Viñeta Vulgar: Silvio

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Silvio Rodríguez en Avellaneda, Argentina. Foto: Kaloian Santos.

Llevo doce minutos pensando y no recuerdo, en una canción, un tramo verbal más pródigo que “tú me recuerdas las cosas, no sé, las ventanas”. Probablemente sea por el “no sé”, donde Silvio parece volver, ligeramente, al impúber de las primeras imágenes en la televisión, cuando decía a las cámaras: “Es sed, por Silvio Rodríguez”. Nunca hemos sabido desprendernos de ese verso de Esto no es una elegía como nos hemos desprendido, sin llegar a notarlo, del “me muero como viví”.

Nos vamos desprendiendo, por defecto, de algunas cuestiones. De algunas cuestiones en su versión inicial: las despedidas, por ejemplo. Las despedidas, a edades más tempranas, eran para nosotros los viajes de otra persona: el otro se iba a alguna parte. No había mucha explicación alrededor de que el otro se fuera, porque irse era un movimiento simple. Después, con las circunstancias, las despedidas se convirtieron en algo distinto. Nos acostumbramos a la novedad y nos apartamos de las viejas despedidas, tan ingenuas.

Del “me muero como viví” nos vamos, sin enterarnos, tan lejos como podemos. El “me muero como viví” es un salmo demasiado perfecto, como lo es, en Canción de invierno, “la angustia es el precio de ser uno mismo”. Nos aterra tanto la perfección que nos marchamos, sin quererlo, de todo lo que pueda significar, al menos en teoría. Somos el “hombre nuevo” que fracasó por ciertas tecnocracias sentimentales: años después, prevaleció, en muchos de los futuros hombres nuevos , lo que Guevara llamó «autosatisfacción de sus ambiciones»; ambiciones que pueden ser tan exhaustivas como recordar «las cosas, no sé, las ventanas».

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