerveza Hatuey con jugo de tomate living. Era especialista en poner la victrola: Me decían ‘Tin, pon La fruta jaja‘, que estaba pegá’ cuando aquello: fruta, fruta bomba, jaja. Yo echaba el níquel y ponía la música: la orquesta Aragón, La sopita en botella de Los muñequitos de Matanzas, Benny Moré. Recuerdo algo que ponían mucho, que se llamaba Inmenso mar: Inmenso mar, tú envolviste con tu brisa mi amor”.

Crea una ‘agrupación’ en Santa Clara con tres o cuatro trastos viejos. Antes, le habían puesto ‘el Tosco’ por unas botas que le quedaban grandes. De pequeñas ‘escaramuzas’ tratan siempre los comienzos.

“Pasó el tiempo y triunfó la Revolución. Me acuerdo de los tiros del cuartel 31, de los soldados bajando con un brazalete de Elegguá, venían de la Loma del Capiro: un traje verde y el brazalete del Movimiento 26 de Julio que es un brazalete de santeros, es de Elegguá, para que le abriera los caminos a Fidel para llegar a La Habana… pero bueno, eso lo sabe poca gente. Esto es una respuesta clasificada”.

“Llegan los primeros planes de la Revolución. Trabajé vendiendo propaganda del gobierno. Eran banderitas y cositas y la foto de Camilo. Vacilón, hasta que llega la edad en que uno piensa en que debe irse de ese lugar porque ahí, a lo mejor, luego estarías muerto o preso. Llegaron unas becas por el periódico Vanguardia, unas planillas de becas: una era para la escuela González Lines, de pesca, y otra para la Escuela Nacional de Arte. Gracias a Dios vinieron las dos: me daba lo mismo pescar que tocar flauta. Lo que tenía que hacer era irme del barrio, estaba en candela aquello. Primero me llegó la beca de la escuela de arte”.

II

“Tengo el nombre más español del mundo. Yo me llamo ‘Joze Luiz Cortéz González’. Tenía que haberme llamado Ungu Mulungu Sungu, como mis ancestros. Los españoles de antes eran tremendos descarados. Cogieron a los negros y les dieron cepo, látigo, se acostaron con las negras. Ahí vino el mestizaje. Eso no lo sabe la gente”.

“El acuarelista de la poesía cubana hacía una apología sobre una negra que se llama ‘La negra Fuló’. Yo, imaginando la escena, por lo que él pensaba, digo que ahí fue donde empezó el mestizaje. Los españoles traían a las negras, altas, con unos cuerpos esbeltos y para castigarlas las llevaban a las barracas. No había luz eléctrica. Lo que había eran unas chismosas. Se les veía, entonces, la piel púrpura, negra, por el brillo de las chismosas. El sudor, el calor y el olor a selva pudiere, de alguna u otra forma, proporcionar algún elemento sexual al ser humano. Los animales se aparean por los olores. Yo me imagino que esos españoles, cuando vieron a las negras aquellas con las nalgas preciosas, sus senos divinos y el olor a selva, qué se yo, tendrían que tener alguna excitación sexual. Ahí, repito, empezó el mestizaje”.  

III

“Hay una película de King Kong en la que se encarama en el Empire State. Me imagino lo que pensaba King Kong cuando estaba subido allá arriba. Eso es, más o menos, lo que me pasó cuando llegué a la escuela de arte: no tenía nada que ver conmigo aquello. Una de las clases de actuación es la declamación y la imaginación. Para meterte en un personaje tienes que imaginarte las cosas. Cuando estaba haciendo las pruebas para entrar en la escuela, íbamos caminando para un albergue, por la loma de Danza y había unos dramáticos hablando con unas matas; uno le decía a la mata: ‘Oh, tú, frío de corazón, ¿por qué me abandonaste? ¿por qué no me quieres, si yo te amo, mi amor?’. ¡Qué clase de locura! ¡Yo no estaba pa’ eso!”

