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Esta cubana provocó una revolución en México con una silla y su historia es muy poco conocida

6 min


Clara Porset. Foto tomada de Cubanos en México.

Si hay una diseñadora que tuvo un rol determinante en la lucha cultural y de clases que floreció en México como consecuencia de la gestión presidencial de Lázaro Cárdenas (1934-1940), esa fue la cubana Clara María del Carmen Magdalena Porset y Dumas.

El trabajo de esta mujer, nacida el 25 de mayo de 1895 en Matanzas, tuvo una influencia que se expandió incluso más allá de aquel período de efervescencia que se vivió en la nación de los aztecas.

Desde su campo profesional, ella fue fundamental en la popularización de una mirada diferente en torno al diseño de interiores en las casas de los mexicanos, sobre todo de los menos ricos, gracias a la aplicación del funcionalismo para crear piezas que eventualmente se convirtieron en partes esenciales de la identidad nacional en el pasado reciente.




Paralelamente a su trabajo creativo, el cual compartió con varios célebres arquitectos como Luis Barragán y Mario Pani, la Porset sentó cátedra como profesora de la Universidad Autónoma de México (UNAM) y se encargó de formar a varias generaciones de profesionales que aún mantienen vivo su legado de pensar y ocupar cada espacio, por humilde que sea, de una forma elegante, con buen gusto y siempre orientado hacia lo práctico y útil.

La hija del comerciante bilbaíno Adolfo Porset e Iriarte y de la cienfueguera Clara del Rosario Dumas y Franco, supo ver más allá de la vida de privilegios en la que creció y también se convirtió en una intensa luchadora por el progreso y los derechos civiles, labor a la cual dedicó muchísimas horas de su vida.

A continuación, le contaremos un poco más sobre esta doña que renovó la forma del icónico asiento Butaque, mezcla de la silla de caderas española y la Savonarola italiana, al cual podemos señalar como uno de los estandartes mayores de esa etapa de cambios visuales y simbólicos que le tocó encabezar.  




Una profesional rebelde e ilustrada

Hay pocas dudas de que crecer en la Atenas de Cuba durante los años de la Guerra Necesaria hizo que Clarita, como muchos le llamaron, se viera influenciada por los aires revolucionarios y artísticos en dosis semejantes. Si a eso le sumamos que con 19 primaveras se fue a Nueva York para estudiar en la Manhattanville Academy, que seis años después regresó a la Gran Manzana para hacer un Bachillerato en Artes en la Universidad de Columbia y que a la altura de 1928 se fue a París, en donde cursó estudios de Estética en La Sorbona, de Arquitectura e Historia del Arte en la Escuela Nacional de Arquitectura y también Diseño de Muebles e Interiores en el taller del mismísimo Henri Rapin, podemos decir que a los 33 años su currículum era la envidia de medio mundo.

Regresó a Cuba poco antes del inicio de la década del treinta y se convirtió en colaboradora asidua de la revista Social. Mientras se codeaba con la élite artística e intelectual del país por aquella época, se opuso al gobierno de Gerardo Machado. También en ese tiempo, volvió a la urbe neoyorquina y allí se vinculó con la Liga Internacional de Mujeres de Paz y Libertad.




México, su segunda patria

Más adelante, establecida en territorio mexicano, Porset dividió sus quehaceres entre el diseño y el activismo social. Al calor de los muralistas, la reivindicación de las raíces nacionales y los movimientos obrero-campesinos, esta mujer encontró motivaciones para llevar a cabo una labor que a la postre terminaría siendo considerada como paradigmática.

Fue en las reuniones de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios donde conoció a figuras cimeras de la plástica local como David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y Frida Kahlo, así como a un muralista llamado Xavier Guerrero, quien más adelante sería su esposo.

Como parte de ese grupo siguió radicalizando su mirada ideológica y estética, que casi siempre fueron muy de la mano. Siguiendo ese patrón, no solo colaboró con las campañas antimperialistas y en apoyo a las comunidades indígenas, sino también optó por el funcionalismo por encima de los patrones neoclásicos.

Para el arquitecto mexicano Luis Barragán, Porset diseñó el asiento que sería conocido como Butaque Miguelito. Foto tomada de El País.

