Mil setecientos metros bajo tierra

20 min


Vista de una parte del pueblo de Minas de Matahambre. Foto tomada de Radio Minas.

Los mineros son héroes. Trabajar en las condiciones en que ellos trabajaron. Estar el día entero durante 282 jornadas laborales del año mojados de pies a cabeza, eso es  heroicidad. Y meterse en los lugares donde ellos se metían… Porque estar barrenando debajo de una mole de piedras, con la posibilidad de que te cayera un liso[1] en la cabeza, como le pasó a muchos, eso es heroicidad. Es igual que estar en un lugar de combate, donde el riesgo de morir es cierto en todo momento. Y ahí en la mina era igual. La posibilidad de morir estaba nada más que ponías los pies en la jaula. Podía ser que bajaras y no subieras. Muchos sufrieron eso. Bajaron, pero no subieron vivos.

(Camacho, trabajador del departamento de Economía en las Minas de Matahambre durante 23 años)

 

Las manos destrozadas de María alisan las hojas de tabaco. Con la chaveta, realiza los cortes precisos a pesar de la penumbra. Sus pupilas se adaptaron a trabajar con poca luz. Montoncitos de picadura habitan los rincones como inciensos aromáticos. El olor hipnotizante de la planta invade toda la casa. La mesa de pino, el taburete de cuero, las ropas dobladas en las gavetas, los billetes estrujados en la cajita metálica.

María tuerce de madrugada. De día hace trabajos domésticos y de noche no hay electricidad. La ponen un ratico después de las doce en punto. “Ya se puede hasta tender en los cables de la corriente”, dice mientras termina el último tabaco de la jornada.  Le duele la espalda. Se endereza y camina a pasos cortos hasta la cocina. Se recuesta a la meseta y toma la borra del café.

¿Qué hora será?, se pregunta mientras se asoma en la ventana y ve el pueblo en silencio. Solo escucha a lo lejos las maquinarias constantes de la mina de Matahambre. Duda si dormirse un rato o esperar. Si calcula mal, se pasará horas despierta en vano, o se acostará unos minutos para levantarse sin descansar. Siempre la misma indecisión. Se dirige al cuarto, pero al atravesar el umbral de la habitación, la detiene el pito a rebato de las cinco de la mañana.

Durante tres o cuatro minutos el doble pitido despierta hasta a los perros del pueblo. Las casas se encienden una a una. En otro tiempo, Barbera pasaba frente a la ventana y se quitaba el sombrero para saludar. Después del trabajo y los tragos, vendría a reunir multitudes con sus discursos ebrios. Pero el viejo mítico se había ahorcado con alambre de púas hace años, asustado por la enfermedad que nunca tuvo.

María espera a los clientes junto a la ventana. Desde Santa Lucía, a 9 kilómetros que se encogen o estiran según los caprichos del transporte, vienen algunos de sus compradores.

El primero en llegar es Diego Dorrego, coordinador de los CDR en el municipio. Anoche caminó casi 15 kilómetros desde Sumidero hasta su casa, en La Sabana. Recaudaba fondos para los Cuadernos Martianos. La reunión se atrasó y perdió la guagua. Le han dicho que cuando se caiga el gobierno, al primero que arrastrarán por aquellas lomas es a él.

—Diego, yo no sé cómo tú dejas que la vieja esa venda tabacos al descaro. Eso es ilegal y tú eres el de los CDR.

—Y yo no sé cómo tú eres tan bobo. No ves que la única que tiene por toda esta zona es ella. Ni en las bodegas hay.

María vende solo cinco unidades por persona. Sabe que su negocio pende de un hilo. Así se asegura de que alcancen para todos y no la perjudiquen. La cola dura varios días. Diego se apuntó el domingo y hoy viernes le toca el turno.

—Estos te quedaron buenos, María.

—Siempre.

—Oye, apúntame otra vez. ¿Cuándo tienes otro chance?

—Pásate el martes temprano, el domingo me traen la hoja de Guane.

—Ven acá, ¿tú no has visto al Pupi por aquí? Me hacía falta verlo.

—Él pasó temprano para el pozo, vas a tener que llegarte hasta allá.

Diego Dorrego camina por la calle Segunda de las Minas de Matahambre hacia la planta Capitán Alberto Fernández Montes de Oca. Más conocida como Pozo 2, las instalaciones de la industria se levantan alrededor de una torre metálica de varios metros. Talleres, carpinterías, oficinas, comedores y máquinas pesadas dibujan el paisaje del corazón del pueblo.

