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“Sex Education”: más “education” que “sex” (y por qué eso no es malo)

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Otis y Maeve en una de las escenas de Sex Education. Foto: Netflix.

Para crear Sex Education, Laurien Nunn se valió de una receta aparentemente simple: juntó en un mismo sitio a adolescentes de instituto, planeó un arsenal bastante pintoresco de dilemas sexuales, dispuso mucho de moda ochentera y al final le dejó caer bastante y buen humor. Todo ello generó una de las mejores sorpresas que nos dejó Netflix en el último año.

El joven Otis Millburn (Asa Butterfield) comienza el pre y, con ello, llega a su vida algo que siempre ha intentado mantener al margen: el sexo. Resulta que ese es un asunto que le tiene harto, pues su intensa madre (Gillian Anderson, la Dana Scully de X-Files) es una reconocida terapeuta que ayuda a personas con problemas de alcoba. No obstante, el mayor contratiempo del chico se presenta un día, cuando después de aconsejar a un estudiante que pasa por situaciones incómodas con su novia, empieza a convertirse en una suerte de gurú sexual dentro de la escuela. Lo único malo de sus vastos conocimientos es que solo son teóricos.

Por el camino, aparece Maeve Wiley (Emma Mackey), una muchacha que es lo opuesto a él en casi todos los sentidos. Ella se convertirá en su mediadora con los “clientes”, y ambos ganarán algunas libras esterlinas por explicarle a sus ignorantes colegas cosas como que los hombres también fingen el clímax o que la clamidia no se transmite por el aire.

El trasfondo de la serie, más allá del chiste que sobrevuela alrededor de la mayoría de las conversaciones, es exponer la pésima educación sexual que reciben los adolescentes de la actualidad, quienes en esta etapa de despertar lujurioso se ven desnudos —a veces literalmente— ante situaciones sobre las que saben poco o nada.

También se atiende a aristas tan opuestas como la pansexualidad y la asexualidad, pasando por las relaciones platónicas y hasta por las maniobras de higiene relativas al coito anal. Igualmente, el guion también va hacia temas como el acoso, el asalto y los traumas que pueden provocar en la juventud de hoy. En resumen, podemos decir que en sus episodios, cargados de chistes sobre erecciones y falsos orgasmos, hay dosis nada despreciables de correcta y consciente… educación.

Las situaciones se presentan sin demasiada censura y, aunque el desnudo nunca es parte de la ecuación, sí podemos ver en pantalla eyaculaciones más o menos precoces, caras orgásmicas y toneladas de jerga “sucia”, elementos que, de forma sincera y nada vulgar, nos retratan una parte de la realidad que suele ser vista con demasiados prejuicios y trabas mentales.

La forma de contar, con escenas cortas y un ritmo vertiginoso de sucesos y palabreo, hacen que las temporadas —de momento son dos, de ocho episodios cada una— se vayan más rápido que un pomo de Nutella al alcance de un menor de edad. Así de bien lo han hecho los de Netflix, quienes cada vez menos sorprenden con su capacidad de continuar acertando.

Se nota la construcción de personajes como uno de los puntos más fuertes de la serie, pues si bien se impone en muchos casos la usual representación de estereotipos satirizados, luego hay muchísimos matices perceptibles más allá de las máscaras que se presentan en primer plano.

Todo lo anterior es posible gracias a un nivel actoral que podríamos calificar de excelso, y una envidiable química en pantalla que transforma a cada rol y relación en algo con lo que podemos identificarnos mientras soltamos el estómago riendo y le damos un repaso a asuntos de origen sexual que en ocasiones pasamos por alto.

Además de los protagonistas, es justo romper unas cuantas lanzas en nombre del resto del reparto, que más que un apoyo desde la segunda línea se percibe como el soporte que todo grupo de estrellas pediría.

Entre ellos, Ncuti Gatwa es uno de los mejores. Con su papel de Eric, chico afrodescendiente, homosexual y mejor amigo de Otis, se roba el show como el comic relief y nos muestra las dificultades inherentes de alguien que lucha cada día por ser parte de un mundo que todavía no logra entenderlo totalmente.

Pasa una cosa muy particular con Sex Education: cualquier seriéfilo medianamente avezado podría prever casi todo lo que sucederá en su trama, algo que nos han enseñado muchos años de dramas juveniles al estilo de Dawson’s Creek, The O.C.  y One Tree Hill.

Pese a ello, el triunfo de esta propuesta radica en mantenernos enganchados ante la posibilidad de volver sobre senderos trillados. La serie sobrepasa la predictibilidad de sus arcos argumentales gracias a una construcción coral que se centra en presentarnos gente a la que podríamos conocer cualquier día de estos. Sex Education es entrañable, tierna, terrenal, absurda en ocasiones y sobre todo divertida ¿Hace falta más?


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Sandy Mederos

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