“Iba con el propósito de tocar violín y me suspendieron. Aprobé la prueba de musicalidad, pero la de violín no. Me dijeron que no me fuera de la escuela, que fuera a estudiar flauta, que la flauta es el instrumento de los dioses. Gracias a la flauta he podido conocer 65 países; he podido entrar en lo más intrínseco de la política cultural de este país; he podido transitar por los lares de la estelaridad, incomprendida, pero estelaridad”.

Tenía los dedos cortos para el violín. En la clase de flauta, el profesor ofrecía un sándwich a quien mejor tocase aquel día. Lo de Cortés era caerle al sándwich. Primero, el sándwich. Después, el cariño por el instrumento.

“Vuelvo a la imagen de King Kong: sacaron a un negrito, marginal, que recogía las brujerías de las ceibas para poder comer una cosa que se llamaba tentempié, que era un pan con dulce de guayaba y queso blanco. Aquello tenía el módico precio de dos centavos. La gente botaba la brujería en las ceibas. Adentro de las brujerías siempre había unos centavos, porque a los santos, a los muertos, a lo que sea, hay que darle algo monetario, y con esas monedas nosotros nos alimentábamos. No nos pasó nada, porque los niños son hijos de Elegguá y los niños no recogen la brujería. Mucho menos los niños traviesos, porque Elegguá es un niño travieso. Con todos esos quilos prietos comprábamos en la bodega… Para ese personajito, llegar a la escuela de arte… Estábamos en Siboney, en Cubanacán, el barrio más pijo de La Habana. Los ricos que se fueron, dejaron todos sus aposentos estelares para que viniéramos a vivir compañeros como yo: de las ceibas, con las patas en la tierra, a la casa del mexicano, a la calle 34. Las habitaciones tenían intercomunicador: era King Kong cuando lo sacaron de la jungla y lo pusieron en el Empire State, en Nueva York. El mismo pensamiento”.

“De El Condado a Siboney hay una distancia de 300 y tantos kilómetros, pero una distancia abismal desde conceptos ideológicos de la vida. Ahí, indisciplinado, por supuesto, of course. Era excéntrico, por la crianza. No estaba acostumbrado al ‘cepo’, al ‘látigo’, a la sumisión. Era imposible. En la transculturación de los movimientos educacionales, la escuela de arte se convirtió en una escuela militar. Teníamos que marchar; si te portabas mal, había cortes militares para quitarte los pases. En vez de llamarme ‘Joze Luiz Cortéz González’, me pusieron José Luis Corte. No salía de las cortes. Estuve un año y algo sin pase”. 

“Viene la edad de la pubertad. Vienen las jevitas. A mí me tocó… el nombre no lo voy a decir. Eso se llama secreto de guerra. Me tocó una actriz muy famosa. Los actores y las actrices siempre estaban en una mecánica elitista, existencialista, de leer, de pronunciar una palabra perfecta, de rebuscar palabras para cuando tienes que hablar ante un colectivo, en una reunión: ‘bueno, esto fue un ardid’. Yo, por supuesto, no llevaba esa carta. Esa señorita, entonces, hizo que yo leyera e intentó que yo fuera un hombre culto. Me movió el piso. El primer libro que me dio para leer fue Los miserables. Cinco tomos. Me encontré, por azar, unos espejuelos. Yo no tenía nada en la vista. Eran unos espejuelos ‘fondo de botella’, de esos. Me los ponía cuando me sentaba a leer Los miserables delante de ella. Miserablemente, si leí tres páginas fue mucho”.

