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La espía cubana que conspiró para cometer uno de los asesinatos más famosos del siglo XX

6 min


Caridad Mercader. Foto tomada de RTVE.

Para muchos no es ajena la influencia directa de un cubano en la muerte de León Trotski, político soviético que llegó a contar, en su momento, con grandes posibilidades de convertirse en máximo dirigente de la Unión Soviética tras la muerte de Lenin. Ramón Mercader, quien se acercó al revolucionario ruso durante su exilio en México, en la mañana del 20 de agosto de 1940 descargó su piolet (herramienta de montañismo) sobre la cabeza de este y, aunque no murió instantáneamente, sí quedó con heridas que terminarían por dejarlo sin vida medio día después, entre espasmos y convulsiones.

Lo que muchos desconocen es que mientras Mercader estaba con Trotski en su residencia de la calle Viena, de Coyoacán, e intentaba completar la misión de asesinarlo, afuera de ese lugar lo esperaba su madre, Caridad Mercader, a la que muchos etiquetan como una de los principales artífices de aquel atentado que no pudo salir exactamente como se pensó.

El tema fue que, luego de recibir el primer golpe de su atacante, el exmiembro de la Asamblea Constituyente rusa logró pedir ayuda y Ramón fue arrestado, lo cual forzó a su cómplice a marcharse a toda velocidad rumbo a la URSS, pasando antes por Cuba durante un breve lapso.




Eustacia María Caridad del Río Hernández, a quien Leonardo Padura tuviera como un personaje fundamental en su novela histórica El hombre que amaba a los perros, fue hija de españoles y nació en Santiago de Cuba el 29 de marzo de 1892, en cuna de oro.

Su infancia la pasó en Barcelona, hacia donde viajó con su familia antes de que diera inicio la Guerra del ’95. Formada en colegios de la Ciudad Condal, París y Londres, se dice que posiblemente haya sopesado una vida como monja, pero al final se decantó por todo lo contrario. Lo que sí hizo fue aprender inglés, catalán y francés, además de casarse joven, a los 16 años, con Pablo Mercader Marina, un empresario fabril que la encantó.




Establecidos en Illas i Vidal, calle localizada en Sant Gervasi de Cassoles, un barrio de ricos, pasó a ser conocida como Caritat Mercader y se convirtió en madre de cinco niños: Jorge, Ramón, Montserrat, Pablo y Luis, nacidos entre 1911 y 1923.

Descrita por Javier Rioyo, periodista y realizador del documental Asaltar los cielos, como “el símbolo de la seducción ejercida por la revolución soviética sobre capas ilustradas y el fanatismo al que se puede llegar”, Caridad no llegó a tener un matrimonio muy feliz, pues, según relató su hijo Luis en el filme antes mencionado, ella le contó que el señor Mercader tenía gustos sexuales poco ortodoxos que terminaron por causarle repulsión y romper el vínculo afectivo.

Por ese tiempo, la atrevida mujer comenzó a juguetear con tres ingredientes como el arte, la morfina y los anarquistas, la cual resultó una mezcla bastante explosiva, tanto, que llegó incluso a darle información a este último grupo para que dañara las industrias pertenecientes a la familia de su marido. También sucedió que, por otro lado, la muerte del patriarca de los Mercader influyó en la caída en desgracia de sus hijos, por lo que Caridad debió mudarse a un lugar más modesto con su prole y entonces comenzó a dar clases para ganar algo más de dinero.




Se especula que su viraje definitivo hacia el comunismo se dio, según cuenta el autor Julián Gorkin en su texto El asesino de Trotsky, luego de que conociera al piloto francés Louis Delrieu durante una temporada que este pasó en Alicante. Allí aterrizó de emergencia el aviador y se convirtieron en amantes, además de que él le “contagió” sus ideas. Incluso se dice que el pequeño Luis nació como resultado de esa relación.

Su amorío con Delrieu fue un episodio que la marcó para siempre, además de los atentados anarquistas que ella había alentado. Luego de lo anterior, sus hermanos la internaron en el Manicomio de la Nueva Belén, de donde salió más convencida que nunca de renegar de su pasado burgués y su familia.

Tras marchar de su reclusión, gracias a las amenazas proferidas por sus compañeros anarquistas contra aquellos que allí la enviaron, vivió un tiempo en Francia y se asoció al Partido Socialista. Varias fuentes aseguran que, estando en París, tuvo sus primeros contactos con los servicios de inteligencia del Kremlin.




