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Vida breve

2 min


Foto: Marcelo Leal/ Unsplash.

Había puesto en la agenda del móvil: La vida es invasiva; hacerse cargo de la muerte de otros. Había visto al hombre con los tubos pasándole de la nariz al cuello y del cuello a los pulmones, lo había visto boquear, flotar con los ojos cerrados, desaparecer con los ojos blancos y regresar por un impulso externo: un trompón, un grito, una caja de jugo.

Había visto pegarse el absorbente al cielo de la boca de aquel hombre y había confundido el cielo de la boca con la lengua o con no sé qué. Lo había visto flaco, con la camisa abierta hasta la barriga y el pecho huesudo, con frío. Luego lo había arropado, le había hablado del mundo y de las cosas, de los cigarros y las olimpiadas, de la rotura del televisor. El hombre hacía: jum, jum. Se molestaba. Cerraba los ojos. El médico decía que había que mantenerlo despierto. El hombre de pelo graso, blanquecino, bocarriba, con las venas pinchadas y una dextrosa cayéndole a gotas hasta el corazón. El hombre nauseabundo. El hombre gris. Hombre con barba sucia.

La sala llena de viejos encueros sobre las camas, ocho o nueve camas, huesudos, con sus pinchos y sus muertes y esos tres médicos llenando hojas, esperando el arreglo de las máquinas de hacer no sé qué exámenes. La muerte misma viniéndose encima del hombre y de los hijos de los hombres que esperan aquí afuera, desgastándose. La noche y la miseria que empiezan a caer sobre el hospital. La muerte del de al lado. El hombre grave, el hombre inconsistente, chupando el absorbente y embarrándose y aguantado de la vida por la lengua. ¿Quieres fumar? Sí, quiero. ¿Quieres agua? ¿Quieres un tubo desde la nariz hasta la garganta y hasta los pulmones? ¿Quieres que tus pulmones empiecen a ser un aparato electrónico que empuja el aire hacia tu cuerpo? ¿Quieres?

Ya llevo 24 horas en esto. Debo salir y fumarme un cigarro, comprar dos pizzas, esperar la escara, esperar en el frío de la silla, en la cabeza de las enfermeras, en la ambulancia, esperar que mi vida empiece a estorbarle a alguien —a mi hijo, probablemente— de la misma forma que el cansancio ha logrado que me estorbe la vida de este hombre, que cuando estuvo sano pudo haber sido mi padre o mi abuelo. Porque soy la cabeza del ratón, la lucha contra mí mismo, una navaja herida, y ni siquiera puedo decidir si enciendo el cigarro o no.


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