“Había un albergue que lo llamaban ‘el albergue del presidio’. Ahora eso está ahí en ruinas -ojalá me lo dieran; a ver si alguien lee esto y me manda una estilla para poder arreglar el albergue y, así, antes de morirme, volver a recordar los tiempos en que estuve allí. Algunas personas que cometían indisciplinas iban a parar al ‘albergue del presidio’. Yo era muy hiperkinético, pero desde el punto de vista artístico. Estaba en muchas cosas. Nos mandaron, entonces, a una escuela al campo en la Isla de la Juventud. Estos mismos estudiantes de violín abrían huecos en la arcilla para sembrar naranja y toronja. Para salir de ese trabajo, me metía en muchas cosas: era el director del Festival de los Niños, cantaba en el coro de la escuela, entre otras. También me gustaba practicar un deporte que es la antítesis mía: el boxeo. Yo soy flautista y si me dan un piñazo en la boca no puedo tocar. Un día estaba practicando boxeo y llegó el director de la escuela. El tipo no caía bien. Me vio boxeando. El tipo no me soportaba: veía que yo no iba a trabajar al campo porque tenía que estar ensayando. El hombre se puso farruco conmigo. Me dijo: ‘¿también eres boxeador? Pues ven pa’ acá’. Él era un tipo alto. Ya falleció… y que Dios lo tenga en la gloria, porque yo no soy rencoroso. La gente se enteró de la pelea: se va a fajar fulano con mengano. El hombre tenía un boxeo inglés y comenzó a darme golpes. Me dio muchos. Cuando sentí el sabor a sangre tuve que defenderme. Le di un uppercut al hígado y cayó al piso. Lo tumbé. La escuela empezó a gritar. Hicieron un ruido como si estuviéramos en el Coliseo romano. Me busqué lo que no estaba pa’ mí. El señor me dijo ‘coge tu maletín’ y me botó de la escuela en el último año, haciendo el repertorio. Acabó conmigo. Después me dijo que me iba a sancionar con un año fuera. Ahí no regresé más”.

“Empecé a buscar la forma de tocar… hasta que caí en Los Van Van, que se estaba fundando. Grabé el primer disco y después me tocó que me reclutaran las filas del servicio militar obligatorio. Cuando aquello eran tres o cinco años, si reenganchabas. Arroz, huevo y chícharo; chícharo, huevo y arroz, y huevo, arroz y chícharo. Las tres comidas, excelentes, suculentas… o si no, una lata de carne rusa o un ají relleno. Todo muy agradable al paladar. No podíamos quejarnos”.

“El entrenamiento era anticapitalista: el enemigo es el enemigo. La vida es dialéctica”.

IV

Regresa a Los Van Van. Son tiempos en que le dice a Formell que ponga metales en la orquesta. Formell, en su momento, no le hace caso. Formell le hará caso luego y los trombones serán épicos, casi una insignia del “sonido Van”. Hablar de los emblemas del “sonido Van Van” implica hablar del día en que el Tosco le habló a Juan sobre los metales y las series armónicas.

Después se va a Irakere. De Irakere dirá que es “el mejor grupo que ha habido en Cuba desde los indios hasta mañana”. De Irakere dirá que le faltó tocar más para el público cubano. Hablará de los conciertos en Pogolotti, los 24 de febrero, días felices y estridentes. Rucu Rucu a Santa Clara, de Cortés, es un manifiesto iniciático de la timba: la línea del piano, las descargas de los metales, los coros posteriores; el piano de nuevo en el bendito bucle de los tumbaos, algunos “mambos”. Hay una portada de una edición francesa de un disco de Irakere: ‘el Tosco’, brazos cruzados, en primera línea, camisa negra, dibujos verdes. Es ‘el Tosco’ díscolo. El único Tosco, quizás, posible –aunque él diga que no. Quiso entrar a la UNEAC en aquella época. No lo dejaron. Años más tarde, musicalizará la poesía de Guillén. El 25 de noviembre de 1987, Cortés y Germán Velazco (saxofón y clarinete) dejan de formar parte de Irakere. A Chucho no le gustó, al parecer, algo que venían haciendo, tiempo atrás, Velazco y Cortés.