Según refleja un trabajo que publicó el diario El País hace tres años, ella “utilizó el diseño de interiores como un instrumento para nivelar las diferencias de clase y culturales y promover valores sociales compartidos (…) Para ello combinó materiales nativos mexicanos, simplicidad de diseño y técnicas industriales que posibilitaran una producción en masa asequible”.

Como consecuencia de lo anterior creó su propia interpretación de la famosa silla Butaque, que se popularizó rápidamente en ese territorio y llegó a variar sus formas de acuerdo a la región donde fuera comercializado.

Precisa Ana Elena Mallet en su artículo Clara Porset, diseño e identidad, que la cubana realizó un notable estudio ergonómico de este mueble y, luego de varios análisis, entendió que su pieza se basaría en un aprovechamiento de la madera para conseguir que la curvatura de las patas, el respaldo y el asiento produjeran poco desperdicio.




“Experimentó con variantes en las dimensiones de la estructura y sustituyó el material usado en el asiento probando una gran variedad de tejidos de distintas fibras”, añadió la especialista. Tras un tiempo –explica–, ella alcanzó a modificar la estructura y logró diversas proporciones, acabados distintos y un interesante proceso formal”.

Varios de los modelos de dicha silla se volvieron objetos de culto para posteriores diseñadores y también tuvieron presencia en cientos de miles de hogares en esa nación.

En 1941 su carrera recibió un impulso notable cuando ganó junto a su marido uno de los premios del concurso Diseño Orgánico en Muebles para el Hogar, auspiciado por el Museo de Arte Moderno (MoMa) de Nueva York. Por esos años también se puso al servicio de la empresa Knoll Associates y publicó sus creaciones en la revista Arts and Architecture. 

La docencia, en la que empezó con un curso de verano en la UNAM, se transformó en un elemento fundamental de su vida como profesional. Desde las aulas de esa casa de altos estudios promovió un enfoque latinoamericanista con el que buscó impulsar un mayor uso de lo tradicional en función del diseño y la arquitectura contemporáneas.




Regresó a su tierra natal casi al final de la década del 40 para impartir cursos sobre el espacio interior en Cuba y tras ese período recuperó el interés en la tradición mobiliaria colonial de la Isla. Luego comenzó a darles formas a nuevas creaciones destinadas a ocupar casas de familias acomodadas.

Gracias al sincretismo que estableció entre lo cubano y lo mexicano, Clara continuó poniendo por delante la identidad propia de nuestros pueblos sin que se perdiera jamás el elemento funcional. De esto fue un gran ejemplo el mobiliario exterior que creó para el hotel Pierre Marques, de Acapulco, trabajo por el cual mereció en 1957 nada menos que una Medalla de Plata en la Trienal de Milán.

Otro hito importante para ella fue El arte en la vida diaria, abierta el 17 de abril de 1952 y considerada como la primera exposición en toda América Latina, centrada exclusivamente en diseño industrial y artesanal.




De nuevo en Cuba expandiendo el legado

De vuelta en su tierra natal, tras la serie de sucesos que culminaron en el 1ro de enero de 1959, esta cubana participó en el diseño y elaboración de varios muebles que fueron utilizados en la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos y también en los que identificaron a la Escuela de Danza y de Artes Plásticas que forman parte de la ENA.

Fue además una de los artífices fundamentales de la creación de la Escuela Superior de Diseño Industrial de La Habana en 1962. Al año siguiente realizó un periplo por Suecia, Polonia, la Unión Soviética y la República Democrática Alemana, de donde sacó enseñanzas que servirían para mejorar los programas cubanos de estudios.

Antes de su muerte, sucedida en Ciudad México a los 86 años, el día 17 de mayo de 1981, la excelsa maestra y diseñadora había dejado todo su legado creativo en manos de la biblioteca de la facultad que había ayudado a crear allí. Como señal de reverencia hacia ella, la UNAM estableció más adelante tres becas y seis menciones honoríficas para ayudar a jóvenes a seguir la ruta que Clara marcó.

Mientras, por la parte cubana, entre otros momentos dedicados a su persona se cuenta la exposición inaugural de la Primera Bienal de Diseño de La Habana, en 2016.


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Sandy Mederos

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