—Para coger a Pupi tienes que venir a las 7:00 de la mañana. Ahora bajó a dar el mitin al turno que entra-, responden los mineros desde la pipa de cerveza[2].

—Ese hombre está perdido. Cuando salga, díganle que lo busco. Es más, déjenle este tabaco de mi parte-, dice el cederista y se retira.

Martín Sánchez Cabrera, Pupi, tiene 47 años y nació en esta tierra. Como tantos en el pueblo, su padre fue minero durante 33 años. Él le siguió los pasos. En la década de los 70, mientras por el día se estrujaba las manos sacando el cobre de la piedra, por la noche se maltrataba los ojos estudiando en la Universidad. Se hizo ingeniero y asumió cargos en distintos centros. Ahora regresó a casa como jefe de la planta para levantar Matahambre, desangrada por el Período Especial.

Luego del mediodía, los dos hombres se encuentran cerca del restaurante El Mayor.

—Dime Diego, ¿cómo va la lucha?

—En candela pero andando. A ti mismo te buscaba.

—¿Pasó algo? Gracias por el tabaco. ¿De los de María?

—¿De dónde va a ser? Mira, mejor conversamos en mi oficina, que aquí hay mucha gente.

Pupi Cabrera y Diego Dorrego son dos hombres robustos, casi contemporáneos. Ambos cumplieron misiones arriesgadas en el extranjero. El uno trabajó durante meses en minas de carbón en el País de Gales; el otro, internacionalista en Etiopía. Personas cujeadas por los riesgos, de intercambiar miradas huelen el peligro.

—Pupi, ¿cómo está la mina?

—Tú sabes que hay problemas, pero estamos metiéndole duro.

—¿Problemas?

—Vamos, Diego, que tú no eres nuevo aquí.

—¿Qué problemas?

—Los de siempre. No hay recursos para reparar, el pozo está malo, la mina se inunda porque las bombas fallan, los apagones…

—¿Y el mineral? ¿Hay mineral?

—Hicimos los estudios geológicos, y bajo Matahambre hay una fortuna en cobre. En estos 80 años se han explotado las ramas, pero ya llegamos al tronco. La ley del mineral[3] sobrepasa el 4 por ciento, que es fabuloso.

—¿Seguro? ¿Entonces vamos bien?

—Bueno, más o menos…

—Pupi, un contacto mío en Pinar del Río me dijo que iban a cerrar Matahambre, ¿tú sabes algo de eso?

—Bueno…

—¿Sabes algo?

—Diego, Matahambre están por cerrarla desde los años 70. El negocio no da. Nos mantenemos por el contrato con los checos. Le damos cobre y ellos nos mandan los transformadores para la empresa eléctrica. Si se acaba, nos hundimos.

—¿Por qué?

—Mira, para que dé ganancias, tenemos que producir 500 toneladas al año con el precio en el mercado mundial sobre 1,40 dólares la libra.

—¿Y cómo está ahora?

—Noventa centavos y bajando.

—Pupi, si esto cierra, se acaba el pueblo.

—No te preocupes, Diego, siempre hemos salido a flote. ¿Te acuerdas de Pennebaker y la iglesia?[4]

—Claro, ¿pero y si cierra?…

***

El pito. Cotidiano, familiar. ¿Quién necesita reloj en este pueblo? El silbido de las cinco de la mañana para levantarse. El de las doce del día presagia el cierre de los comercios, el almuerzo en la escuela, el sueño de los niños en el círculo infantil. A las seis de la tarde, prepara la comida en la casa. Y a las doce de la noche, ya es algo tarde para no haberse ido a la cama. El pito recurrente. A veces mensajero de desgracias. Nada temía más la familia minera que el pitido desorbitado a deshora. El sonido de la muerte. El disparo de arrancada para que el pueblo arrebatado bajara a la boca del pozo. ¿Quién fue? ¿Tu hijo o el mío? ¿Tu padre o mi padre? ¿Tu esposo o mi esposo? Y luego el luto, aunque haya sido tu familiar y no el mío, porque también soy doliente, y mañana, puedo ser yo quien adeude las coronas.

