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Sígueme para más consejos: “Black out”, memorias con alto nivel de alcohol

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María Moreno es autora, entre otros, de libros como Vida de vivos, Banco a la sombra y Teoría de la noche. Foto: Clarín.

Volvemos con otro trailer sobre un libro que bien pudiera parecer un pastiche, casi ecléctico, pero no es ni una cosa ni otra. No es ensayo, no es testimonio, no es un diario. Pudiera ser, en resumen, una novela que condensa todo lo anterior a partir de un cóctel con elevados niveles de alcohol.

Black out fue, según The New York Times, uno de los 10 libros que marcaron el 2016. Podríamos decir que es la obra total de la argentina María Moreno (Buenos Aires, 1947), cuyo nombre real es María Cristina Forero, periodista y narradora. A través de sus páginas, la autora rememora espacios de su vida, signados por la presencia de la ginebra, el whisky y otros sucedáneos, mientras recorre etapas de la condición humana que emana de los bares y otros territorios, digamos, ampliamente “literaturizables”, como la casa de la infancia, las plazas, los amigos, la familia, las referencias culturales de ocasión…

Pero ya vamos a pasar a los primeros y últimos frames del verdadero trailer, que son estos fragmentos que te traemos a continuación:

Le pedí a M que me reemplazara en la ceremonia. La esperé bebiendo en un bar frente al cementerio. M tiene la virtud de no perder la sangre fría en ninguna circunstancia. Cuando todo terminó, vino al bar, se pidió un café y comenzó a quejarse. Creo que no calibraba el lado cómico de su relato. Para colocar el féretro de mi padre hubo que reducir el cadáver precedente. Trozarlo hasta que los huesos ocuparan menos espacio, cambiar a una urna las cenizas de las partes incineradas. Deduje que eran los de mi abuela materna. Se me ocurrió que el tabú del incesto primaba bajo tierra: féretros y urnas separaban lo que sería polvo, y aun polvo común. M me contaba que no fue suficiente con mi abuela. También hubo que reducir a su hijo menor, muerto en un accidente de ómnibus. Mi padre no había sido un familiar simpático; mi abuela prefería a su hermano y allí estaba el odioso Cristobita imponiendo su corpacho y su féretro colorado: siempre había sido un extravagante. Le canté a M un trozo de “Boda negra”. Se escandalizó. En cambio le parecía natural darme esos detalles escatológicos. Hábil administradora, mascullaba contra la rapidez de las acciones de los enterradores, más destinadas —según su impresión— a no atrasar los próximos entierros que a la cortesía hacia los deudos, obligados a optar entre la integridad del muerto reciente y la de los anteriores, quizás ya moderadamente olvidados. Pensé en las pilas de Auschwitz, en el terrorismo visual de lo numeroso en la Historia, y en su opuesto, la pequeña pila de huesos fruto del destino biológico de uno solo, que ha gozado de una inscripción en su tumba, un par de placas con frases sentidas, a veces ambiciosas (esas latinadas ofrecidas a quien nunca las leerá), mientras bajo tierra los plazos municipales van favoreciendo una orgía sin carne que la madera podrida liberará en una composición caótica hasta que una deuda prolongada la destine a la fosa común”.

***

“Lisina = cadaverina. Diaminobutano o butanodiamina = putrescina. Cada vez que moría un familiar querido y de edad avanzada, mi madre recitaba los químicos de la muerte en largas parrafadas modernistas, para concluir con una sentencia: “Estaba en edad de morir”. Objetivaba la descomposición de la carne en fórmulas cuyos números y letras la defendían del duelo, en este caso un duelo retrospectivo luego de muchos años de separación, hecho de capas de olvido sedimentadas sobre un amor muy antiguo por el que había sido el único hombre en su vida. M me contaba que, durante toda la ceremonia, permaneció sin llorar pero yo imaginé sus ganas de desplazar la atención prestada a su ex marido hacia su propia fragilidad y desdicha. Cuando el empleado de la funeraria preguntó cuáles de los hombres presentes se ofrecían para llevar al hombro el ataúd, tres amigas lesbianas dieron un decidido paso hacia adelante. El ataúd enfiló hacia la tumba con movimientos desiguales ya que mi hijo, que había tomado una de las manijas, era más alto que mis amigas. M me hacía el relato sin reírse; seguía indignada por el precio de la reducción de huesos”.

***

Como para mi madre, quizás por una deformación profesional, hay que decirlo, todo roce era peligroso, y todo beso un intercambio de microbios, la epidemia de parálisis infantil le dio nuevos argumentos para que un algodón embebido en alcohol se colocara entre el mundo y yo para protegerme: sobre el lomo del caballo de la calesita, en las manos, luego de jugar con los niños desconocidos de la plaza, en la palangana en la que prendía fuego para calentar el cuarto, seguramente más como un rito de purga medioeval que para improvisar un calefactor de pobre. Cuando íbamos de vacaciones, llevábamos, como si se tratara de un escudo de armas, la tabla del inodoro. Si era imposible infiltrarla en un baño que no fuera el del cuarto del hotel, mi madre entraba conmigo, sacaba la botellita de alcohol y frotaba la tabla durante un tiempo que siempre parecía excesivo. En ocasiones también le prendía fuego. Usaba una dosis adecuada que no dejaba huellas. Era una verdadera experta. Esta es otra de mis ficciones del alcohol y con un sentido psicológico: si colocar alcohol entre el mundo y uno significaba protección y seguridad, yo tomé el mensaje al pie de la letra”.

P.D: Recuerda que puedes descargar el libro en nuestro canal en Telegram (@CubaLite).

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