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Lisset Díaz, vocalista de Sweet Lizzy Project: “Renunciar a Cuba es como arrancarnos un trozo de música”

11 min


Lisset Díaz. Foto tomada de la página web oficial de la agrupación.

Desde que comenzó a sonar, hace ya más de cinco años, Sweet Lizzy Project (SLP) fue una banda que se notaba diferente. No era sólo su sonoridad, sus letras en inglés y sus puntos en común con otros grupos reconocibles del panorama musical internacional. Ellos tenían, además de gran talento y energías poderosas, el alma que convierte a cualquier alineación en algo más que “gente random sobre el escenario”.

Originalmente, fueron Lisset Díaz, la voz, y Miguel Comas, la guitarra líder, quienes echaron a andar el proyecto. Luego se sumaron Wilfredo Gatell, quien entonces era director de Miel con Limón; Ángel Luis Millet como baterista, y por último lo hizo Alejandro González con su bajo. Aunque por el camino hubo algún cambio y salida temporal, Sweet Lizzy Project logró conservar intacto un núcleo duro que ya lleva varios años ofreciendo arte a la gente.

Desde la distancia, Cubalite consiguió contactar con Lisset, el alma del conjunto, quien aprovechó uno de los pocos días soleados de Nashville en esta temporada invernal para contarnos qué fue y será de esa familia musical.




¿Cuándo entendiste definitivamente que el de la música era el camino que querías seguir en tu vida

Empecé en la música cuando aún estaba en la universidad. Estudié bioquímica y biología molecular en la Universidad de La Habana, y desde primero y segundo año de la carrera empecé en Miel con limón. Aquel fue mi primer contacto con ese mundo de una forma más o menos profesional. Antes de eso, solo éramos mi guitarra y yo, a modo de hobby.

Luego empecé a escribir mis canciones y conocí a Miguel Comas, actual productor y guitarrista de SLP. Cuando las escuchó, pensó que sería buena idea hacer un disco. Entonces, cuando creé la banda, estaba en cuarto año de la carrera y en ese tiempo entendí que no había vuelta atrás. Pese a ello, me gradué y estuve otros tres años en la Facultad como investigadora y profesora, hasta que noté que era imposible llevar ambas cosas a la vez y decidí dedicarme completamente a la música.




¿Qué es lo que más extrañas de tu profesión?

Siempre me gustaron las ciencias, sobre todo la matemática, que es mi asignatura favorita de todos los tiempos. La conjunción en mi carrera de esa materia, junto con la física y la química, y luego la integración de todo a nivel molecular en los organismos vivos, para mí siempre fue algo en extremo interesante. Lo que más extraño de mi carrera es precisamente eso: descubrir constantemente cosas nuevas que me motivaran a seguir fascinada.

¿Dónde creciste y cómo recuerdas tu infancia?

Yo crecí en un barrio cercano a la zona de Altahabana. Viví allí hasta la adolescencia, cuando nos mudamos para La Lisa. Mi infancia fue muy feliz, la verdad. Éramos, tanto mi familia como mi comunidad, bastante pobres, pero no era una cosa de la que me diera cuenta en su momento y, pasado todo este tiempo, entiendo que para ser feliz tampoco necesité algo más que lo que pude tener.

Cuando pequeña hice muchas cosas a la vez: iba a la iglesia los fines de semana, estuve en clases de natación, inglés y baile; esta última fue siempre fue la que más disfruté. Inventábamos coreografías, las hacíamos en la escuela y eso era algo que disfrutábamos mucho.

A pesar de mis actividades sociales, siempre me gustó también jugar sola, sobre todo con los rompecabezas que me traía mi mamá a cada rato.




Si tuvieras que hablar sobre la banda sonora de tu vida en esos años, ¿cómo la describirías?

Mis primeros años no estuvieron marcados por demasiada música. Nadie cercano a mí era músico y yo vine a entrar en contacto con un instrumento en la secundaria, cuando un amigo me enseñó a tocar guitarra. Hasta entonces, jamás había vivido ese ambiente que me rodea ahora.

