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La diva de la música cubana que bautizó a José José y le ayudó a lanzar su carrera

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Olga Guillot. Foto tomada de Radio Gladys Palmera.

El Olimpo de la cancionística cubana lo integran un sinnúmero de intérpretes y compositores que, a lo largo del tiempo, se han ganado su lugar allí a base de puro talento y dedicación al arte. Entre tantos nombres, el de Olga Guillot, junto a los de Omara Portuondo, Rita Montaner y Celia Cruz, se ubica en el centro de las grandes estrellas femeninas que han alcanzado mayor reconocimiento internacional con su voz.

La historia de esta diva santiaguera, nacida el 9 de octubre de 1922 con raíces judías y españolas, está llena de hitos. Tal vez el primero de todos llegó en 1941, cuando ella y su hermana Ana Luisa debutaron con una distinción en el programa La Corte Suprema del Arte.




A partir de aquel instante, la carrera de Olga creció exponencialmente, primero a nivel nacional y luego fuera de nuestras fronteras. Formada en el conservatorio de La Habana con los profesores Hortensia Cohalla y cantante Mariano Meléndez, a mediados de los 40 se convirtió en figura del Cuarteto Siboney de Isolina Carrillo y también de algunos de los mejores cabarets capitalinos, como fueron los casos del Zombie Club, Sans Souci, Montmartre y Tropicana.

Otro de los momentos notables en su vida sobre los escenarios llegó en 1946, cuando José Antonio Méndez la eligió para estrenar el tema La gloria eres tú, convertido posteriormente en himno de la música latina. Ese mismo año logró un exitazo con Lluvia gris, versión en español del hit Stormy Weather, y finalmente fue galardonada por la Unión de Crónica Tele-Radial como la “cancionista más destacada de Cuba”.




En 1948 debutó en el cine. En ese entonces fue parte de la producción mexicana Venus de Fuego, en donde compartió cartel con la rumbera mexicana Meche Barba y, a partir de ahí, participó en un total de 16 filmes, entre los cuales podemos citar también a Yambaó (1957), junto a la también conocidísima bailarina y compatriota suya, Ninón Sevilla.

Hasta el momento en que partió de Cuba rumbo a Venezuela, la diva se casó tres veces: primero con Ibrahim Urbino, periodista y politólogo, después con el actor Alberto Insúa y luego con el músico René Touzet, padre de su única hija, Olga María, nacida en 1960.




En ese mismo lapso encabezó constantemente varias listas de éxitos, gracias a sus incomparables interpretaciones de temas antológicos como Miénteme y Tú me acostumbraste. Esto, entre otras razones, la llevaron a recibir un de disco Diamante por haber sido la intérprete cubana con más ventas en el período comprendido entre 1954 y 1960.

A pesar de alejarse de su tierra para finalmente establecerse en el soleado estado norteamericano de Florida, la señora Guillot jamás dejó de estar en la cima. El El gran Armando Manzanero la escogió para cantar composiciones suyas de la talla de Adoro, y declaró en no pocas oportunidades su admiración por la capacidad vocal y el legado de Olga: “Indudablemente, van a pasar quién sabe cuántos años para que llegue alguien, ya no igual, sino que tan siquiera se le parezca”.




Fue en México donde Olga Guillot dejó una de las grandes huellas de su vida, cuando “bautizó” con su nombre artístico al mismísimo José José, quien, por entonces, había dejado su trío Los PEG y se hacía llamar José Sosa. Según contó al diario El Sol de México Edoardo Narváez, otrora director artístico de la Plaza de las Estrellas, aquello sucedió así:

— ¿Cómo te llamas? — le preguntó ella.

—José Sosa— le respondió tímidamente.

— ¡Eso se oye muy endeble! —replicó Olga, una mujer de carácter fuerte y temperamento a toda prueba.

Desde hoy te llamarás José José —sentenció para siempre.