***

“Ustedes se quejan de los apagones en La Habana. Ojalá aquí tuviésemos ocho horas de luz por ocho de oscuridad. ¿Sabes cómo viene la luz aquí en Santa Lucía? Lunes, miércoles y viernes. De ocho a diez de la mañana. A veces, un rato por la tarde. Y nada más. ¿Te quejas? ¿Quieres saber cómo hacemos agua fría? Echamos un chorro de nitrógeno líquido en la tanqueta. Lo sacamos de los tubos de inseminación de las vacas. Tapas el plástico y al momento se hace una capa de hielo. El gas se evapora y no nos envenena. ¿Fogón de kerosén? ¿Kerosén? ¿De dónde? Aquí cocinamos con aserrín, si aparece. Y si no, serruchamos una butaca y hacemos leña, porque si hay comida, nadie puede irse a la cama con la barriga vacía”, le dice la señora a su pariente que vino de visita. Conversan mientras se mecen en el portal.

—Ahora veremos cómo regresas a tu casa.

—Ayer fui a marcar por la tarde. Tengo el turno 66.

—En el camión para Pinar solo caben 40 personas, así que te irás mañana… si no se rompe.

—¿Y aquí no hay otra forma?

—Ninguna. Antes, salían dos guaguas diarias para La Habana, pero ahora solo va ese transporte para Pinar. Cuando llegues allá, será la misma historia.

—¿Y si estoy apurada?

—Ten paciencia.

—¿Y si me cuelo?

—Pagaría por verlo… Aquí solo hacen excepciones cuando hay un muerto por medio.

—Y si lo inventamos.

—¿Y el telegrama?

—¿Qué telegrama?

—Aquí se avisa por correo. Si no hay telegrama, no hay muerto. Para dejarte pasar, tienes que enseñar el papel.

—¡Ñó! ¡No hay salvación! ¿Y sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que por la noche tengo que rectificar el turno. Además, hacer la guardia en la libreta de la cola. A las doce de la noche me relevan.

—Mija, alégrate que estás cerca de la terminal. Los de Río del Medio y Malas Aguas hacen lo mismo. ¿Por qué tú crees que aquí la gente no viaja?

—Oye, cómo se ha demorado Chuchi en llegar…

—Trabajaba en el turno de seis a doce. Ya son las dos. ¿Le habrá pasado algo? Siempre que sale para Matahambre, se me queda el corazón en un hilo.

Vicente Chuchi Montero trabaja como jefe de brigada en el Pozo 3 de la planta Capitán Alberto Fernández Montes de Oca. La perforación funciona como salida de emergencia y evacuación en caso de accidente, incendio o inundación. Avisaron de un derrumbe desde las 8 de la mañana. Nadie ha dado un paso fuera de la mina.

—Pablito, este realce está malo, perfora con cuidado- le advierte el capataz[5] a Pablo Cabrera cuando entra a las seis de la mañana. Hombre de experiencia, le tocan con frecuencia lugares muy peligrosos.

—Mira, niño —le dice el minero a su ayudante—, ya me avisaron que hay peligro de derrumbe. Párate en la escalera del contrapozo, y cualquier cosa, corre y manda a pedir ayuda.

Son las ocho de la mañana y Pablo Cabrera perfora la piedra con una broca desgastada. Hace días mandó a pedir otra. No llegó el repuesto. Bajo mina, a una roca de cinco toneladas la sostiene otra de pocos gramos. Hasta la menor vibración provoca derrumbes.

Cuando la tierra quiso tragarse al minero, corrió con todas sus fuerzas hacia las escaleras. El ayudante subió los sesenta pies hasta el nivel superior. Pero a Pablo Cabrera le trabó el pie una mole de piedras. Se quedó entre los escalones y el túnel, suspendido varios metros sobre el suelo y con el riesgo de otro derrumbe. Durante 10 minutos permaneció solo y en silencio. No sabía si era vivo o muerto. Debía estar vivo, porque la pierna le rabiaba como mordida de perro.

El ayudante escapó. Si no lo mató un liso, debe estar avisando. ¿Pero por qué coño se demoran tanto? Todo el que se va por un contrapozo se mata. Así ha sido siempre. Excepto mi cuñado Chichi. ¿Cómo sobrevivió el loco ese?

Cosme Damián García Hernández, Chichi, comenzó en las Minas de Matahambre en 1972. Años después, cuando trabajaba en el nivel 39, le dijo a su compañero:

—Oye, estoy cogío con la calor. Ya me siento el saltico en el estómago.

