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Conversando con Yaima Ramos, la actriz cubana que triunfa en España y sueña con trabajar en su país natal

10 min


Yaima Ramos. Foto tomada de su perfil en Instagram (@yaima.ramos.rodriguez).

Serie Mar de Plástico (2015): el motivo central de la trama es un asesinato, pero no nos interesa ahora enfocarnos en la historia principal, ni en sus protagonistas. Si miramos hacia otra de las temáticas que aborda la producción de Antena 3, pudiéramos pensar que parece basarse en cierta parte de la vida de una de las actrices que integra el reparto.

Fara (Guineana): -Tengo miedo, marchémonos a Murcia, alejémonos de este sitio.

Caleb: -Yo soy tu hermano mayor y digo que nos quedamos.

Yaima Ramos Rodríguez: “llegué a España con diez años. La verdad es que los primeros tiempos los pasé muy mal y quise volverme a Cuba. Llegas a un lugar en el que te repiten por activa y por pasiva que no es tu país. Los niños pueden llegar a ser muy crueles. Durante los dos primeros años recibí muchos insultos, sobre todo raciales, relacionados con mi color de piel. La adaptación no fue nada tranquila, tardé dos años en eso, y al tercero me di cuenta que mi vida empezaba aquí y que yo tenía que tirar pa´lante en este lugar y ya está, no había más. Eso era lo que me tocaba en ese momento, pero lo comprendí cuando tenía alrededor de 13 años”.

Fara: -Nos desprecias por el color de la piel.

Lucas: -Es que deberíais de quedaros en vuestro país, aquí no hay sitio para vosotros.

Cubacitas

Yaima Ramos Rodríguez es una actriz y bailarina, nacida en Cuba, que da vida a Fara en la exitosa serie Mar de Plástico.

Al preguntarle ¿cuánto hay en Fara de esa niña que llegó a España con diez años?, la respuesta fue la siguiente: “demasiado, me acordé mucho de mí cuando llegué, sobre todo por el tema del racismo, la no aceptación. Ella no quería estar donde estaba, ella quería irse. Me identificaba con mi periodo de adaptación en España, me enfoqué mucho en esa Yaima pequeña. Hice mucha memoria, hablé con mis familiares para que me recordaran cómo era yo en esa etapa, los humores que tenía. Fara tiene muchas cosas de esa niña pequeña que no se siente en su sitio, que no se siente protegida…”.

Esa serie de Antena 3, la primera gran producción en la que participó la joven actriz, cambió su vida. “Mi historia, antes de salir en la televisión, era la de una chica que bailaba: una bailarina que entraba en competiciones, sobre todo, de salsa, bachata, hip hop. Llegué a ganar algunos campeonatos a los 16 años. Iba, hacía mis bolos, volvía y tenía que trabajar por la noche, luego a la mañana iba a la filmación de un videoclip y después a mi academia donde estudiaba interpretación. Era feliz, aunque quería hacer más. Sobre todo, me gustaba que no me conociera nadie. Más tarde, la serie tuvo tanta repercusión que no era capaz ni de tomarme un café con una amiga. En mí, marcó un antes y un después, eso seguro”.

Yaima quiere dejar una huella. “Siempre tiro a ir más alto”. Tiene fe, apuesta por el poder de la atracción. “Creo en la religión yoruba y en Dios, pero prefiero llamarlo energía universal. Sé que hay algo, pero no sé qué es. Dejé mensajes desde lo más profundo de mi corazón (se refiere a su sueño de ser actriz) y, sin imaginarlo, un día pasó y ni yo me lo podía creer. Cuando pides cosas y las deseas de verdad y de buena intención, el universo hace que se exprese de esa manera y puede que tarde un tiempo, pero cuando menos lo esperas explota y te lo pone delante. Es impresionante”.

Yaima Ramos se fue de Cuba a muy temprana edad, pero no para de soñar con actuar en su país natal. Foto tomada de su perfil en Instagram (@yaima.ramos.rodriguez).

Lleva una especie de enumeración de deseos, que poco a poco va cumpliendo. Esta entrevista es parte de ello. “Para mí es un orgullo que personas de mi país quieran saber de mí, este es uno de mis sueños que se va cumpliendo; otro es hacer una película cubana en Cuba, o cine internacional, pero grabarla en Cuba. Para mí sería genial, y para mi familia ya ni te cuento. Ahora mismo te lo estoy contando y no paro de sonreír, sería como tachar otro anhelo de la lista de sueños”.

En La Habana dio sus primeros pasos. “Mis años allá los recuerdo con mucho cariño, sobre todo por el ambiente familiar. Evidentemente ya han pasado mucho tiempo y se me olvidan ciertos detalles, pequeñas cosas, pero recuerdo mi infancia. Yo fui una niña muy hiperactiva desde siempre, me gustaba hacer deporte, me acuerdo que mi abuela materna me apuntó a ballet y a un polideportivo que había en La Habana Vieja, donde vivíamos, en la calle Cuba, frente de la Iglesia de las Mercedes. Mi otra abuela por parte de padre vivía en Centro Habana y también la visitaba mucho”.

