Carlos Manuel, el popular salsero cubano que quizás ya no recuerdas

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Carlos Manuel en la actualidad. Foto tomada de su perfil en Facebook.

Un reproductor de CD Philips, mono audio, gris, parecido a un huevo de avestruz…

Pasadas las cinco, Yisel iniciaba sus rutinas de alongamientos y cuclillas, abdominales de piernas; otras provocaciones físicas ante los ojos púberes de los muchachos de la cuadra. Ponía la música, el mismo disco siempre, la misma voz por tantos meses de aquel año 2002, y comenzaba la rutina. Yisel, amante de la salsa, jamás bailó en una fiesta cederista. Hoy pienso que jamás supo bailar. Yisel, que no era mulata ni mundana, que no tuvo jamás un solo músculo en el abdomen… Me pregunto si continúa escuchando aquel disco, repitiendo veinte, cincuenta veces la misma frase: “por qué tú me quieres tanto/ si yo soy malo cantidad”.

En 2002 todo aquel con más de 15 años sabía qué era El Clan; había bailado con La manzana en la cabeza, con Matilda, había terminado una relación con Deja que te diga de fondo. Yisel también, aunque tuviera 18 o 19 años y un novio que una vez con un solo golpe, arte mínima, le dibujó una diana en su ojo derecho. Yisel, casi flaca, casi buena, trastornada por una canción.

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En la Cuba de 2002 había una Batalla de Ideas y un niño recobrado, tres canales de televisión, dos programas estelares, y estaba Edith Massola en 23 y M, el show donde cada sábado los músicos populares oficializaban su popularidad.

En 2002 los sábados cabían enteros en un tubo de pantalla…

Si había algo, solo una cosa más atractiva, más novedosa y revolucionaria que las ideas de un pueblo, que un niño náufrago y que Edith Massola, eso fue un hombre durante un tiempo: el único, Carlos Manuel.

Pero, ya sabemos, no es cierto eso de que lo bueno, como bueno, se queda siempre. O, para el caso, muere de cara al sol.

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Luego de dos años consecutivos nominado como el cantante más popular de la Isla, luego de haber viajado por Europa y América, Carlos Manuel no era feliz. Digamos, estaba asqueado de la fama nacional, de los shows sabatinos de Edith Massola…

A principios de junio de 2003, el salsero y su grupo salieron de gira hacia México. El día 7 realizaron un concierto en el D.F. Más tarde aquella noche, Carlos Manuel les dijo a los miembros de su grupo que iba a desertar. Uno de ellos informó a las autoridades cubanas de las tentativas del cantante y esto precipitó los hechos: Carlos tomó inmediatamente un avión desde el D.F hasta Monterrey, luego viajó dos horas en taxi hasta la ciudad de Matamoros, en el extremo mexicano de la frontera; y desde allí cruzó andando hasta Brownsville, Texas. Con él estaban su madre, su hermana y el novio, un primo percusionista.

El día 11 La Crónica Diaria, periódico mexicano, informaba: “la represión de los meses recientes fue uno de los principales aspectos de mi decisión”, cita extraída de una nota publicada por The New York Times luego de una conversación telefónica con Carlos Manuel. Pero hoy lo sabemos, Carlos no quiso decir eso, porque una frase así es un soplo vencido de un rencor que el cantante no representa. En su situación puede entenderse; si antes entendemos, claro, que Carlos Manuel no se exilió en busca del sueño americano, sino en busca del sueño de ser él.

Dream City fue quizá su primera decepción. Este era el título de una película que la productora estadounidense Trade Wing Films propuso a Carlos Manuel. El argumento: un exiliado cubano vive algunas peripecias mientras persigue el sueño americano. El film no se realizó mientras el salsero residía en Cuba debido a las tensiones políticas entre los países. Hasta hoy, no existe otra referencia a la película más allá de un par de notas de prensa fechadas en 2003.

No fue la Primavera Negra, ni censura ni represión. Carlos, eso seguro, nada sabía, ni le interesaba la política; Carlos, eso sí, era todavía en 2003 un tipo que cantaba lindo y meneaba bien la cintura. La única razón fue que, a Carlos, llegado el momento, Cuba ya no tenía nada para ofrecerle.

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“Malo cantidad” estuvo durante largo tiempo en la preferencia del público. Foto: Captura de pantalla de YouTube.

