La muerte de las salas de cine

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Foto tomada del sitio carlosbua.com.

El Paquete semanal, sus minisucursales especializadas, el amigo que llega a tu casa con un suculento disco duro cargado de películas, la patente de corso de la cartelera cinematográfica del ICRT, los mosqueados vendedores de DVD, tu computadora, tu memoria USB, todos, absolutamente todos, no son más que asesinos. La pequeña pantalla ha matado a la gigantesca de los cines en un combate de David contra Goliat, donde David por honda lleva una AK-47 y Goliat sufre de artritis crónica y parálisis cerebral.  Las salas de los cines han quedado vacías en la era de la intimidad. En un mundo globalizado, la privacidad comienza a adquirir su sentido más estricto y absurdo, y la mística del ritual cede terreno a la comodidad del humano contemporáneo, un ser vago y feliz que no suele interesarse por nada más allá del alcance de su mano.

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Ver una película en casa es como ver la final del Mundial de Fútbol o de Wimbledon desde el televisor: se gana en detalles e intimidad, pero se pierde la mística, la espiritualidad, el sentimiento compartido o encontrado con el de al lado que no conoces y que, aún con su mirada triste o eufórica, te hace saber que tienen algo en común. Los verdaderos fanáticos del cine y del deporte saben y prefieren compartir el dolor y la alegría, son seres de naturaleza extraña, necesitados siempre de cómplices.

Una película en un cine es una historia que pasa ante tus ojos una vez y obliga a agudizar los sentidos y la apreciación para no perdernos nada. En el deporte pasa igual. Un partido de fútbol o de tenis grabado nos puede mostrar la milimétrica exactitud de una balón a punto de pasar la línea de gol, o la pirueta más veloz de Lio Messi en cámara lenta, o la complicada rotulación de la muñeca de Federer, pero es imposible que nos diga qué sucede al otro lado del campo, donde un portero sin aprietos reza porque la jugada de su equipo termine en gol y no en un mortífero contragolpe en su puerta, o cuáles son las manías de cambiar de raqueta cada cierto tiempo de algunos tenistas o de los sistemáticos problemas de Rafa Nadal con su ropa interior que parece molestarle en el trasero.

Una película en el cine es como un partido de cualquier deporte desde un estadio, irrepetible, única.

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Excepto en ciertos días de diciembre, la sala oscura de un cine en La Habana es la intimidad pervertida, La Meca del sexo prohibido, la fantasía del voyeur, es sentirse parte de un club nudista de visita por un museo donde solo tú te has guardado de cubrirte los genitales y no tocártelos. A la vez, se exhiben varias películas: la de la pantalla (siempre la más aburrida), la de dos hileras al frente, donde una felación salvaje interrumpe los silencios, la de la platea alta, donde una pareja adolescente está próxima a reventar en llanto quién sabe por qué razón, y la de aquel señor de la esquina, sospechosamente inmóvil y encogido, que de pronto parece convulsionar en pequeños espasmos.

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Muchos van al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano por puro snob, o por puro aburrimiento, o por puras ganas de verse con unos amigos para irse después a cualquier otro lugar, quizás seudointelectualemente más mundano. Por supuesto, nada de esto demerita el que hayan asistido: lo mejor de todo es que el cine sigue siendo algo “puro”.

Gran parte de los espectadores del Festival, esos que pasan horas enteras en largas filas matando el tiempo a golpe de cigarrillos o rellenando los bolsillos de vendedores de maní y rositas de maíz, suelen salir del cine sin la más mínima idea que qué diablos fue lo que vieron. Claro, ante el peligro de no parecer cinéfilos se guardan sus criterios despectivos sobre el gran filme que acabaron de ver o simplemente alaban cualquier bodrio cinematográfico. Para muchos, todo es cuestión de apariencias.

Asistir al cine en Festival es ir a la playa en temporada alta, pero ir por el mero hecho de ir es como pararse en el umbral un hotel de lujo en Varadero y ni siquiera poner los pies en la arena.

Asistir al cine fuera de los días del Festival para disfrutar de un filme va de otra cosa. Es ir a una costa de orillas contaminadas en el más frío de los inviernos y sentarse sobre el incómodo diente de perro con la única intención de ver el mar.


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