Desde muy niña tenía la convicción de que quería dedicarse al mundo del arte. “Cuando todavía no sabía hablar, hacía como que tenía un micro y cantaba. A medida que fui creciendo me encantaba dibujar y, según mi familia, para mí lo que hacía eran verdaderas obras de arte, y luego iba a mi abuela y le decía «mira, te tengo un regalo que me ha costado mucho trabajo». Eso es algo que se me quedó de ella: «a mí me cuesta mucho sudor y lágrimas poner la comida en la mesa». Con seis años, me ponía a cantar frente al espejo a grito pela`o. Parecía que estaban matando a un gallo en mi casa. Me ponía una toalla en la cabeza y hacía como que actuaba, iba bailando por todas las habitaciones, iba diciendo «ay, me duele», les hacía bromas a mis primos. Siempre fui la dramática”.

Salió de Cuba hacia España, pero ya su abuela le había advertido que el camino del arte no era cosa fácil. “Me explicó qué significaba ser actriz, el sacrificio que conllevaba”. Una vez en el país europeo se lo tomó en serio. Pasó cursos de danza y actuación.

Yaima recibió mis preguntas primero por correo electrónico y, mientras conversamos vía Whatsapp, las va leyendo, a modo de guía.

“¿Entre la danza y la actuación qué te conmueve más? Me encanta esta pregunta. Lo tengo muy claro y con los años me he dado cuenta, después de haber estudiado mucho las dos partes, y es que sin baile no hay actuación. La interpretación depende del mundo de la danza; al fin y al cabo, es una coreografía, ya sea verbal o en movimiento. Como actor, estás hablando y te estás moviendo, y tienes que repetir la misma escena: te tienes que mover sobre unas marcas para que la cámara te pueda enfocar bien y para que la luz te dé lo justo y lo necesario para que se ilumine el rosto; eso, digamos, llega a ser una coreografía. Por otro lado, el baile sin la interpretación no sería un baile del todo: tú interpretas la música; si es salsa, pones cara de sexy; si es kizomba, pones cara de sensual; si es danza contemporánea, dependiendo de qué sea, puede ser más sufrido, o con más emoción. Las dos van de la mano. No puedo elegir a ninguna. Van juntas”.

“¿Cuán difícil es abrirse camino en el mundo del arte en un país como España? Si te digo la verdad, esta es una pregunta de doble filo. España es un país que al arte le tiene un cariño y un apoyo especial. Es decir, apoyan el arte, pero no todo el mundo al 100%. No todo el mundo ve bien dedicarse al arte, pues es un camino duro e inestable. Es complicado y actualmente lo sigue siendo. Sucede algo similar en otros sitios: los mismos actores en las mismas series, y pocas veces dejan un pequeño hueco a los nuevos, a los que están empezando, pero cuando esto último pasa es maravilloso. Es difícil, pero cuando lo consigues es muy bonito porque ves el apoyo que te da la gente, pero tienes que llegar ahí para ver ese apoyo”.

Yaima Ramos. Foto tomada de su perfil en Instagram (@yaima.ramos.rodriguez).

Aunque es una pregunta que le han hecho antes, me arriesgué: ¿cómo llegó a la serie Mar de Plástico? “Este cuento es bueno”, dice y se ríe. “Yo salía de la academia, recién graduada como actriz, luego de terminar los cuatro años de interpretación. Luego hice un montón de cursos y busqué aprendizajes externos que también son necesarios. Mientras estaba en uno de esos cursos con el director Santiago Zannou, un día tuve dos castings. El primero era para un musical en el que me escogieron, pero tuve que dejarlo porque no podía compaginarlo con la serie. Con una hora de diferencia, tenía el de la serie. Fui feísima, con el típico moño recogido del ballet, sin maquillar ni nada, con el texto repasándomelo rápido. Hice el primer casting, luego me mandaron a otro, me dijeron que querían verme y ya fui más preparada, con el pelo suelto, con el texto repasado y, aunque piden que uno no se maquille, yo me eché un poquito de base. Ese día debían hacerme dos pruebas y me hicieron solamente una. A mí me extrañó, pensé que no me habían hecho el otro porque no les había gustado, pero luego me enteré de que las directoras de casting se habían quedado tan embobadas viéndome que se les olvidó el otro. Fue muy divertido. Tuvieron que volver a citarme para el próximo y después tardaron casi dos meses en darme la respuesta. Yo ya daba por sentado que no me había cogido, y cuando me enteré que me habían aceptado, me eché a llorar por 45 minutos. No te digo más y te lo digo todo”.

Así se convirtió en Fara. “Yo ese personaje lo trabajé, le di mucha vida, cuerpo, realidad, porque era mi primer trabajo y tenía que intentar dar lo mejor de mí. A día de hoy no estoy muy contenta, pues creo que podía haberlo hecho mucho mejor. Ahora que soy un poco más mayor y estoy un poco más curtida, pienso que lo habría hecho de otra forma”.