Desde 2003 no pasan en la radio cubana una canción de Carlos Manuel.

En la enciclopedia EcuRed no aparece su nombre; si lo tecleas, el sitio te redirige a Carlos Manuel de Céspedes. Si escribes la palabra Clan, sale Pedrito Camacho, quien luego de la partida de Carlos se quedó con los restos repatriados de la banda original.

Pero Carlos Manuel, Pruneda, Macías; habanero nacido en 1973, es hijo de un salsero aficionado y nieto de un cantante de ópera sin fama. Carlos, Carlos Manuel, bailó temprano, cantó desde los cinco años, estudió guitarra y algunas notas de piano. Comenzó cantando boleros y baladas, alguna que otra opereta de inspiración familiar. A los 17 conoció el son y la salsa en el grupo Mayohuacán, y fue allí donde se hizo famoso, tan simple, graciosamente, con una sola canción: Carapacho pa’ la jicotea.

Luego de un intento fallido de agrupación, funda en 1999 su Clan; seis meses después lanza su primer CD, Por la vena del gusto, y en 2002 publica Malo cantidad, su segundo álbum. Poco después, un tercero, Enamora’o, que termina por convertir al artista en el rostro cubano de la salsa.

Sin embargo, no aparece en EcuRed, y de insistir demasiado, el sitio aclara: “No hay resultados que cumplan los criterios de búsqueda”. Tampoco hay referencias de su trabajo en Mayohuacán, ni integra la nómina de músicos relacionados con Irakere, lista donde sí aparecen los nombres de otros exiliados famosos como Arturo Sandoval.

Al menos se sabe (se cree) que Carlos Manuel actuó en aperturas y clausuras de congresos, en reuniones de altos dirigentes, en Preuniversitarios en el campo, y fue aclamado en celebraciones sindicales. Se sabe que fue buen amigo de Pedrito Camacho, que dejó en Cuba a sus dos abuelos y que fue padre, sin saberlo, en el exilio. Se sabe que se cansó de la isla y sus cosas. Pero no se sabe por qué algunos odian a Carlos Manuel.

***

Tiempo después de llegar a los Estados Unidos, de vivir, pongamos, a menos de cien kilómetros de Manolín, el médico de la salsa, Carlos Manuel decide comenzar de cero; esto es, conquistar a un público que, aunque lo asimile, no es, no será nunca su público ideal. Comienza a presentarse en algunos clubes nocturnos en Miami cuando mejor va, otras veces canta al aire libre (como puede verse en un video en Youtube), sobre un escenario de tablas que por su rusticidad nos recuerda cualquier tarima en un pueblo insular. En el público, dos borrachos y una gringa ciclotímica que bailaba a ratos, siguiendo torpemente los pasos de Carlos; el cuerpo de baile, dos flacas politoxicómanas, desacompasadas, intentando una coreografía en su resaca.

En ese video Carlos canta Aclarando mentes, tema que comienza con esta frase, más bien un aullido: “Y me le dice a to’a la gente allá en La Habana/ que estoy en Mayami/ como me da la gana”. Pero, Carlos, eso todos lo sabían… era mentira.

Aunque debemos reconocer que Carlos ganó un premio al mejor artista de Latin Music en Canadá, y que grabó un par de discos, o un par de recopilaciones travestidas de sus éxitos. Ah, también cantó a dúo con Andy Montañez. Y esto, más o menos así, ha sido la vida de Carlos Manuel, quien una vez fue ídolo de juventudes cubanas, quien rompió records de públicos en sus presentaciones.

Lo cierto es que luego de esa etapa inicial en Estados Unidos, donde el salsero se vuelve noticia, cuando sus otros amigos exiliados van a verlo y le proponen una veintena de proyectos y le juran será el vocalista cubano más grande; luego de esa etapa en la que Carlos todavía está convencido de que tomó la mejor decisión de su vida, sucedió —debió ocurrir— la mayor desesperanza para un cantante: que no lo escuchen.

Y en el caso de Carlos fue peor, no solo no lo escuchaban, sino que solo querían escuchar aquellas canciones de cuando él, todavía tropical, habanero, no había viajado dos horas en taxi, cruzado una frontera, ni había tenido sus minutos de fama exiliada; cuando todavía no había intentado irse para ser él, para tener la libertad de aclarar en su página de Facebook (por alguna razón que imagino pocos entienden) que le interesan tanto los hombres como las mujeres.