—Niño, ve para allá arriba y refresca en el 36, que ahí está el ventilador. Ese es el fresco más rico de toda la mina. Baja a las cinco y media con 20 mechas y 60 cartuchos.

Y eso hice, me contó Chichi un rato después. Cogí para arriba. Y llegué. Pero cuando me cogió el aire fresco se me fue el mundo. Perdí el conocimiento y caí en picada por el contrapozo. Y mira tú qué suerte, que cuando llegué a la curva caí agachado y me desperté. Abrí los brazos y me detuve en el túnel. Me recosté a las escaleras, y para más casualidad, la lámpara estaba al lado mío sin romperse, igual que el casco. Ese casco habría podido rodar para abajo, pero quiso Dios que se quedara a mis pies. Me armé y volví a subir. Fue cuando te vi y me dijiste:

—¿Y a ti qué te pasó?

—Ná, que me caí por el contrapozo.

—Tú estás muerto, hijo.

—No, yo estoy vivo.

Parecía un cadáver andante. Bañado en sangre, con los labios destrozados y la cara amoratada. De la hinchazón, estuvo un mes sin ponerse su ropa; solo batilones de la mujer para andar en casa. Pero eso fue hace quince años. Y ahora soy yo el que está bajo estas piedras, sin aire, con el pie trabado, sin saber si me encontrarán vivo o muerto.

— ¡Capataz! Pablito Cabrera tuvo un accidente.

— ¡¿Cómo?!

—Estábamos trabajando y de pronto se cayó el techo de la galería. Yo escapé, pero no sé qué será de él.

El capataz corre a la estación. Se comunica con la superficie y avisa. Telefonean al hospital, y al poco rato los médicos están un kilómetro bajo tierra para ayudar al herido.

—El pie no se le ve. ¿Estará sangrando?

—¿Cómo tú te sientes?

—Ahí… pero hace mucho calor y tengo las piernas dormidas.

—Está pálido. ¿Le ponemos suero?

—Si se lo ponemos en la mano, le va a doler mucho para aguantarse.

—¿Y qué hacemos? Ya lleva casi cuatro horas en esa posición.

—Doctor, si hay que cortarme el pie……. si hay que cortarme el pie………. el lío es salir vivo de aquí.

—¿Seguro, Pablito?

—¿Muchacho, qué tú vas a hacer con una pata menos?

—Señores, ¿y si le picamos la bota para verle el pie? -dice Chuchi Montero, quien bajó por el pozo 3 al enterarse del desastre.

—Podría ser. Así vemos si hay heridas en la piel y no queda más remedio que amputar- responde el médico.

Pablo Cabrera ya no soporta el dolor en los brazos. Lleva colgado desde las ocho de la mañana. Si se suelta, se fracturará las piernas o la columna. Cada diez minutos cambia la mano de agarre. Operan la bota y la extremidad permanece sana, a pesar de las afectaciones a la circulación. Por el resquicio que deja el cuero extraído del calzado, introducen un gato minúsculo. Apenas levantan las piedras dos centímetros. Si se exceden, provocarán otro derrumbe.

—Y Chuchi que no acaba de llegar-, comentan las señoras en el portal.

—Dime Diego, saludan al cederista en el mercado.

—María, ¿hasta cuándo tú vas a vender tabacos en Matahambre?

—Aguanta, Pablito, que ahora te vamos a sacar la pierna. Contemos hasta tres. Uno… dos… %$&

El grito seco, milagrosamente, no altera el paisaje en la galería. Todos salen ilesos. Excepto el pie del minero, que tarda nueve meses en recuperarse. Un kilómetro más arriba, en la boca del pozo, lo espera el hormiguero de pueblo que se reúne con cada accidente de la mina.

***

Torre del Pozo No. 2. Foto tomada de Radio Minas.

La jaula. Arca de metal. O féretro enrejado. Tres pisos y 27 hombres con la vida pendiente de un hilo. Si el alambre falla. Si se derrumba el pozo. Si el güinchero tarda un segundo en detenerla. Si sacas la mano dos centímetros. Si te ahogas en un apagón. Si no escuchas venir la cápsula y te paras bajo el cable. No tienes defensa. Bajar peor que subir. Porque te vas alejando. Ves cómo la tierra te traga. Cómo el aire se pierde con la luz. En cuatro minutos bajas un kilómetro. El salto en el estómago. Las risas de los otros. La fricción de los hierros y el olor a quemado. El sonido de metales chirriantes y la pausa. La pausa de que llegaste vivo y verás otro amanecer.

