El pintor cubano que vive en una casa de cartón

9 min


Octavio Carvajal Barroso nació el 2 de agosto de 1961 Foto: Cuba Lite.

Guajiro, homosexual, punk, santero, artista. Este es Octavio. Y esta es su historia.

Pedro Barba, localidad espirituana enclavada dentro de las Minas de Jarahueca, no es el sitio más artístico del mundo. Tal vez sea el clima, la lejanía o el desconocimiento de un horizonte más largo…

Desde el llanto neonato, algo alertó a la familia Carvajal -y Barroso por la parte materna- de que su primogénito no era uno más de la manada. Pronto, a la par de los primeros pasos y balbuceos, el bebé que llevaba como segundo nombre Jesús, en honor al salvador de la humanidad, empezó a dar señales de su inquietud. Ya a los nueve años hace aguadas con tintes de bijol, azul de metileno, violeta genciana, rojo acetil, y hasta pintura de zapatos.

El niño Octavio dibuja compulsivamente. Los lápices de cejas son su carboncillo y las plumas de ave le sirven también para delinear. Con ellos difumina y crea efectos en sus obras rústicas. También usa los restos del trabajo de su padre herrero, y combina clavos y herraduras con ramas del monte para armar pirámides, estrellas y otras figuras, que luego baña con petróleo y enciende para alumbrar la oscura noche rural.

Ante tanto derroche creativo, la madre solo atina a buscar a alguien que encamine a su imaginativo muchacho. Viajan los dos a Sancti Spíritus. Debajo del brazo, ella lleva una de las pinturas. La idea es encontrar a alguien que corresponda.

Conocen a Gustavo Pérez Monzón , profesor de la Escuela Nacional de Arte, cuya primera impresión le lleva directo a un estado de incredulidad y desconcierto. No entiende que lo que ven sus ojos haya surgido de un chico que no levanta dos cuartas del piso. Los trazos le dejan pasmado. El uso de los colores es algo que solo puede comparar con sus inicios en el arte profesional. Luego, accede a instruir al que ya considera un estudiante adelantado. Primero le pide que haga lo suyo con los materiales que ha venido usando hasta ahora. Más tarde lo provee con instrumentos más adecuados y lo deja trabajar. Ya llegará el momento de pensar en la técnica y de guiarlo en el empleo consciente de cada herramienta.

Octavio asimila rápido y se apropia de cada lección. Devora todo el conocimiento que es puesto a su paso. Aprende de las vanguardias cubanas: Carlos Enríquez, Amelia Peláez, Fidelio Ponce… De entre todos esos grandes de la plástica antillana, es Víctor Manuel quien le atrae más. Su estilo estará basado desde entonces en la obra de su ídolo, y años después, en 2005, su tesis de licenciatura en el curso de superación será un homenaje al autor de la Gitana Tropical.

En la adolescencia, las parrandas se convierten en su segunda escuela. La pirotecnia y el artificio de las festividades tradicionales lo atraen a Itabo, donde el artista naif Pepe Cortés será su mentor. Un día el “profe” le pide que pinten juntos. Al terminar, el maestro se da cuenta de que el alumno le ha superado. Desfilará, entonces, la primera carroza diseñada por Octavio, que ya empieza a vestirse con una imagen que no resulta nada convencional. Lleva el rock en las venas.

Su ídolo mayor desde entonces será Sid Vicious. Afirma que por aquellos años quiso emular la “explosiva” conducta del bajista de Sex Pistols, con su cabellera y el desprecio por los cánones establecidos, y aunque hoy sigue mostrando una imagen marcadamente punk, ya los excesos son cosa del pasado.

Los 70’s

Octavio, artista punk. Foto: Cuba Lite.

En los 70, las heridas de Octavio empiezan a abrirse poco a poco. Para alguien que tiene un montón de tatuajes, pareciera que un corte en la piel no es problema. El dolor no está tan afuera.

Primero falla en su intento de entrar en la ENA. La fortuna le juega sucio. Ese año solo les interesa captar escultores. Va y esculpe. Una paloma es el fruto de todo, pero no es suficiente para superar a la competencia. No obstante, el profesor que los evalúa entiende que puede haber un futuro para él de frente al lienzo.

Corre 1979. Octavio cursa el segundo año en una escuela de jardinería que hay en La Habana. Expulsión. Tener un homosexual en clase es algo intolerable entonces. Justo de inmediato llega el llamado para el Servicio Militar. Apto. Regreso a la capital.

“Le dije que yo no podía ser militar”

Al llegar a la unidad, recibe la noticia de que desean que se convierta en oficial. Al parecer, no están al tanto de su identidad, ni tienen registro de que él sea gay.