En mi casa tampoco había mucho que escuchar en nuestra grabadora de monocasetera. Sí recuerdo un casete en específico, que tenía por una cara a Shakira y por la otra a Bonnie M. En esos años, la banda sonora fueron las canciones del disco Pies descalzos y algunos temas de Dónde están los ladrones. Sin embargo, por pequeña que parezca esa influencia, siento que resultó en algo grande a la hora de expresarme como artista, desde mi forma de cantar hasta cómo escribo mis canciones.




Resulta muy interesante el hecho de que, a pesar de tener el español como lengua materna, escribes la mayoría de tus letras en inglés. Cuéntame sobre eso.

Creo que esa fue la música que más me habló cuando me abrí a escuchar más cosas. La verdad es que yo tampoco entiendo por qué lo hago, tal vez porque me resulta más fácil articular los sonidos en inglés, aunque eso no significa que mi nivel de inglés sea superlativo ni mucho menos, ni que tampoco supere mi español.

Otra razón por la cual empecé a usar el inglés es porque no me interesaba que la gente entendiera lo que estaba diciendo. Cuando empecé a escribir, no tenía pensado que me escucharan, ni tener éxito comercial o que la gente coreara mis canciones. El asunto es que yo estaba plasmando temas y sentimientos muy personales que no quería necesariamente contarle a nadie, sino sencillamente dejarlos salir de alguna forma. Lo que pasa es que si cantaba en español me exponía más allá de lo que estaba dispuesta por aquel entonces.

No obstante, he escrito canciones en español. Por ejemplo, en Technicolor, nuestro disco de 2020, hay dos; una de ellas co-escrita por mí. Antes de eso, sí tenía algunas más que nunca entraron en disco alguno, y recuerdo que cuando hicimos Heaven en 2015, el grueso del material que teníamos estaba en inglés y no le vimos sentido a incluir temas en nuestro idioma.

Más allá del inglés, también estudié francés y hasta he cantado en esa lengua. En general me encantan los idiomas, encontrar sus similitudes y particularidades es algo muy interesante desde muchos puntos de vista.




¿Hasta qué punto el proceso creativo te resulta una suerte de purga para exteriorizar o liberarte de tus demonios?

Yo no sé en los casos de otros artistas, pero personalmente sí tengo mis demonios y mis cosas que canalizo a través de la música. No es que lo haga siempre, claro, porque también hay canciones que escribo inspirada en historias de otras personas, aunque esas últimas son las que menos disfruto, pues al final no resultan tan íntimas.

Me gusta que soy capaz de recordar exactamente qué estaba viviendo y sintiendo al momento de escribir todas y cada una de mis canciones.

En mi caso, entiendo que las situaciones negativas o los momentos más difíciles son los que han inspirado la mayoría de mis canciones. Ahora mismo, estamos trabajando en el próximo disco y le he comentado a mis compañeros que luego de que terminemos me voy a meter a “emo” y abrazar este halo depresivo que me rodea ahora mismo (risas). Lo más gracioso es que eso no tiene nada que ver con mi personalidad ni nada parecido, pues mi vida no es infeliz en lo absoluto. Sin embargo, creo que tengo una cualidad especial para captar esos momentos tormentosos y escribir sobre eso.




¿Cuánta música escuchas?

Ahora mismo trato de oír tanta música como pueda, desde Billie Eilish hasta Mon Laferté, siempre que se adapte a lo que yo necesite para alimentarme en cada etapa de mi proceso creativo. Ahora mismo, por el concepto que tiene el disco, oigo mucho The Wall, de Pink Floyd, porque tiene la estructura que se acerca a lo que buscamos.

Sin embargo, hay artistas que siempre trato de tener cerca, sea cual sea el momento por el que pase a nivel creativo. Así ocurre con Of Monsters and Men, a quienes sigo desde que escuché su Little Talks, e igual sucede con otros como Florence and The Machine, Paramore (Hayley Williams), Foo Fighters o algo más clásico como Heart.

¿Qué canción tuya o de otro artista te coloca en un estado de elevación total?

Eso es muy subjetivo, porque realmente no es algo que únicamente se asocie a una canción, sino que además tiene que ver con otros factores que propician que uno entre en estado o no.