***

Ramón Franco se apea en el nivel 46. Son 1646 metros bajo tierra. El lugar más profundo de la isla de Cuba. La soledad y el silencio estremecen. A no ser por la lámpara de mano, no vería ni la punta de su nariz.

Camina unos pasos hasta el realce. La mayor concentración de mineral caló junto al techo. ¿Ves cómo sube el cobre por la pared? Síguele la pista y perfora donde la veta sea más ancha, le dice el minero a Ramón, su ayudante.

El riesgo de barrenar junto al techo radica en la alta probabilidad de derrumbe. El piso superior está removido. Aunque se refuerza con madera y arena, la estructura queda débil.

Ramón Franco detecta la mancha amarilla en la pared. Se sube a unas rocas y comienza a trabajar. Apenas son las doce y media de la tarde. Se siente agotado. Ayer debió descansar. Si lo hacía, su familia se quedaba sin bocado.

Aquí dan buen alimento. Pasas por el restaurante y hueles la carne frita. Y los frijoles y las viandas. Se los quitarán a otros para traerlo aquí. Pero en la casa no hay nada. Nada. ¿Cómo te comes un pollo si tu hijo no tiene qué llevarse a la boca? A veces sabe más amargo que la cerveza. Esas son las grandes broncas con los jefes: no dejan llevarle la comida a la familia.

Ayer caminé veinte kilómetros. ¿Tú sabes lo que son veinte kilómetros? Como ir a Santa Lucía y virar. Y todavía faltarían dos. Si no lo hacía, ¿dónde encontraba comida? Cambié cerámicas por arroz a unos guajiros de Macurije. Me tiré el saco al hombro y eché a andar. Total, si cuando los indios, no había carros y ellos lo hacían, piensa Ramón Franco mientras extrae las piedras de cobre. Al menos nos queda la mina, se consuela.

El nivel 46, la más reciente profundización de Matahambre, ofrece el mejor cobre que se ha visto en el lugar. Cuando barrenan, saltan unos huevos amarillos como pelotas de fútbol. El mineral en altas concentraciones provoca el aumento de la producción y, por tanto, el salario. Algunos trabajadores ganan más de 50 dólares mensuales. A veces se llega a cien. “Con eso compramos medio Pinar del Río”, se jactan.

—Jefe, nos cortaron el aire-, dice Ramón Franco a su minero.

—Esa es la señal de salir. Algo pasa.

Cuando llegan a la estación donde los esperaría la jaula, permanece apagada. Otra vez se fue la luz. ¿Tú sabes lo que es eso? Que mala suerte. Si se hubiera ido temprano… pero ahora que llevamos cuatro horas dando pico y mandarria…

—No te quejes más, Ramón, tú todavía estás nuevo. Yo tengo 60 años y subo igual que tú.

—No nos demoremos, que cuando se va la luz, al poco rato empieza a escasear el aire. ¡Y qué casualidad que estamos en el 46!

—Hace falta que pongan la planta auxiliar rápido, para que llegue un poco de oxígeno.

Los hombres trepan de escalón en escalón. Las escaleras de madera trazan una línea vertical de cientos de metros hasta la superficie. Resbalar en un peldaño significa caer decenas de pies y chocar contra las rocas. Deben llegar hasta el nivel 36, a casi mil metros bajo tierra. Hasta ahí baja el elevador principal. Más allá de ese rango, se precisa el güinche del nivel 34, pero la planta eléctrica de urgencia no posee la potencia necesaria para los dos.

Para partir, los mineros de los niveles superiores esperan a sus compañeros de más abajo. Así se protegen. Dos hombres pueden perderse fácilmente en la oscuridad. ¿Y si fallan las lámparas de mano? Haces como los ratones, buscas los rieles y las tuberías, siempre conducen a la estación, le explica el veterano al ayudante.

Luego de dos horas de camino, las caras empolvadas, los pies palpitando entre las botas, chorreando sudor por cada poro excitado del cuerpo, el grupo de hombres llega al lugar de recogida. No hay nada mejor que ver la luz de la jaula bajar, parece una estrella fugaz a la que siempre le pides el deseo de llegar sano arriba.

