Néstor Almendros, el ganador del Oscar que dejó su huella en el cine cubano

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Néstor Almendros (a la izquierda) y Martin Scorsese. Foto tomada de Dale Cine.

Tan cerca queda todavía la 92da. ceremonia de los Premios Óscar y no podemos evitar el recuerdo de muchos que obtuvieron ese galardón, incluso cuando lo hicieron sin merecerlo más que la competencia. Pese a ello, a lo largo del tiempo, varios han subido al estrado a recibir la estatuilla dorada con que la Academia celebra la excelencia en logros cinematográficos, pero ninguno ha sido cubano.

Quienes más cerca estuvieron fueron Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, cuando Fresa y chocolate llegó a entrar en las nominaciones de 1994 a Mejor película extranjera, categoría en la que venció entonces el ruso Nikita Mijalkov, autor de Utomlyónnyie sólntsem (Quemado por el sol).

Aunque poco se dice al respecto, existe otra figura muy cercana a nuestro archipiélago, quien sí logró llevarse a casa la inexpresiva pieza fabricada en metal de Britania. Su nombre es Néstor Almendros Cuyás, y lo ganó en 1978 por su trabajo de fotografía en Días del cielo, cinta de Terrence Malick.

Almendros siempre se identificó con la obra de Johannes Vermeer. Fue ese maestro holandés de la pintura barroca quien le inspiró en la mayoría de sus trabajos. Prefería el uso de la luz única y el particular significado de simpleza natural que ese elemento deja en el celuloide. En una entrevista concedida en 1978 a Joaquín Soler Serrano para el programa A fondo, el fotógrafo expresó:

“Estoy por la iluminación a base de una luz única, como ocurre en la realidad, porque generalmente la luz viene de un solo lugar”.

Como eterno hombre detrás de las cámaras, Néstor reconocía el matiz voyeurista de su profesión, además de entender que para dedicarse a esa labor había que ser un gran amante de la observación en todo el sentido de la palabra, pues había que estar atento y disfrutar de cuanto apareciera en el plano, por pequeño que fuera.

La formación de Néstor Almendros como cineasta comenzó en La Habana, de cuya Universidad se graduó en 1955 como licenciado en Filosofía y Letras. Por aquella época había conjugado sus estudios con las primeras incursiones como aficionado detrás de las cámaras junto al profesional antillano Germán Puig.

Aquello fue sólo un preámbulo, pues inmediatamente puso rumbo al norte, específicamente hacia el City College de Nueva York, donde se especializó en fotografía y montaje (edición). El paso siguiente fue cruzar el Atlántico. Ávido de conocer, se fue a Roma para aprender con los maestros italianos del Centro Sperimentale di Cinematografia. Después volvió a la nación estadounidense y alternó como profesor de español y director de teatro en el Middlebury College. A la altura del ’59, consumado como un especialista de la industria cinematográfica, regresó a Cuba, y aquí dejó su marca.

En la Mayor de las Antillas se dedicó a la realización de documentales entre los que se incluyen Gente en la playa y La tumba francesa, ambos producidos por el ICAIC a inicios de los 60. Tal vez hubiera seguido haciendo lo que mejor sabía aquí, pero el hambre de crecimiento y las diferencias ideológicas con la naciente Revolución se conjugaron para convencerle de buscar otro lugar para vivir. Al final, eso no era nada nuevo para él.

Hijo de los pedagogos Herminio Almendros Ibáñez y María Cuyás Ponsa, la historia de Néstor comenzó en la Barcelona de 1930. La España de entonces vivía los años de la Segunda República, sistema que empezó a resquebrajarse en el ‘36, cuando los militares franquistas comenzaron la Guerra Civil.

Forzado su padre a refugiarse en Cuba tras la debacle republicana, Néstor se quedó en la península junto a su madre y sus hermanos, Sergio y María Rosa. Fueron penosas temporadas las que vivieron todos en la Madre Patria, durante las cuales tuvieron que soportar la persecución y encarcelamiento de María, por el hecho de ser una maestra progresista. Así aguantaron hasta el ’48, cuando Néstor escapó de su reclutamiento por el Ejército y se reunió con don Almendros en la Isla. Poco después, los demás miembros de la familia pudieron seguir sus pasos.

Después de vivir algo así, el joven temía poco o nada al cambio. Decidió marcharse de la tierra que le vio madurar como creador, y en 1962 viajó a Francia en un intento por “bailar en casa del trompo”. En el país que vio nacer al cinematógrafo, Almendros se vinculó a grandes exponentes de la Nueva Ola.

Sus colegas más recurrentes fueron Fracois Truffaut, junto a quien filmó El pequeño salvaje (1969), Diario íntimo de Adèle H. (1975), Domicilio conyugal (1970) y El hombre que amaba a las mujeres (1977); y Eric Rohmer, con el que colaboró en La coleccionista (1976), Mi noche con Maud (1971), La rodilla de Claire (1972) Pauline en la playa (1983).

Es 1981 tuvo un gran año, pues le tocó despegarse de su asiento para recoger nada menos que el César del cine francés a la mejor fotografía, gracias a su trabajo en una de las mejores piezas alguna vez creadas por el genio de Trufffaut, El último metro (1980), largo que esa vez dominó también las categorías de mejor película, dirección, actor (Gerard Depardieu) y actriz (Catherine Deneuve), guión, música original, decorado, sonido y montaje.

Mientras completaba un currículum envidiable en Europa, decidió probarse de este lado del Atlántico. Por aquí, más allá de la oscarizada asociación con Malick, estuvo vinculado a otras producciones memorables como Kramer vs. Kramer (Robert Benton, 1979), La laguna azul (Randal Kleiser, 1980) y La decisión de Sofía (Alan J. Pakula, 1982), en las cuales su trabajo fue merecedor de sendas nominaciones por parte de la Academia.

Antes de morir, el 4 de marzo de 1991 como consecuencia de un linfoma producido por el SIDA, Almendros dejó sus créditos en filmes como En un lugar del corazón (1984), Bajo sospecha (1982) y Billy Bathgate (1991), todos de su gran amigo Benton, así como en el segmento Apuntes al natural, dirigido por Martin Scorsese para Historias de Nueva York (1989).

Si el cine fue a lo que dedicó posiblemente el 99% de su tiempo, hay que decir que Néstor se atrevió a incursionar en un ambiente tan diferente como el de la publicidad. Dentro de ese mundo participó como realizador en anuncios para marcas de ropa como Giorgio Armani y Calvin Klein, y también para Freixenet, productora de cava original de España.

A lo largo de su vida, que él mismo retratara en el texto Días de una cámara (1980), Almendros desarrolló una interesante carrera como documentalista. Entre sus relatos se cuentan Conducta impropia (1983), enfocado en la Cuba post ’59; L’Assemblea de Catalunya (1983), The Gentleman Tramp (1976), Koko, el gorila que habla (1978), Imagine: John Lennon (1988), y los cortos Made in Milan (1990), Maquillages (1971) y Sing Sing (1971).

Su legado ha sido reconocido por varias instituciones, como la asociación Human Rights Watch y la Film Society del Lincoln Center, las cuales crearon el Néstor Almendros Prize para congratular la defensa de los derechos humanos asociada al cine. Asimismo, el Istituto Cinematografico dell’Aquila italiano y la Asociación Italiana de Directores de Fotografía otorgan el Néstor Almendros Award a jóvenes directores de fotografía y la localidad andaluza de Tomares cuenta con un centro de Formación Profesional Específica de Imagen y Sonido que lleva el nombre de este ilustre español.

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Puedes conocer más sobre la vida de este hombre de cine en la siguiente entrevista:

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