El impacto de la antillana en la vida y obra de El Príncipe de la Canción fue un elemento fundamental para que este lanzara definitivamente su carrera. Tras el fallecimiento de Guillot, sucedido el 12 de julio de 2010 en el hospital Monte Sinaí de Miami, el mexicano se refirió así a quien él mismo llamara “madrina”:

“Mi familia y yo estamos muy tristes porque somos muy amigos y la queremos mucho. Ella me ayudó en los comienzos de mi carrera, fue de las primeras personas que me dio la oportunidad de presentarme en televisión en su programa. Olga es irrepetible como mujer, persona y artista”.

En el ’64, la Academia de Artes John F. Kennedy, de Hollywood, le entregó la Palma de Oro como “Mejor bolerista latina” y poco después la cubana engalanó con su presencia dos escenarios míticos como el Carnegie Hall y el Teatro Paramount neoyorquinos.




El salto al otro lado del Atlántico lo dio de la mano de Manzanero, junto a quien logró hacerse de un puesto en el gusto de los españoles. Así llegaron conciertos en Madrid y Barcelona, además de un contrato en 1968 para convertirse en talento exclusivo de la cadena de hoteles Hilton, la cual le permitió presentarse en inauguraciones de instalaciones en Tokio (Japón), Tel Aviv (Israel) y Manila (Filipinas). En ese último sitio compartió escena con el gran Frank Sinatra.

Si bien tuvo el honor de juntarse con La Voz en el mismo espacio, a Olga no le fue ajeno cruzarse con otros “monstruos” de su calibre. En los 50 ya había conocido de cerca lo que era tener como compañera de espectáculo a la francesa Édith Piaf, con quien coincidió en el Casino de Palm Beach, en Cannes.

Otras celebridades que pudieron disfrutar en primer plano de Guillot fueron los jazzistas estadounidenses Sarah Vaughan y Nat King Cole. Precisamente este último llegó a ser, incluso, su discípulo temporal, cuando la cubana lo asistió con el español mientras el bueno de Cole grababa un fonograma en la lengua de Cervantes.




La magia de sus cuerdas vocales estuvo presente en más de medio centenar de álbumes, que incluyeron homenajes a la cultura latina y cubana, además de un tributo a figuras como la autora María Grever.

Su temperamento y la manera tan intensa con que actuaba en cada canción le permitieron darle sentidos irrepetibles a sencillos como Soy lo prohibido, Me muero… me muero, La gloria eres tú, Cuando estoy contigo, Soy tuya, No, La noche de anoche, Qué sabes tú, Voy, Palabras calladas, La maleta, Lágrimas negras, Contigo en la distancia, Sabor a mí, Alma mía o Piel canela, por mencionar solo una ínfima fracción.

Si nos dedicáramos a contar todos sus premios, quizás podríamos hacer otro trabajo. Grosso modo, podemos decir que su palmarés incluyó una veintena de Discos de Oro, diez de Platino y también otro de Diamante.




Entre sus títulos cuentan el de “La Excelencia”, que le entergó la Academia Latina de la Grabación, el Heroes Award, extendido por The National Academy of The Recording Arts, la medalla Agustín Lara de México y la Orden Don Francisco de Miranda, de Venezuela, que la calificó como “Máxima representante del bolero cubano en todo el mundo”.

Los críticos se prodigaron en elogios y reconocimientos hacia ella, mientras que calles de diferentes rincones del planeta llevan aún su nombre. En tierra mexicana, en donde vivió por décadas, existen actualmente dos distinciones que la homenajean: la “Gaviota Olga Guillot”, que congratula la trayectoria artística, y el galardón “Dama de la Victoria Olga Guillot”, otorgado por la Asociación de Críticos y Periodistas de Teatro de la nación azteca.

El temperamento y la fuerza escénica de “La reina del bolero” marcaron a varias generaciones que revivieron sus romances o desengaños amorosos a través de sus interpretaciones. La voz de doña Olga pasó a formar parte de la banda sonora colectiva de los latinos y aún hoy su huella perdura como símbolo de excelencia en donde quiera que se la mencione.


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Sandy Mederos

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