—Dime Ramón, ¿cómo está el 46?

—Muchacho, eso es cobre puro… amarilliiiiiiiiiiiiiiiito, como la yema de un  huevo. Este mes sobrecumplimos de calle y hacemos unos pesos más, jejejeje.

—Oye, son pelotas y pelotas, esto no tiene para cuando acabarse…

—Menos mal, menos mal. Aquí estuvimos una época extrayendo miseria. ¡Los buenos tiempos volvieron otra vez!- exclaman los mineros contentos. Mil metros más arriba, casi inadvertido, entra a las instalaciones del pozo 2 el ministro Marcos Portal. Nadie sabe, pero en sus manos lleva la orden, firmada por el Primer Vicepresidente Carlos Lage y autorizada por Fidel Castro, de cerrar cuanto antes las minas de Matahambre.

***

—Pupi, ya. Punto final. Aquí está la carta. Tienes que cerrar la mina ya- recuerda Pupi Sánchez que le dijo el Ministro en aquella ocasión.

—Marcos, ¿cómo vamos a cerrar Matahambre así?, ¿tú estás loco?

—Los estudios técnico-económicos, una y otra vez, dicen que el negocio no da. ¡No da! ¿Vas a invertir un peso en una piedra que vale 50 quilos? No puede ser…-replicó el funcionario.

—Eso es coyuntural. Esta es la mejor época de Matahambre. Desde el 90, se han producido casi 10 mil toneladas de cobre en siete años. Si los precios suben…

—Pupi, ya estamos en 39 centavos la libra. Tú necesitas un millón de dólares para reparar el pozo.

—Eso sí, sin ese dinero, no se sigue. Porque se va a matar todo el mundo allá abajo y yo no me hago responsable.

—¿Entonces? Si no hay dinero, si no podemos darte los recursos, ¿qué hacemos?

—¿Y no hay dinero?

—No, Pupi, el país no tiene los recursos.

—¿No?

—Pupi, para Matahambre no hay dinero. ¿Está bien? Esa es una decisión de la dirección del país, del Gobierno, del Partido, es una política de rentabilidad de empresas ¿Tú lo vas a cambiar?

—Está bien, Marcos, pero bajemos a la mina a ver el trabajo. Hemos abierto doce realces nuevos, profundizado el 46, aumentado la producción, estimulado a la gente…

Marcos Portal, Pupi Sánchez, otros directivos y un par de ingenieros inspeccionan las obras bajo mina. En la superficie ya se comenta la noticia del cierre. La gente, estupefacta, atónita, no da crédito a la novedad. Si cierran la mina… La mina no puede cerrar… ¿Ellos están locos?… De Matahambre, seremos la mata del hambre…

La comitiva llega al nivel 34. El güinchero de aquí, Reinaldo Álvarez Madruga, “Cuadro”, los recibe en short, chancletas y camiseta. Yo estoy acostumbrado a trabajar así, me siento más cómodo. ¿Sabes cómo le digo al güinche?

—¿Cómo?— pregunta Marcos Portal.

—“Mi Viejito”. Ese es “Mi Viejito”…

—¿Y cuando cierre la mina…?

—Saco los equipos y no trabajo más.

—¿Cómo es eso? Te podemos guardar una plaza en el pelotón de tabacaleros…

—Marcos, este hombre es combatiente de la Sierra-, le aclara Pupi Sánchez.

—¿Sí? ¿Con quién peleó usted allá?

—Mi jefe es el Furry, Abelardo Colomé Ibarra. Yo era mensajero, cocinero, combatiente, de todo. Porque nací en Cueto, soy oriental.

—¿Usted quiere, cuando salga de la mina, no bajar más? Lo retiramos cuando termine su turno. ¿Quiere?- propone el Ministro.

—Deje, gracias. Hasta que no saque el último equipo, no me voy.

La superficie hierve. Todos saben que Marcos Portal vino a cerrar las minas de Matahambre. En este pueblo, hasta las noticias más irrelevantes corren en un santiamén, de boca en boca, de portal a portal, de ventana a ventana.

—Óigame, ¿cómo es eso que la mina se para?, ¿por qué usted nos va a cerrar?, ¿cuál es el invento?- increpa Cosme Damián “Chichi” García, con todo el enojo del que es capaz un minero, a Marcos Portal cuando asoma por la boca del pozo. La multitud agolpada atiende la discusión.

