Verde, casi oscuro (I)

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Foto tomada de cubatecuenta.com.

Que todo el proceso de captación para el Servicio Militar comience con alguien tocándote las pelotas es, lo sabemos luego, una señal. Y aunque dura una semana el bochorno de bajarte el calzoncillo ante un tipo que te dice, con un pragmatismo casi grotesco: “Súbete el pene. Tose”, no tienes tiempo para lamentarlo mucho en ese momento porque igual, todos al lado tuyo esperan su turno. Por eso, y porque una semana después tienes que dejarte la cabeza lisa, overa, y con ese esquileo obligatorio comienza la verdadera vergüenza, las sumisiones… Todo tipo de acatamientos irrevocables.

El servicio militar es una secuencia de eventos traumáticos, una serie de despojos que en Cuba comienza esa mañana en que te bajas el calzoncillo.

Días después, cuando llegas a una unidad militar (a pasar el entrenamiento conocido como “Previa”), cuando te dan dos mudas de ropa verde, un sargento instructor, con media risa, te dice: “te recomiendo que cojas una talla menos”, ya sabes que lo último valiente que hiciste fue enseñarle los huevos al médico.

***

En un par de semanas tuve que ajustar el cinturón tres veces. Pesaba diez libras menos el primer domingo que permitieron la visita de las familias. Fue después de la una de la tarde, recuerdo, porque es imposible olvidar aquella imagen de cien hombres comiendo al mismo tiempo, con la premura del vagabundo, sin levantar las cabezas peladas. Había que zampárselo todo en el momento, porque no dejaban llevar comida a los cuarteles. Yo lo hice así aquella primera vez, pero aprendí rápido una serie de trucos de supervivencia mucho más prácticos que el camuflaje estúpido de los entrenamientos. Escondía paquetes de galleta, ruedas de jamón, incluso latas de refresco dentro de la camisa que me iba anchísima. Luego guardaba la comida entre los tubos de la litera, en huecos del colchón, algunas veces en la oficina de uno de los instructores, a quien corrompí por su afición a las galletas tipo sándwich, sabor fresa.

Por eso digo que durante el Servicio Militar no enseñan supervivencia; uno aprende cómo sobrevivir entre la mierda verde casi por instinto. Era imposible aprender nada en formaciones de una hora bajo el sol, a mediodía, mientras los soldados esperábamos para entrar al comedor, donde había que tragarlo todo en cinco minutos (arroz, frijoles, de ordinario, picadillo; mermelada), entregar la bandeja y eructar fuera, ya mientras un instructor dolido por su fatalidad geográfica (él bajo la sombra) mandaba a formar otra vez al sol durante la media hora de su reposo…

Nos hacía entender cómo se derriten los muñecos de nieve.

Treinta y cinco días de arrastrarme, de enmascararme con tierra y hundirme en la yerba; correr, tirarme en una trinchera, armar y desarmar un fusil de asalto en un tiempo cronometrado que jamás logré… Llegaba a la noche en pedazos, aturdido entre frames continuos de vapor y maleza, con alfilerazos en los huesos. Igual, teníamos que ver la Mesa Redonda e incubar una charla política antes de dormir.

Y el albergue era un infierno micótico, lugar donde el sopor del día emanaba de los cuerpos con hedores bien definidos. Jamás olvidaré aquella epidemia de hongos ni cuánto sufrieron los pies de Yoandri por esa plaga bíblica que le provocó una pestilencia terrible, como si entre los diez dedos le cupiera todo un pueblo de cadáveres descompuestos. Yoandri, que hizo el juramento una semana después porque el día 32 ya tenía un pie verde y le brotaba una fungosidad blanda y amarillenta. Nadie imagina cuánto sufrió.

***

La graduación fue el día 37. Nos formaron, izaron la bandera. Estábamos bajo el sol, frente a las familias, frente a las novias de antes que no durarían luego. Cantamos el himno con la mano en el pecho, y después el sargento mayor dio voces de mando para iniciar el desfile. Media hora de marcha —paso de revista, paso corto, paso doble corto, desplazamiento, tomar distancia—. Entonces nos formaron de nuevo. Un coronel gritó ¡firme! y todos nos estiramos, rectísimos, y lo saludamos con la mano derecha plana contra la sien. Felices, dichosos, casi… Estábamos amaestrados.

No te pierdas la segunda parte:

Verde, casi oscuro (II)


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