Ahora, con una canción es también relativo. A veces pasa que tocamos un tema y nos sale espectacular, mientras que otras veces lo repetimos y resulta ser un tremendo desastre.

Creo que si hay uno que nos hace sentir cosas especiales en el escenario es These Words, del álbum Technicolor, porque fue la última que hice en Cuba antes de venir para acá, en un momento extremadamente difícil de mi vida, en el que no estaba del todo consciente del cambio que estaba por venir y tenía mucha incertidumbre del futuro.

Luego también está el cover que hacemos de Purple Rain de Prince, porque cada vez que la tocamos surge una energía inigualable que compartimos juntos sobre el escenario.




¿Cómo ha sido el recorrido de la banda desde La Habana hasta Nashville, la mismísima capital mundial del country?

Pasados tres años, ya puedo decir que nos hemos adaptado, pero el cambio fue muy brusco de inicio. En principio, fue una oportunidad increíble, pues significó nuestro primer contrato de grabación, algo que en Cuba posiblemente nunca hubiera sucedido, debido a que nosotros hacemos un género y tenemos un estilo al que se le da poquísima promoción dentro del país.

Estar en Nashville, también conocida como Music City, fue una noticia que recibimos con alegría, aunque a la vez no podemos decir que el proceso resultó sencillo.

Venir aquí a grabar un disco no era cosa de un par de meses y tampoco sería una inversión que tuviera sentido si no estábamos dispuestos a estar mucho más tiempo que ese. Las implicaciones inmediatas iban desde no poder volver a ver a mi abuela y al resto de mi familia hasta que esta nueva empresa diera resultados, y esa lejanía, más el cambio de idioma y estilo de vida, fue un obstáculo duro de vencer.

Además de la parte personal, luego tocó enfrentarnos a un mundo profesional con otras formas de crear y con otro ambiente de trabajo.




¿Cómo sientes que han ido encontrando su lugar en Estados Unidos?

En ese sentido pasa algo curioso, y es que mientras estuvimos en Cuba siempre fuimos como los “raritos”, porque hacíamos algo diferente, y a pesar de tener una buena base de seguidores, allí nos faltaba el apoyo institucional y otras cosas que suelen golpearte cuando te sales de la producción más convencional, culturalmente hablando.

Después llegamos a Nashville y pensamos que encajaríamos perfectamente, pero no pasó así. Resulta que aquí también somos todavía un poco “raritos”, porque no hacemos country, sino rock and roll “a lo cubano”, lo cual, digamos, no entra dentro del canon preestablecido por estos lares.

A pesar de todo lo anterior, aquí uno es capaz de hacer el tipo de música que quiera y disfrute, así que mientras tengas la capacidad de tocar y que la gente te aprecie por lo que haces, pues tendrás todas las puertas abiertas, lo mismo en lugares pequeños que en grandes arenas.

Por ejemplo, a finales de 2019 abrimos sendos conciertos para Joan Jett y Heart, dos experiencias que nos elevaron e hicieron vivir algo épico, no sólo como artistas, sino como personas.




¿Qué ha cambiado en Sweet Lizzy Project durante todo este tiempo?

Nosotros llevábamos cuatro años tocando en Cuba y antes de venir ya consideraba que éramos fuertes, porque teníamos un vínculo importante que nos hacía funcionar muy bien como banda. Todo eso se intensificó mucho desde que llegamos.

Sí es cierto que en Cuba habíamos pasado y superado juntos varias situaciones difíciles, pero eso no se compara con lo que hemos compartido desde que aterrizamos aquí. Sabes que muchas bandas dicen “nosotros somos como una familia” y todo eso… pues debo decir que en el caso de SLP no podríamos acercarnos más a ese ideal.

Claro que estamos lejos de tener una relación perfecta. Como toda familia, a veces sufrimos las consecuencias de tener demasiada información los unos de los otros, y eso hace que como mismo nos amamos a diario, luego haya momentos en que más bien no soportamos vernos (risas).

Otra cosa a nuestro favor ha sido la decisión que tomamos de vivir todos juntos en la misma casa. Fue algo que nos pareció lógico por razones económicas y también profesionales, debido a que entendimos que necesitábamos de un espacio común para, básicamente, dormir cuando no estuviéramos de gira y, a la vez, poder ensayar y grabar.