Cuatro Long Play grabados en 1986. Ahí comienza el final de ‘el Tosco’ y otros músicos en Irakere. Cuatro discos, digamos, ‘pseudoclandestinos’. Un All-Star: Cortés, Velazco, Carlos Averhoff, Carlos Emilio Morales, José Miguel Crego ‘El Greco’, Juan Mungía, Jorge Alfonso, Gonzalo Rubalcaba, Feliciano Arango… Cantantes: Tony Calá, Pedro Calvo, Aymé Nuviola, Anabel López. El proyecto se llamó Todos Estrellas. EGREM grabó los discos (Siglo I A.N.E, Siglo II A.N.E, Abriendo el ciclo y Siguiendo el ciclo). “El trabajo artístico desplegado por jóvenes compositores como José Luis Cortés y Germán Velazco en la selección de un sólido material musical que apoyara la idea de dar una nueva dimensión en la concepción de lo que debe ser la música cubana de la actualidad; ha superado por su calidad lo que hasta el momento se ha realizado en esta línea de producción musical”, reza en una nota firmada por “El Productor” de aquellos fonogramas. De estos discos se sabe muy poco. No han vuelto a reeditarlos en Cuba. De estos discos se sabe, al menos, que forman parte del halo primigenio de la timba como pacto musical, como negociación creativa: a Cortés le fascinan las armonías enrevesadas y los metales impulsivos y está dispuesto a mucho.

V

El portal de la casa de Cortés está adornado con reconocimientos que ha recibido a lo largo de su carrera artística. Foto: Cubalite.

Funda NG La Banda el 4 de abril de 1988. Por casualidad. Le donaron los instrumentos para tocar en una fiesta. José Luis dijo que sí. NG significa Nueva Generación. Un empresario u otra persona dijo que Nueva Generación era poco comercial. Se quedó en NG.

La timba de los noventa fue una narrativa pública que los musicólogos decidieron dividir, como suelen hacerlo, en fragmentos conceptuales: introducción, puente, coro, mambo, coro, mambo, coro, mambo (esto es alterable, por supuesto) … La timba de los noventa era, más que una narrativa divisible, un gesto que se resumía en un estribillo generacional. En el país de los estribillos, la timba de los noventa fue, quizás por necesaria, más generacional que todo lo que existió antes. Los coros, creados a partir de las necesidades de todo tipo, eran coros, como mínimo, arraigados a cuestiones existenciales de orden general.

Hay, pese a ello, demasiado elitismo en la timba. Los mambos de los metales y el desahogo del bajo implican una virtud soberbia. La armonía de la timba se construye a partir de un extraño elitismo que parece barrial, cercano, un elitismo casi humilde.

En medio de la crisis, el elitismo se vuelve condescendiente y suena cada vez más contiguo. NG La Banda pega la mayoría de sus temas. ‘El Tosco’ se asoma con La expresiva, en la voz de Issac Delgado, pero la voz es lo de menos. El piano, a veces, aparece por un lado y el bajo por otro. El bajo, en ocasiones, se vuelve más melódico. La expresiva, ya lo hemos dicho, no es germinal, ni mucho menos, pero La expresiva es un “montuno” renovable, como mismo los arreglos de Que viva Changó y todo lo que ocurre en Que viva Changó a partir del cuarto minuto de reproducción. El mérito de Cortés es el del ultimátum: la rapidez en los plazos en que sucede todo; la premura con que compendia las descargas jazzísticas con los patrones rítmicos del songo y otros géneros circundantes.

El disco En la calle es resultado de estrépitos violentos. Los metales de To´el mundo e´bueno camará son una declaración de principios. En Necesito una amiga los metales parecen más reposados. Es lo que llaman “los metales del terror”: instrumentos extremistas, exageradamente hermosos.

Échale limón es, en cambio, quizás más íntimo. Échale limón pudiera ser, probablemente por ello, lo mejor de NG La Banda. Los discos íntimos, después del boom, son discos demasiado osados. Es esa la antonomasia más íntima de Cortés: la eterna interpretación de ‘el Tosco’. Santa palabra, El trágico, Murakami´s Mambo, Échale Limón, irrepetibles. Murakami´s Mambo es, de alguna forma, una rapsodia del rescate. Nada más íntimo que los rescates intencionados.