Recuerda una conversación con un coronel: “Le dije que yo no podía ser militar, a pesar de que aquello no me desagradaba. De pronto rompí en llanto, y él me dijo ‘no llores, que yo sé lo que es”.

Al principio, se niega a bañarse con sus compañeros. Un día, uno de ellos habla por el resto, y le pide que no tenga pena, que no debe sentirse mal con ellos a causa de su condición sexual. Desde ese momento se convierte en una de las personas más queridas de la unidad.

“Yo les hacía dibujos para las novias, para el día de las madres y otras ocasiones especiales. El apoyo de todos esos muchachos me ayudó a seguir. El día antes de irme de baja fue lo más grande del mundo. Todos lloramos juntos por última vez. Lo más gracioso fue que el motivo de la baja no resultó ser mi homosexualidad, sino una dermatitis por contacto que me provocaron las botas rusas”.

“Mi papá llegaba a mi casa y no me miraba”

De vuelta en la casa, la familia se desentiende. No lo aceptan. Lo tildan de “gusano”, problemático y desastrado.

“Mi papá llegaba a mi casa y no me miraba. Le decía a mi mamá: ‘¿Qué le hace falta a éste?’, y hacía como si yo no existiera, como si no estuviera ahí al lado suyo. Un día, un amigo le preguntó por qué me rechazaba, si la verdad es que a él le hubiera gustado tener un hijo como yo. Le dijo que yo era un tipo correcto, un artista, un talento, que no entendía su problema conmigo”.

En 1997, año de su llegada a Caibarién, Octavio termina de hacerse artista y profesor. Entiende, al fin, que irse de Jarahueca era lo mejor.

Fue allí, sentado con unos amigos en la glorieta de pueblo pesquero, que se enteró del fallecimiento de su papá, varios días después de haber sucedido. Una niña, amiga de su sobrina, le cuenta la verdad. Le explica que no le habían avisado porque “estaba lloviendo”.

Vuelta a los orígenes

Tiempo después logra acercarse de nuevo a su familia. Fueron los tres días más lindos de su vida. Después de tantos años de incomprensión y desapego, no necesita de nadie para ser feliz. Octavio vive en una de las casas más humildes de Caibarién. Hecha “a pulmón”, con tablas y otros materiales que no garantizan una solidez suficiente en caso de que a la naturaleza le dé por echarla abajo. Su hogar carece de lujo alguno, pero al menos es suyo. No tiene libreta de abastecimiento desde hace dos años.

Luego de dos décadas allí, ahora piensa en irse. Antes pudo marcharse con muchos socios en balsas y lanchas. Nunca quiso. Cuando regresan de visita, se lo reprochan. Octavio jura que de aquí no se irá nunca.

“Actualmente, si me voy de aquí, sería para regresar a Sancti Spíritus con mi familia. Visto lo que ha pasado recientemente con mi madre, quisiera acercarme a ella, e irme de vuelta a mi lugar de origen. Quiero darle esa alegría y volver con mi familia. Igualmente, allí voy a tener mi espacio propio, donde además de vivir, puedo crear cosas que tengo en la mente y que todavía no he podido concretar en la realidad. Quiero crear mi mundo allá, en forma de museo al aire libre y, de paso, ayudar a los niños de la comunidad”.

La obra: Resistencia

En Caibarién, Octavio ha desarrollado su obra y enseña arte. Foto: Cuba Lite.

A lo largo de su vida, este hijo ilustre -no declarado- de Caibarién y Jarahueca, ha conocido innumerable artistas cubanos que la han confesado su admiración. Zaida del Río, Carlos Varela, y el mismísimo maestro Marcos Urbay, célebre músico oriundo de la Villa Blanca, quien dejó de existir el pasado 24 de febrero.

Los protagonistas de su obra son gente sencilla. Puede uno encontrarse un pescador o un estudiante de tecnológico. La constante es que siempre se trata de pueblo, de la gente de a pie. Al mirar a los ojos de sus pinturas se aprecia siempre un gesto como de mirada perdida.

Explica que sus personajes parecen estar todavía en busca de un horizonte que aún no tienen claro. De cualquier manera, siempre en sus lienzos se aprecian rasgos de resistencia y resiliencia. Pareciera como si algo de su alma hubiese quedado grabado con cada pincelada.

Muchos han sido los reconocimientos obtenidos por sus alumnos y por él mismo, aunque de estos últimos no habla demasiado. Sus muchachos han merecido premios locales, provinciales y algunos de alcance nacional. Varios de ellos son hoy estudiantes de la ENA, ISA, o se han convertido en artistas profesionales. Todos lo tienen presente; también aquellos que se han desvinculado de esta vida y son pescadores, choferes de bicitaxi o cualquier otra cosa.