Pasado este tiempo, seguimos sin tener “bajas” (risas) a pesar de todo. Sí hemos tenido que resolver y manejar cosas entre nosotros, pero no ha habido una razón que rompa la excelente dinámica que tenemos. En un final, todo eso se nota en el escenario, pues ahí no solo nos entendemos como músicos, sino como seres humanos que comparten un viaje de vida.




¿Cómo funciona el proceso creativo a nivel grupal?

Sweet Lizzy Project. Foto tomada de la web oficial de la banda.

Pariendo una canción a veces nos salen resultados buenos y otros que es mejor pretender que nunca pasaron y decir: “próxima idea, por favor” (risas).

Ahora mismo, hemos encontrado la mejor manera para hacerlo. En principio, la mayoría de las canciones las escribo yo (melodía, música y letra), pues como soy la que más facilidad tengo con el inglés, poseo un punto de partida más sólido a partir del cual se puede comenzar a trabajar. Igual estamos constantemente ayudándonos en ese sentido y todos van dándome ideas cuando me atasco.

También Miguel compone conmigo muchas veces y, por ejemplo, para el nuevo disco, Wilfredo fue quien dio con la clave para el tema que le da título. A veces todo empieza con algo tan simple como un riff y desde ahí construimos lo demás, incluido el ritmo o el beat, que casi siempre es algo de lo que se encarga Ángel Luis, el baterista.




Cuéntame del próximo disco en el que trabajan ahora mismo

Debo decir que es la primera vez que hablo del disco fuera del ambiente de la banda y nuestro mánager de la disquera. Todavía no está concebido completamente, pues estamos escribiendo y armando lo que vendría siendo el “esqueleto” del álbum.

Una de las cosas que me dejó el 2020 es la idea de tratar de no hacer planes a largo plazo. En el mismo caso de Technicolor, pasaron tres años desde que llegamos de Cuba hasta el lanzamiento, y todas las presentaciones asociadas a la promoción de ese álbum se cancelaron como consecuencia de la crisis del COVID-19.




El tema de la pandemia también ha imposibilitado poder reunirnos en un espacio con todo el equipo de producción para trabajar en el nuevo material, cosa en la que hemos estado de acuerdo, pues nos parece irresponsable que tanta gente se junte en un momento como este, sea cual sea la causa.

Ahora mismo, este álbum no es como tal un plan, sino una necesidad que tengo como artista individual y también como parte de la banda. Por suerte tenemos total independencia en temas creativos y de producción, pues aquí en la casa nos levantamos, escribimos y grabamos nuestras canciones con un sonido bastante decente.

La idea es sacar el disco en el transcurso de 2021, pero no tenemos presión. Saldrá cuando esté listo y, sobre todo, cuando sea la mejor versión que seamos capaces de hacer y poner a disposición del público. Es justo decir que es un álbum bastante ambicioso y tiene propósitos diferentes a todo lo que hemos hecho hasta ahora.

¿Cómo mantienen su conexión con Cuba?

Llevamos aquí poco más de tres años, desde que salimos el 17 de noviembre de 2017. Desde entonces siempre ha sido muy importante para todos continuar el vínculo con nuestro país. Soy de la idea de que la música no es de ningún sitio específico, mucho menos ahora que la tecnología la lleva hasta el rincón más lejano.

Cuando el trabajo nos ha permitido regresar allá, hemos tocado para la gente que nos vio surgir y crecer. La primera ocasión tuvimos el chance de presentarnos en la Fábrica de Arte y ese momento es uno de los más emocionantes que he vivido alguna vez sobre el escenario.

Con respecto a los Lucas, debo reconocer a Orlando Cruzata, quien ha sido un gran amigo y aliado de la banda desde siempre. Por eso nos alegra tanto enviar los videoclips nuestros y, más aún, ganar premios por ellos.

Jamás renunciaremos a la conexión con ese sitio del donde venimos, en donde viven familiares y amigos. Hacerlo sería como quitarnos para siempre un trozo de la música que nos identifica.


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Sandy Mederos

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