Expulsada del país de lo galos por sus actividades, recaló nuevamente en Barcelona, en donde se unió al Partido Comunista Catalán y colaboró en la creación posterior del Partido Socialista Unificado de Cataluña. En el ’36 fue artífice en la resistencia de esa ciudad ante la sublevación antirrepublicana, y destacó, sobre todo, en el episodio durante el cual se opuso a sus compañeros para salvar la vida de Manuel Goded, líder insurrecto.

En la Guerra Civil participó junto a sus hijos Montse, Ramón y Pablo, y sufrió un total de once heridas como resultado de un ataque aéreo cerca del frente donde se encontraba. Si bien se recuperó, le quedaron secuelas que incluyeron dolores intestinales crónicos.

Llamada por la propaganda antifascista como “la pasionaria catalana”, su figura llamó la atención de muchos, incluido el intelectual cubano Juan Marinello, quien dijo: “[L]o que ha hecho la mujer por la libertad del mundo en tierras españolas no cabría en la más amplia antología del heroísmo […] Lo más asombroso es la tranquila decisión con que marcha a la muerte segura. Son incontables los casos de mujeres andando, conscientes, hacia el sacrificio final sin una vacilación, sin un temblor, sin un gesto, sin una queja […]”.




Convertida en embajadora de la República española, partió en una misión para recaudar fondos y traer armas, la cual la llevó a Cuba y México. De regreso a la nación europea, supo por Luis que Pablo había muerto en acción. A principios del ’37 se unió a la Agrupación de Mujeres Antifascistas y comenzó a trabajar más de cerca con los agentes de la URSS, hasta ser captada, supuestamente por Leonid Eitingon, para convertirse en una de ellos, igual que ocurrió con su hijo Ramón.

En esa etapa, la madre y su hijo comenzaron a comunicarse con más frecuencia y, cuando Pável Sudoplátov recibió la orden de Stalin de acabar con Trotski, se puso de acuerdo con Eitingon para que le ayudara. Una vez listo el plan Pato (utka), ambos fueron seleccionados para perpetrar uno de los varios atentados contra la vida de León.

Tras una serie de contratiempos, motivados por el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Ramón llegó a México, se dedicó a recopilar información y a contactar con Trotski como si fuera un seguidor suyo más. Después desembarcó su madre, procedente de Nueva York, a donde había ido a recibir instrucciones.




Como falló el ataque original, a cargo de David Alfaro Siqueiros y otros pistoleros, finalmente Caridad y Ramón fueron designados para llevar a cabo un segundo intento. Luego ocurrió lo que contamos al inicio y, después de aquella tentativa de homicidio, partió, dejando a su hijo a merced de las autoridades mexicanas, quienes terminaron condenándolo a 20 años de prisión. Otras fuentes aseguran que antes de partir dejó hechos los arreglos para que este recibiera la ayuda legal necesaria.

Se estableció en Moscú con su hijo Luis. Este, una vez nacionalizado, marchó a luchar en el Ejército Rojo. En esos años se le atribuye la realización de varias misiones más, aunque no hay demasiados detalles oficiales que lo confirmen.

En 1945 se le permitió salir de la nación soviética. Gorkin cita, en uno de sus textos, las duras palabras de arrepentimiento que le expresó Caridad a Enrique Castro Delgado, luego de su largo vínculo con la inteligencia rusa:




“Nos han engañado, Enrique. Nos han engañado (…) No tengo más que un deseo, un pensamiento: huir, huir lejos de aquí. (…) Tú no conoces como yo a estas gentes. (…) He hecho de Ramón un asesino (…) de mi pobre Luis, un rehén, y de mis otros dos hijos unas puras ruinas. ¿Y cuál ha sido mi recompensa a cambio de eso? ¡Cuatro porquerías!”.

Tras su estancia en el país euroasiático, se trasladó a París, donde usó un pasaporte cubano para identificarse. Se reunió con Jorge y Montse, que vivían allí. En la década del sesenta empezó a trabajar como relacionista pública de la embajada de la mayor de las Antillas en la capital francesa.




Guillermo Cabrera Infante, quien, por esos años se desempeñó como asesor cultural en esa misma sede diplomática, en su libro Vidas para leerlasdescribió a la mujer como “seca y desagradable” y contó que el músico Harold Gramatges, entonces embajador allá, dijo que ella era “más estalinista que Stalin”.

Mercader vivió sus últimos tiempos entre visitas a Moscú. Dejó de existir a los 82 años, en 1975, y fue enterrada en la necrópolis parisina de Pantin. A pesar de todo, cuentan que nunca abandonó sus ideales.


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Sandy Mederos

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