Juegos o juguetes que marcaron la infancia de los cubanos

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Si nos pidieran definir cuánto dura la infancia de una persona, podríamos dar todos una respuesta diferente e, incluso, tener razón en cualquiera de los casos. Lo que para algunos finaliza con la maduración del cuerpo y la mente, para otros puede terminar antes a causa de un trauma demasiado intenso; mientras, en otros casos un poco más “verdes”, a veces se extiende hasta límites un poco preocupantes.

En lo que la mayoría estaría de acuerdo es en el hecho de que en esos años de la vida, hay dos factores comunes para el 99% de nosotros: la necesidad de gastar el exceso de energía que traemos y el tiempo libre que tenemos para ello. Basta con que suene el timbre de la escuela para que la manada de chiquillos concentre toda su atención en el ocio.

Para pasar las horas junto a los amigos del barrio siempre hay una idea a mano. Si algo no falta entonces es una mente maestra que guíe al grupo por todo el catálogo de aventuras gráficas que están disponibles. En un intento por regresar contigo a esa época de insaciable diversión, Cubalite te trae una lista de los juegos y juguetes más comunes para diferentes generaciones de niños “made in Cuba”. Aunque algunos de ellos ahora casi no se ven, o están completamente desaparecidos, aquí nos negamos a dejarlos ir.

Shooters en primera persona

Foto tomada de TodoCuba.

Echémosle la culpa a las películas del Oeste, o a las de acción que ponían los sábados por la noche, pero la cosa es que de “chamas” resultaba extremadamente atractivo andar por ahí disparándole a cualquier cosa. Nuestra arma podía ser el tirachícharos, un pedazo de tubo plástico con un trozo de guante de látex amarrado a un extremo, desde donde salían proyectiles de variada procedencia. Otra opción podía ser el tirachapas, formado por un trozo de madera con una liga, que al liberarse soltaba tapas “endemoniadas” de pomos o botellas. Luego, estaba el rey de los lanzamientos: el tirapiedras, una suerte de pistola de madera en forma de “Y” (vamos, que la letra lo explica mejor que nosotros) con par de ligas atadas a los extremos, que podía resultar bastante peligroso en dependencia del material que se pusiera dentro de la lengüeta. Todavía podemos ver de estos últimos por ahí, sobre todo en manos de muchachitos que se dedican a “cazar” animales, vaya usted a saber para qué.

1…2…3… ya voy

Jugar a esconderse era, durante las noches de apagón programado, casi un ritual. Los “enanos” de la cuadra entera se reunían alrededor de un poste, “piteaban” y el pobre que resultara perdedor tenía que contar hasta el número que le dijeran, y luego salir en búsqueda y captura de los demás vecinos. Las carreras hasta la “meta” para “colar” parecían entonces una final olímpica, y si la persona que se “quedaba” nos caía mal, hacíamos hasta lo imposible para que repitiera al menos un par de veces en el turno de “guardián del poste”.

Otra de las variantes de este juego era el kikiri-lata, donde hacía falta un envase de aluminio aplastado, con el cual se golpeaba hasta tres veces la tapa de alcantarilla que servía como “meta”, mientras se recitaba la frase: “1, 2, 3, kikiri-lata”.

También existía otro juego, que aunque nunca calificamos de “jugar al escondido”, lo coloca de alguna forma en esta “escurridiza” categoría. Seguro que nadie lo conoce por su nombre de escondite inglés, sino que le llamaba 1, 2, 3, muñequito de París o de otras maneras igual de creativas. Consistía en poner a un niño en una pared, de espaldas al resto, mientras estos intentaban llegar a la meta sin ser vistos moviéndose cada vez que el guardián se viraba. Lo mejor de todo era cuando estábamos en “modo pausa”, y al vigilante le daba por hacernos reír.

Schumachers del Caribe

Cuando los niños en los Alpes suizos usaban pintorescos trineos y los de otros lugares tenían patinetas de colores, aquí en Cuba teníamos la inigualable chivichana. Unos cuantos “palos”, unidos de forma más o menos chapucera, más tres cajas de bolas o rolletes, convertían a las lomas inclinadas en nuestro mejor amigo. Aunque algunos preferían viajar solos, otros unían varios “carros” y los convertían en algo parecido a trenes, vehículos en los cuales lanzarse por la pendiente tras haber sido impulsados por alguien más, nos ponía de adrenalina hasta las cejas. En esos momentos nos sentíamos pilotos de Fórmula 1. Durante los pocos segundos que duraba el viaje hasta abajo, éramos los reyes del asfalto.