Con La bruja empiezan los problemas: “Tú eres una bruja/ tú no tienes sentimientos/ tú vives de la maldad”. Dos años fuera de la radio y de la televisión. ‘El Tosco’ se levantaba cada mañana para ir hasta el ICRT a comprobar que pusieran su música. Alguien malinterpretó o tergiversó conceptos. A alguien comenzaron a molestarle las crónicas mundanas de Cortés y otras diligencias que, supuestamente, había hecho. Dicen que un día regaló dinero en el Palacio de la Salsa: el público comienza a tirar dólares y pesos al escenario donde, al ritmo de NG La Banda, bailaba una mujer. José Luis recoge el dinero del suelo y se lo entrega a la muchacha. Un anónimo: mala práctica, actitudes contrarrevolucionarias, etc. Mandado a matar. Vilma Espín lo salvó luego, después de una larga conversación.

VI

Con la llegada del nuevo siglo, la timba viene a menos. La cruzada contra esa música en Cuba es enorme. Quizás el último gran disco del género haya sido Soy cubano, soy popular, de la Charanga Habanera, a inicios de los 2000. Aparece el reggaetón. La campaña contra el reggaetón es bestial, pero el reggaetón es lo que podríamos definir como una música eficiente: se hace relativamente rápido y fácil y tiene un potencial formidable para los nuevos mercados.

En ese contexto, muchos músicos deciden buscarse la vida de otra forma. Algunos, en las noches de los cabarets; muchos se van del país. La timba deja de ser mediática y, con ello, las agrupaciones tienen que renovarse constantemente para subsistir. NG La Banda, por esa época, pega El papi: ‘Dime, mamacita, ¿cuál es el papi que te gusta?’ y Raca Raca chán, un tema con sonidos de música disco: ‘Raca Raca Chán, eeeee, Raca Raca Chán, ooooo, Raca Raca Chán, eeeeee, Raca Raca Chán, ¡qué chispa!’.

En los años que siguen, Cortés creará una camerata de flautas, la Camerata Cortés, que dirigirá artísticamente su amigo Antonio Pedroso. “La flauta es de los instrumentos del que más se gradúan los alumnos en las escuelas de arte y después los muchachos no tienen dónde tocar. Las orquestas típicas solo tienen un flautista; la Sinfónica, tres. Por eso se me ocurrió crear una camerata de flautas”, dirá en una entrevista. Muchos de los alumnos que salen de ahí ahora están en Europa, en China.

VII

En 2008, NG cumplió veinte años. En 2018, treinta. Ese mismo año recibe el Premio Nacional de Música correspondiente a la edición de 2017. Lo invitan luego a formar parte del jurado de La Banda Gigante, un ambicioso proyecto que parecía, a priori, más ambicioso. En el portal de su casa tiene un cuadro de los tres jurados. Tiene diplomas. Tiene una extensión telefónica que cuelga cerca de una ventana. Nada de eso, dice, se moja cuando llueve. “Eso está calculado”.

Mira hacia donde están los reconocimientos y canta: “todo esto en estética quiere decir: ‘Hay que vivir el momento, feliz/ hay que gozar lo que puedas gozar/ porque sacando la cuenta total/ la vida es un sueño y todo se va/ eso es verdad’. Este compositor era ciego. Hizo esa canción para que el mundo entendiera… el ciego maravilloso. A mí no me gusta decir nombres, si no después la policía me puede meter preso”.

Es ‘el Tosco’ siempre una nomenclatura soberbia: termina la última oración con algo que bien pudiera convertirse en un coro formal. Son también, así, los finales apoteósicos de los panegíricos. Nada es en el mundo menos apoteósico que un coro.

Otros temas de NG La Banda que no deberías perderte:

 

 

 


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