Eso, algo así, ese tipo de libertad.

También en Facebook compartió mensajes de fe y comentarios sobre la vida eterna. Porque sí, y esto también lo sabemos, Carlos Manuel se convirtió en cristiano. Un hombre busca en Dios cuando deja de buscar en sí mismo. Pero no culparemos de todo a Carlos Manuel. La soledad del espíritu es terrible, y más cuando el país donde has nacido te borra de su historia cultural, y la gente con la que compartiste, a la que hiciste bailar, la que cantó tus temas dos, cinco meses seguidos, ahora por miedo o por rencor no te nombran. En fin, cuando se ha perdido el reino propio, solo queda el refugio del reino de Dios.

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Con la llegada a Estados Unidos, la popularidad de Carlos Manuel disminuyó de forma exponencial. La imagen es de su participación en el programa Cocinando con Yeikel. Foto: Captura de pantalla de YouTube.

En 2016 Carlos Manuel regresó a Cuba luego de 12 años. Vino a filmar el video del tema Mi corazón, junto a los reguetoneros Eddy K y Lenier. El clip cuenta una historia de amor y actúan dos niños y dos jóvenes que, por supuesto, hasta el instante mismo de la presentación, no supieron quién era, quién fue en algún momento Carlos Manuel.

Todos los que en 2002 tenían más de quince años sí lo reconocieron…

“No pudimos filmar en la calle porque en esos días Obama estaba de visita en Cuba, y no permitían filmaciones —respondió Carlos en una entrevista en el canal América TeVé—. “Sí me gustó la acogida de la gente que me recordaba. Decían, ‘míralo, es él’, y me dio mucha risa con una muchacha que dijo, ‘ay, míralo, con canitas’ —recuerda Carlos Manuel y, por un momento, se le nota un amor paisano, una felicidad infantil.

Porque Carlos Manuel es hoy un hombre feliz, que tiene fe, que seguro reza, pero no es un artista feliz. En una entrevista en el show televisivo Arrebatados, dice Carlos: “Tuve, tuve un tiempo difícil […] A mí me gusta estar aquí (en Miami). La gente me pregunta qué me pasa porque ya no escuchan una canción mía en la radio, porque ya no hago tantas giras. Es que todos los sitios de música cubana en el mundo pertenecen a Cuba. Entonces cuando te vas de Cuba, sabes, ya no tienes el mismo apoyo, ya nadie te escucha”.

Esto lo dice y gesticula, intentando dibujar con sus manos las figuras de su desgracia. Y lleva espejuelos de sol, si no, se diría que llora.

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Carlos, Carlos Manuel, que conoció a su primer hijo cuando había cumplido 10 años, que no vio morir a los abuelos que lo criaron. Carlos, Carlos Manuel, que en 2016 llevaba 15 años sin ver a su padre, que lloró cuando nació su hija y puso el video en Facebook. Carlos, que no importa cuánto publique en las redes sociales, no sobrepasa todavía los cientos de likes, no alcanza los dos mil seguidores. Carlos, Carlos apenas, que ya no serás tan famoso —al menos no como lo soñaste—, que no marcarás modas ni tendencias.

Y esto, quizá, ya no importa.

Igual tú no puedes zafarte el dolor de patria ni tampoco puedes zafarte a los amigos que se te quedaron, ni olvidar las tumbas de quienes amaste. Como tampoco te olvida ese público, el único que te quiso, y que dejaste aquí.

Y esto último, a fin de cuentas, es quizá lo único que importa.

 


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5 Comentarios

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  1. Dios no conocía ni la mitad de la historia de este popular artista, ni me acordaba que existía, gracias Cuba Lite por cía ni la mitad de las cosas que le sucedieron a este talentoso artista, gracias a Cuba Lite por la exclusiva

  2. Excelente. La historia más A menos de un médico que salió del Almejeiras; de un bailarín que emergia en el BNC; de un escritor con futuro promissor en la UNEAC…Cuando leo estás histórias me conforta saber que por lo menso tenemos precedentes: Los cíngaros rumanos; los mongoles en caballitos, los judíos en los tiempos de Nabu II je je. Del carajo la elipse…

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