—Mire, compañero, no. La mina no se para, la mina se agota, ¿comprende?

—Bueno, igual, si la mina se para por agotamiento, es que la mina se para, ¿no? ¿Por qué se para la mina?- manotea Chichi con sus dos palmas que parecen bloques.

—El presupuesto para continuar no existe. Esta mina no es rentable. Si no es rentable, no sirve. Si una empresa no es rentable, no da negocio, tiene que desaparecer.

—Escuche bien lo que le voy a decir. Pero escúcheme bien. Ahora usted termina aquí, se va para La Habana, sigue su vida. Pero nosotros quedamos destrozados. Mire, si usted cierra esta mina, aquí este pueblo se muere de hambre. De hambre. ¿Usted sabe lo que es hambre, Ministro? Ese hueco que está a sus espaldas, esa boca de tierra, es el sustento de esta gente; ese hueco le da de comer a este pueblo desde hace 80 años, desde antes que usted pensara estar en los cojones de su padre.

—Pupi, hay que reunir a la gente y explicarle. La mina no se cierra porque yo quiera, porque tú quieras, porque alguien quiera. Es una decisión de la Revolución. Todas las pequeñas minas del mundo han cerrado. Ese precio las mata —recuerda que le explicó el Ministro luego de calmados los ánimos.

—Claro, Marcos, pero la gente no entiende eso. Ellos ven que pierden el empleo. El trabajo de sus abuelos, sus padres, ellos, sus hijos. Donde murió gente. Este es el corazón del pueblo; si le cierran la mina, es pararle el corazón.

—Pero no queda otra…

—La gente estaba contenta porque resolvíamos. Ahora encontramos el mejor mineral. Cobre puro.

—Está bien, pero tienes que cerrar la mina ya. Aquí está la carta.

—Marcos, allá abajo hay una millonada de pesos, en recursos, maquinarias, tecnologías, eso no puede quedar botado… Una mina como Matahambre no puede cerrar de un día para otro… Hay que hacer un plan de cierre con todas las de la ley, para recuperar las cosas, reubicar a los trabajadores…

—Claro. Pero a la gente hay que explicarle. Darle los detalles, el precio internacional, los costos, la rentabilidad… En electricidad gastaron un millón de pesos este año, en madera medio millón. ¿Tú sabes cuánto gastaron en cerveza, Pupi? Medio millón de pesos. Eso no hay quien lo aguante…

Al otro día, los 623 trabajadores de la planta Capitán Alberto Fernández Montes de Oca se reúnen en el cine-teatro. Se respira tensión. Más que tensión, miedo, frustración. El miedo y la frustración pueden desembocar en episodios de cólera. Pupi Sánchez, Marcos Portal, las autoridades del Partido y el Gobierno conocen el riesgo. Habla Pupi, el más cercano a los mineros. Explica lo conversado ayer con el Ministro.

—Ustedes saben que no tenemos todas las condiciones para trabajar. Si el precio bajó, no hay forma de obtener los recursos para poder reparar, y si no se puede reparar, no podemos bajar, ni producir, y por tanto, tenemos que aceptar la decisión que ha tomado la dirección de la Revolución. ¿O ustedes quieren matarse debajo de la mina? Cualquier día el pozo se derrumba y se traga a todo el mundo, y ahí sí va a ser una tragedia y el pueblo va a tener que llorar de verdad… No se van a quedar desamparados. Encontraremos trabajo para darle a cada uno de ustedes.

Minas de Matahambre. Foto tomada de Radio Minas.

El 30 de abril de 1997, a las doce de la noche, baja el último relevo a sacar cobre. Cuando el grupo sube a las seis de la mañana, la mina que le dio nombre al municipio queda oficialmente cerrada tras 85 años. Los trabajadores se reúnen en la boca del pozo. Les regalan un pulóver conmemorativo. Se despiden. Toman la última cerveza. Caminan en procesión hasta el estadio del pueblo. Y por última vez, los cascos y lámparas mineras desfilan el Primero de Mayo en Matahambre.

***

Los dedos cuarteados alisan las hojas de tabaco. El cerebro exige orfebre artesanía. Pero son manos entrenadas en romper, y no en crear. ¿Cómo acariciar una fina capa de tabaco seco, si están adaptadas al agarre de la mandarria y el pico?