El primer día de rodaje de Mar de Plástico, “aunque yo estaba habituada en la academia al tema luces y cámaras, pensé que lo iba a llevar bien, y cuando llegué me entró un mar de nervios y, de tanto centrarme en ellos, mi mente empezó a confundir el el texto. El director lo notó, pero fue muy simpático. Todo el equipo fue muy comprensivo, me ayudaron mucho. Me tranquilizaron y gracias a eso pude sacarlo perfecto, dentro de lo que cabe”.

Luego vinieron otras series. Participó en Esclavas (Telecinco, 2016), donde tuvo la oportunidad de conocer al personaje cuyo rol encarnaría en la ficción, y eso la ayudó a dar credibilidad a su interpretación. Este año estuvo en el reparto de La Valla (Atresplayer, 2020) y aquí pudo cumplir otro de los sueños de su lista: compartir escena con dos actrices a quienes idolatraba mientras era estudiante de actuación, Olivia y Ángela Molina.

Ha actuado, además, en musicales y en algunos espacios publicitarios como la lotería de navidad de 2014. Según Yaima, existe una diferenciación entre “los actores que hacen series y los que hacen publi, son como dos mundos separados”.

Del mundo de la actuación agradece especialmente a Pilar Moya y Santigao Zannou, los primeros en fijarse en ella y darle una oportunidad. Luego ha conocido a más personas, algunas de los cuales considera familia.

“Yo soy actriz, pero necesito vivir. No se me caen los anillos. He trabajado de camarera, de bailarina, dando clases, dependienta de tienda… yo sé de dónde vengo, no soy pretenciosa. Todo el mundo se cree que la vida del artista es estar siempre en el estrellato y no. Es muy difícil llegar y, una vez que llegas, lo difícil es mantenerse, no siempre todo el mundo se mantiene”.

Al escuchar hablar a Yaima Ramos, no parece cubana. Tampoco lo parecía en Mar de Plástico. “La pregunta sobre los acentos me gusta mucho. Puedo hablar como colombianos, venezolanos, dominicanos… y la gente se cree que pertenzco a esos países, por lo bien matizados que tengo sus formas de conversar. A la hora de hablar como los cubanos tampoco me cuesta”.

El acento no es lo único de cubanía que queda en ella. “A la hora de bailar salsa se me nota muchísimo, cuando me tengo que soltar el pelo y bailar con la Charanga, con Havana DPrimera, o reguetón, con Yomil (bueno, El Dany ya no está, algo que me dolió y lloré, pues yo los seguía bastante) o Chocolate, se me suelta el cubaneo. También se me nota mucho cuando me cabreo, me enfado y me salen expresiones, manoteos…”.

Luego de 17 años, regresó a la isla que la vio nacer, por 17 días “uno por cada año que había faltado”, entre finales de 2015 e inicios de 2016. “Estuve en un ámbito familiar, para reunirme con mi abuela que ya estaba muy enfermita. Hace dos años falleció. Tengo ganas de volver, coger un auto y recorrer toda Cuba, hay muchos sitios que no conozco”.

Quedamos en una tarde para hacer esta entrevista, pero su agenda no permitió que fuera en ese momento. Al filo de las dos de la madrugada en España empezó a responder. “Si no te importa, mientras voy respondiendo iré cenando. Así es mi vida. Estoy muy ilusionada con la entrevista”. Después de algunas preguntas: “me estoy dando cuenta de que son las dos y media de la mañana y mi alarma sonará a las 9:30 AM, pero no te preocupes que seguimos pronto. Tengo dos reuniones, pero a la hora de comer no tengo nada; bueno, sí, comer, pero me refiero a que tengo tiempo para responder. Puedo hacerlo entre las tres y las cuatro. A las cinco tengo que ir a un sitio, pero yo creo que dará tiempo ¿Crees que dé tiempo?”.

Su vida es ajetreada, aunque en un día normal se describe como “vaga”. No le gusta cocinar, pero sí limpiar y organizar. Ve series y pasea a sus mascotas. “Tengo dos hijas: Kiara, una perra de cinco años en etapa adulta rebelde, y Bastet, una gata que se iba a llamar Wakanda”. A ambos animales los recogió, los cuidó y, cuando intentó buscarles hogar de adopción, estaban demasiados adaptados a ella y se los tuvo que quedar.

Entre pregunta y pregunta, anduve revisando sus perfiles. Dice Yaima que las redes sociales están para eso. Su Instagram nos habla de ella. En sus historias están sus amigos, se divierte, baila. No escapó del fenómeno de TikTok en la cuarentena.

Son las dos de la madrugada y todavía habla como si afuera estuviera el sol. Su voz no se escucha cansada. Luego me dice que mientras respondía, su amiga Trisha Fernández la escuchó y le dijo que hablaba diferente. “Tienes una mezcla de acentos que suena a un latino neutro, me dijo, y mi respuesta fue: «estoy hablando con una cubana y no quiero hablar cubano, porque no lo hablo en mi día a día, pero tampoco me sale hablar español castellano perfecto, como cuando hablo con alguien de aquí en alguna reunión» (ahí se notó un cambio en la voz). A veces los acentos mandan en mí”.

Yaima Ramos en Mar de Plástico. Foto cortesía de la entrevistada.


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