Sin embargo, y como si sus logros no contaran para nada, las autoridades caibarienenses parecen haberse olvidado de él. Hace dos años el ciclón Irma se ensañó con el poblado y Octavio fue uno de los principales golpeados por la catástrofe. Su poco ortodoxo habitáculo dejó de ser, y solo regresó a la vida a golpe de voluntad. El apartamento que, supuestamente, iban a entregarle, nunca llegó a ser suyo.

Muchas de sus pinturas y creaciones están colgadas en escuelas, círculos infantiles, espacios públicos e instituciones estatales. Dice que vender sus pinturas no es algo que le satisfaga tanto como compartirla con aquellos que le reconocen de veras. Y no es que no lo necesite.

“Hay quien lo ve y piensa que está loco”

Los amigos sostienen su vida. Foto: Cuba Lite.

Sus amigos han pasado a ser el soporte fundamental de su vida. Marlén, química y especialista principal de calidad de la tenería del pueblo es, tal vez, la más cercana de todos.

“Yo lo amo a él, como es, sin cambiarle nada. Somos rockeros y punk. Vamos juntos a conciertos y pasamos buena parte del tiempo. Hay quien lo ve y piensa que está loco o es demasiado raro, pero yo sé el tipo de persona que es. Octavio es lo mejor”.

La música punk

Le encantan Sex Pistols, The Clash, Offspring, Ramones, Green Day, Rammstein, Barricada, La Polla Records, Eskorbuto y Cicatriz, todos representantes del punk.

A sus 57 años ha pasado por diferentes etapas. Primero fue el hard rock, y luego siguió con el heavy y el trash, hasta que descubrió el punk como su vía favorita para expresarse. La actitud contestataria y antisistema de los punkeros. Le gusta la gente que como ellos, que dice las cosas a la cara, sin demasiado adorno.

Su presencia en el concierto de los Rolling Stones fue sensación. Su mohicano verde y la chamarra de cuero causaron revuelo por donde pasaba. De aquí y de allá acudían a tomarse fotos con ese ser que destacaba entre la multitud por su apariencia.

Periodistas de varias televisoras le entrevistan. Alguno, incluso, le cuestiona su presencia en una plaza que no tiene nada que ver con su imagen punk. La respuesta de Octavio es contundente: “Yo vengo a rendir honor al país de mis grandes ídolos. Para mí es como ver a Sex Pistols en escena. Estar viendo a esos ‘dinosaurios’ de la música es algo que nunca pensé que pudiera hacer en mi vida”.

Seis meses antes, mientras veía un video de Mick Jagger y compañía, un vecino se burló de él y le dijo que algún día vería a ese “piquete” en vivo.

Sus propios muertos

Tal vez esas cosas las entiende ahora mejor que antes. Esos “arranques” siempre los tuvo de pequeño, cuando no tenía ni idea de lo que significaban. Cogía barquitos y los lanzaba al mar, llenos de caramelos. Exprimía trozos de caña sobre la línea del tren. Luego, cuando se hizo palero y se ralló, lo entendió todo.

Con santo hecho desde 2010, este hijo de Yemayá y Oshún dice tener sus muertos. Los hay indios, españoles, cubanos, viejos, niños, árabes, carboneros, médicos… Según cuenta, todos los que habitan del otro lado del velo pueden contactar con él en algún punto. Y siempre, al final, también conectan con su arte.

Pintor y maestro

Octavio en su casa de Caibarién. Foto: Cuba Lite.

La relación con sus alumnos es maravillosa, cuenta. A veces, muchachos al fin, la tropa de aprendices tiende un poco al caos. La posibilidad de enseñarles es, al decir de Octavio, un bálsamo.

Su “pinta”, que incluye una cresta roja, botas altas, incontables tatuajes y ropa de camuflaje con pinchos, cadenas y otros objetos de origen “metalero”, es algo que no siempre ha sido aceptado. Cuando fue profesor de la Escuela de Instructores de Arte, donde estuvo seis años dando clases, fue censurado por su cabello. La alternativa fue cambiarlo un poco, pero manteniendo la misma línea.

Como artista, es incapaz de rechazar cualquier cosa o manifestación que pueda no resultar cercana a sus gustos. Para él todo arte tiene “algo”; igual cada persona.

Octavio sigue apareciendo en sus figuras de horizontes difusos. Su firma termina por ser un sello quizás innecesario ante la vocación para el autorretrato instintivo.


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2 Comentarios

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  1. Abrazos a Octavio y muchas bendiciones
    Tanta inteligencia y verlo sumido en la miseria otro talento que se perdió por no salir de cuba
    Dios permita y lo logre un día no muy lejano

  2. El es una bella persona y no se merece vivir como vive se merece lo mejor de este mundo pirque es un ser maravilloso buen profesor y excelente artista ayudenlo por fa

Sandy Mederos

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