Hace tres meses se entrenan en una labor que no aprenden. “Prefiero trabajar quinientos años bajo mina que uno en el despalillo”, gritan calladas mientras agarran la chaveta. Intentan extraer las venas de las hojas. Delinean picotillos en vez de cortes.

Estas son las primeras manos de hombre en ejercer el oficio en Minas de Matahambre. “Eso es trabajo de mujeres”, encaran sus viejos compañeros. Otros prefirieron los túneles, el acueducto, la agricultura. Otros se fueron lejos, pero estos antiguos mineros quedaron donde mismo. Y es más doloroso.

En la premura por reubicar al personal, crearon un despalillo de tabaco en las propias instalaciones del pozo. Ante sus ojos, mientras aprenden la monótona rutina, ven desmantelar cada pieza de la planta Capitán Alberto Fernández Montes de Oca.

En el fondo, quedaba la esperanza de lo transitorio, de recuperar la mina. Pero ahora, cada tornillo que sacan es una bofetada. Cada motor. Cada raíl. Cada carrito. ¿A dónde se lo llevan? ¿Qué harán con ellos? ¿Quién se enriquecerá con lo nuestro? Y nosotros aquí, con las manos atadas y la vista fija en una hoja de tabaco.

—¿Y qué sabes de Pelón, y el Ñato, y el Cuadro?

—Esos viejos siguen andando-, conversan en un receso mientras miran la boca del pozo.

—Arañando la tierra.

—Con 200 pesos de jubilación, si no la arañan se mueren de hambre.

—Así mismo estaremos nosotros si no aguantamos aquí.

—Ramón, no seas pesimista.

—¿Pesimista yo? Es la verdad.

—Mira lo bueno.

—¿Qué es lo bueno?

—Que ya tenemos tabaco en el pueblo.

—Jajajaja, claro. Y le jodimos el negocio a la vieja María. Desde que abrió el despalillo, ya no vende ni uno.

—Caballero, ¿Cómo estará eso allá abajo? Le han sacado todo lo que han podido.

—¡Y cómo quedan cosas! Dicen que se gastaron 300 mil dólares para cerrarla.

—Con eso habríamos reparado un poco.

—¿Y las tuberías?

—Quedan para arreglar todo el acueducto del pueblo.

—Ahí se pudrirán.

—¿Y esa gente qué está haciendo ahora? ¿Para qué trajeron una mecha?

—Ná, no puede ser…

—¿La jaula también se la llevan?

—Yo creo que le van a picar el cable.

Los obreros encargados del post-cierre terminan con una acción icónica. Desde sus asientos en el despalillo, Ramón Franco y sus compañeros dirigen la vista, en silencio, hacia la torre de metal. Se prende la mecha y un haz de fuego azul brota de la pistola. Corta el cable de acero que sostiene la jaula. La mole de hierro cae y expulsa los últimos sonidos que saldrán de la boca del pozo de Matahambre. Rueda cientos de metros hasta que los perros traban en la madera. A un kilómetro bajo los pies de los habitantes del pueblo, queda sola, inmóvil y atrapada, como otro minero enterrado entre las piedras.

Notas:

[1] Liso: palabra con que los mineros nombran usualmente a las rocas planas que cubren las paredes y techo de las galeras.

[2] Desde 1973, fecha en que Fidel Castro bajó a la mina de Matahambre, los mineros tenían derecho a tomar un litro de cerveza gratis una vez finalizada la jornada de trabajo. Los médicos confirmaron que la bebida ayudaba a reponer el peso perdido por el extremo esfuerzo físico.

[3] Ley: Consiste en el por ciento de mineral que posee la extracción.

[4] A mediados de la década de 1930, la baja extracción de la mina supuso el posible fin del yacimiento. Los accionistas trajeron al geólogo norteamericano E. Pennebaker, notablemente famoso en su tiempo, para realizar un estudio en 1936. Uno de los propietarios juró que, de encontrar más mineral, construiría una iglesia para el pueblo. “Ustedes solo han explotado las ramas de este gran árbol. El tronco aún ni lo han tocado”, aseguró el científico a sus contratistas.

[5]Aún después de 1959, se le siguió llamando capataz al jefe de escuadra de los mineros.

P.D: Este reportaje pertenece al libro Naufragios de fin de siglo. Relatos, crónicas y entrevistas sobre el Período Especial en Cuba, en proceso de edición por el sello español Guantanamera.

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