Nubes bonitamente retocadas: Notas sobre la Bienal de La Habana

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“Utopías”, expo del fotógrafo Gabriel Guerra Bianchini. Foto: Alba León/ Garbos.

Muro de malecón + nubecita retocada + personaje (policía, yabó, niños…) parece ser la fórmula que aplica Gabriel Guerra Bianchini a sus fotos que, por estos días, se exponen en el Paseo del Prado. Solo por esta vez ha añadido unos marcos que recuerdan un poco la identidad visual de “En familia con Alfredo”, aquel programa conducido por Alfredito Rodríguez que pegó tanto en Cuba a inicios de siglo. Uno pasa por ahí, ya finalizando el recorrido de un Detrás del muro de bastante bajo nivel y se puede sentar a ver cómo la gente se toma fotos junto a las fotos de Bianchini, ese maestro. Este es el mundo en que vivimos. Se aconseja comprar una cerveza como complemento a la actividad. Retoca tu nube. Juega tu papel.

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Un efecto parecido provoca Hotel Roma el video de Leandro Feal que se proyecta como parte de la exposición de El Apartamento en Estudio 50. Durante la noche del opening, se podía ver a todas las starlets, protagonistas de la pincha de Feal, viendo su propia imagen en pantalla. Extasiadas. Viéndose tomar tragos y besar gente y bailar y ser cool. Yo creo que formaba parte de la obra. Pero, a estas alturas, ¿cómo uno sabe qué forma parte de la obra y qué no? ¿Importa eso?

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Hace poco, hablando con una amiga, caímos en el tema de la obra de Mabel Poblet. No duró mucho la conversación, pero una y otra vez, sin que lo quisiéramos, utilizábamos la palabra “cositas” para referirnos a sus piezas. Luego fue imposible no proyectar, pensar en títulos tentativos para sus futuras exposiciones, incluyendo: Mis cositas. Muestra retrospectiva de la obra de Mabel Poblet.

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Viaje Infinito. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

Ese “lo que forma parte y lo que no” se lleva al límite en el Taller Chullima, de Wilfredo Prieto. Hay que andar con cuidado para no pisar una de las piezas, pues se confunden casi con cualquier cosa. Por otro lado, se puede decir que Wilfredo Prieto ha empezado a pensar en grande. A mí de Wilfredo me gustaban obras como Grasa, jabón y plátano y s/t (biblioteca blanca), pero su nuevo proyecto me parece francamente decepcionante. Se trata, básicamente, de la construcción de una autopista de varios kilómetros con el símbolo del infinito, una monumental carretera que requerirá un gran despliegue de recursos y esfuerzos, y que no tiene ni principio ni fin. No sé, de pronto me ha dado por pensar que a la gente de Zaza del Medio, lugar donde estará emplazada la escultura ambiental, les vendría bien otro tipo de apoyo. Pero da igual, el caso es que con más o menos utilidad, los gestos ingeniosos de Wilfredo funcionan mejor a pequeña escala, esto del Viaje infinito está un poco tosco, la verdad. De cualquier forma tomo nota, ya que ese siempre ha sido el sueño: llegar a tener una nave enorme a orillas del Almendares donde esparcir algunas ideas por los rincones y construir una carretera que no va a ninguna parte cerca del lugar donde naciste parecen ser experiencias sumamente atractivas.

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Obsesiones y acumulaciones: el gabinete del artista, es el nombre que recibió la muestra curada por Cristina Vives y Cristina Figueroa, en torno a la construcción de los procesos creativos. Inaugurada el mismo día que El Circuito del Arte Cubano, en El Apartamento, las dos exposiciones dejan la sensación de que las piezas de cada artista han sido sacadas de un almacén y puestas a disposición del público siguiendo un criterio vago. Como si fuera una feria, y no otra cosa. Pero más allá de esto, valdría la pena detenerse en otras “obsesiones y acumulaciones” que atraviesan la Bienal, y la obra de los artistas cubanos que intervienen en ella.

Se me ocurren dos, de momento. En la exposición Intersecciones, de Factoría, se exhibe una especie de ropero en el que los percheros colgados tienen la forma de la isla de Cuba. Creo recordar que es un trabajo de Yoan Capote. A unos pocos metros hay otra, en la que Tonel despliega sobre una pared una serie de objetos decorativos de cerámica (budas, perros, gallos, elementos imprescindibles en la desocración de una casa cubana hasta hace no tanto), formando la imagen de…Cuba. En una de las paredes del Centro Wifredo Lam, hay, sin que aparezca firmado por nadie, el dibujo de una estrella en cuyo interior hay un montón de palmas. En cada punta de la estrella, un caimán que es, por supuesto, también un mapa de Cuba. Y así. Los ejemplos sobrepasan la treintena y están distribuidos por toda la ciudad. Está claro que nos obsesiona Cuba, pero, ¿sería muy difícil avanzar hacia otros modos de expresar esta obsesión que no impliquen su representación más burda?

La segunda obsesión es más sutil (al menos más sutil que los caimanes verdes), y también puede que esté en mi cabeza, que solo sean ideas mías. Tiene que ver con ponerle títulos en inglés a las exposiciones. Así, de gratis, vaya, porque suena mejor. Porque el español es cheo. Tenemos, por ejemplo, A stone in a shoe, curada por Elvia Rosa Castro, en DNasco Estudio, la serie Speakeasy, del colectivo Balada Tropical, Illness has a colour, en Estudio 50, I Can look strong, I am strong, de Alicia Rodríguez Alvisa, y un very long etcétera.

Illnes has a colour. Foto: Alejandro Vellón/ Vistar Magazine.

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Lo que nos gustó de la Bienal, como para recordarlo ahora, de un tirón, mal y rápido: las pinchitas de jorge&larry subiendo la escalera en El Apartamento (más que lo de Jorge&Larry en Estudio 50), donde sea que haya aparecido Ezequiel Suárez, para hacer un grafiti, pintar un cuadro, o disfrazarse, la divertida biblioteca de Lester Álvarez y Kevin Ávila en Estudio 50, las mangueras de Arles del Río en el Malecón, los cuadritos de Toirac de dibujos animados en Factoría Habana, la exposición de José Yaque en el ISA, Permiso para el coctel, de Zhanna Kadyrova, en Galería Continua… y algún que otro capricho que se puede ir quedando.

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En la exposición de El Apartamento en Estudio 50 hay dos grafitis de Ezequiel Suárez. Uno le da título a la exposición: “Illness has a color”, pintado en amarillo, y el otro, pone en verde: “Algo vivo de mí”. Me gustaría pensar que Ezequiel Suárez vio el conjunto final de obras expuestas allí, y luego también pensó en un estado actual de las cosas en el arte cubano, antes de decidirse por esos textos. Me quedo entonces con esa decisión, con esos dos grafitis, alrededor de los cuales se agrupa todo: las nubes retocadas, las “cositas”, la forma de una isla, la enfermedad del arte cubano, y la remota posibilidad de dejar constancia de la vida.

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