Pelota en todas las esquinas

Algo que cuesta un poco ver en estos días es a un piquete de muchachos jugando a alguna variante de la pelota. El fútbol es pasión de millones, y ha llegado aquí para relegar al segundo plano algunos juegos que antes eran casi un vicio.
Teníamos el taco y su “prima” la quimbumbia, dos parientes unidos por un palo de escoba, herramienta que en ambos casos servía como bate. En el primero, el objetivo era golpear una tapa de pomo, una pelota de trapo o cualquier otro implemento que fabricáramos nosotros. Ya para el segundo había que recortar un pedazo pequeño del mismo “bate” y sacarle punta por ambos lados.

El cuatro-esquinas, que a día de hoy ha sido transformado internacionalmente en Baseball-Five, tiene tres reglas básicas: si la pelota pasa por encima de la cabeza, eres out; si correr entre las bases, y si la bola es atrapada de aire, tú y tu equipo están “embarcados”, porque se les acaba el turno “al bate”.

Pura velocidad

Además de escondernos, solíamos hacer varias millas en una sola noche intentando escapar de los demás. Los cogidos y todas sus diferentes modalidades llegaban normalmente cuando nos habíamos cansado de buscar lugares nuevos para ocultarnos.

Teníamos, además del estilo “corre y toca”, el pegado, donde el que se “quedaba” tenía la capacidad de paralizar a todos los que tocara, tras lo cual tenían que venir los otros a “despegarlo”. Si te “pegaban” un par de veces, era tu turno de perseguir al resto.

Si había algo que disfrutaban todos era jugar al policía y al ladrón. Dos del grupo, llamados “radio” y “antena”, designaban los roles, tras lo cual los “criminales” debían perderse para evitar ser capturados. Cuando todos estaban “bajo custodia”, se cambiaban los equipos. Y era la hora de la venganza.

Los quemados

Como antes decíamos, siempre nos gustó lanzar cosas. Y si los lanzamientos implicaban golpear a alguien en su anatomía, pues mejor. Esa era la base de los quemados: cualquier pelota servía para “encender” a quién tuviéramos más cerca. Aunque a veces se jugaba con pelotas de caucho, no fueron pocos los suicidas que intentaron hacerlo con pelotas de béisbol, conocidas como “poli”, eso sí, usando la manos menos hábil para tirar. A cualquiera que violara las reglas, que básicamente era no tirar a la cabeza y alguna más, le tocaba “el paredón”, situación en la que todos los demás hacían tiro al blanco.

Para jugar dentro de la escuela

Nunca nadie dijo dónde ni cuándo había que jugar a algunas cosas, pero increíblemente había una serie de divertimentos que usualmente solo se quedaban en la escuela.

El primero era la pañoleta: un profe hacía de árbitro mientras dos equipos enumerados intentaban acumular puntos al llevarse la susodicha prenda de un círculo marcado con tiza.

Luego estaba el kicki’n-ball o quiquimbol, mezcla entre béisbol y fútbol, que consistía en golpear con las piernas un balón que nos era lanzado, y después recorrer las bases hasta regresar al “home”.

Por último, estaba uno que no tenía nombre como tal, pero que todos llamaban Nombre, color, país…. Aquí la cosa no implicaba correr ni nada parecido. La clave era coger una hoja de papel, y dividirla en diferentes secciones. Se decía una letra, y había que llenar cada espacio con una palabra que empezara con ese caracter. Aquí se vieron increíbles aportes al idioma, la geografía y la cultura en general, cuando a no pocos se les ocurría internacionalizar la parte del color, y poner yellow, blue o el que fuera. También surgieron nuevas fronteras para los países, como fueron los casos de Europa, Niquero y Granma.

Si recuerdas algún otro juego o diversión de tu infancia, háznoslo saber en los comentarios.


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Sandy Mederos

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