Yosvani Peñalver: “Nunca van a conocer de tu calidad si no te destacas” (+ Fotos)

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Peñalver debe ser un hombre importante en la ofensiva de Industriales. Foto: Cortesía del entrevistado.

“El juego estaba empatado a cuatro carreras. Había hombres en primera y segunda base. Éramos home club y nos tocaba batear. Era la parte baja del noveno inning en un juego de pelota de la Serie Nacional para menores de 23 años, en el estadio Victoria de Girón. Artemisa contra Matanzas”, recuerda.

Yosvani Peñalver, mulato alto de 21 años, miraba el partido desde el banco artemiseño. Otra vez su nombre no figuraba en el papel de la alineación oficial. El equipo pasaba por una mala racha y necesitaban la victoria.

“Nos jugábamos la clasificación. La tensión era alta. El pitcher se recreaba con cada lanzamiento. Me desesperaba desde el banquillo. Veía también la impaciencia de mis compañeros en las bases”.

“No vine hasta aquí para animar el juego desde el banco, pensé. Bastante alterado le dije a Jorge Luis Machado, el director: «Compadre, creo que ya me toca. Ponme que yo sí puedo»”.

En sus muñecas estaba la posibilidad de ganar. Se paró en el cajón de bateo. Adoptó la posición y esperó el lanzamiento. Hizo el swing y encontró la pelota, ¡línea entre right y center! Ganaron.

“Cuando era niño, con siete años, mis padres me recogían en la escuela a las tres de la tarde. Caminábamos desde el municipio Diez de Octubre hasta Coca Cola, el terreno donde entrenaba en el Cerro. Con 10 empecé a ir solo porque a mi mamá y a mi papá les coincidía con el horario de trabajo”.

Antes de jugar béisbol, Yosvani fue basquetbolista y karateca. Su tío, el ex lanzador de los Industriales, José Modesto Darcourt, fue quien lo encaminó al deporte de las bolas y los strikes. “Él quería que fuera pitcher. Decía que para llegar rápido a la Serie Nacional era la mejor vía, porque soy alto y zurdo. Como bateador demoraría un poco más, porque hay muchos y de muy buena calidad”.

Pero Peñalver no quería pararse en la lomita, quería estar en primera base o en el center field. Con 20 años no había podido incorporarse al equipo de Metropolitanos ni de Industriales. Por aquel entonces, la capital contaba con estos dos equipos.

Tres años transcurrieron sin poder integrarse a ninguno de los dos elencos. Veía a amistades contemporáneas que habían jugado con él en las categorías inferiores, incluso, jugadores más jóvenes, llegar a la Serie Nacional. Estaba estancado y eso lo frustraba.

Un domingo de 2013, mientras veía en su casa un juego entre Industriales y Pinar del Río, llegaron unos amigos de San Cristóbal, municipio artemiseño ubicado a 92 kilómetros de La Habana.

“Preguntaron si me gustaba la pelota. No solo me gusta, les respondí, también la juego, pero hacer equipo en La Habana es complicado.”

—¿No has pensado en ir a jugar a otro lugar?— preguntó David Sánchez, un amigo de su papá que estaba ahí.

“Dije que sí, que quería, pero no tenía a donde ir”.

—Mañana mismo vamos a coger un camión que nos vamos para allá—  respondió Sánchez.

“En ese momento vi una puerta abierta. Los peloteros de San Cristóbal aún entrenaban para la Serie Provincial. Hablamos con Armando Gálvez, director del equipo, me aceptó y a partir de ahí el pueblo de Artemisa, que apenas conocía, se convertiría en mi casa”.

Le resultaba imposible viajar todos los días de La Habana a San Cristóbal por el largo recorrido, por el desgaste físico que implicaba. Yosvani tuvo que adaptarse a vivir en la Academia de Fútbol del municipio, la opción que le ofreció el director del equipo. En un cuartico, con condiciones básicas: una cama pequeña, un ventilador, par de percheros en un closet donde colgar la ropa.

—Cuando no podía quedarme ahí por alguna cuestión determinada, Armando y su familia dejaban que me quedara en su casa. En esos días, fui un miembro más. Mi agradecimiento con ellos es eterno.

Ese mismo año, por primera vez en la historia, San Cristóbal queda campeón provincial. Parecía que los astros comenzaban a alinearse a su favor y gracias al excelente play off que tuvo, sube al equipo que participaría en la primera edición del Campeonato Nacional sub 23.

—Integrar ese equipo fue la segunda plataforma hacia mi objetivo principal: jugar en la Serie Nacional.

Sin embargo, Peñalver sentía que no era del agrado de Valdespino, el desaparecido director técnico del equipo de Artemisa.

“Era una situación entendible. Un muchacho novato llega de La Habana con 21 años y nadie lo conocía. No es lo mismo llegar a una provincia con el aval de haber ganado varias Series que empezar desde cero”.

En los primeros juegos de la Sub 23, Peñalver no estuvo en la alineación principal. Pasó siete partidos sin salir al campo. Al conjunto no le iba bien. Era un elenco joven con buenos atletas y, sin embargo, no funcionaba bien. Al director de los Cazadores le interesaba que ciertos jugadores tuvieran participación especial.

Le costó trabajo llegar a los Leones, pero ahora aspira a mantenerse como uno de los puntales del equipo. Foto: Cortesía del entrevistado.

Desde que Yosvani empezó a jugar pelota, miraba los juegos por la televisión, con la esperanza de un día portar la chamarreta azul, con las doce letras perfectamente bordeadas, con su apellido y el número 53 en la espalda.

—Si a los 10 años me hubiesen dicho que iba a jugar con Artemisa, iba a decir que no. Jamás me pasó por la cabeza.

“Pienso que nunca hubiera integrado el equipo de La Habana porque poseía un staff de excelentes peloteros y por la cantidad de candidatos que quieren pertenecer a él. Para crecerme como profesional y persona tuve que trasladarme, adaptarme a otros espacios, condiciones, convivir con nuevas personas, estar distante de mi familia”.

Al poco tiempo de haber definido el choque frente a Matanzas, de alcanzar un rendimiento estable en todos los juegos que restaban en la Serie Sub 23, pasó a ser parte del conjunto artemiseño durante cuatro años.

En la 54 Serie Nacional de Béisbol alcanzó average de .313, impulsó 15 carreras, anotó 14, con 35 imparables y dos jonrones. Las estadísticas indican que durante la edición 55 promedió .288, con 11 empujadas, 13 anotadas, 38 hits y dos bambinazos. En la temporada siguiente bateó .212, 16 anotadas, ocho impulsadas y dos cuadrangulares. Luego, en la 57, consiguió conectar para .300, con 41 anotadas, 42 impulsadas, 78 indiscutibles y cuatro vuelacercas. En la defensa del terreno alternó entre la primera base y el jardín derecho. Regularmente, era el quinto bate a la ofensiva.

En 2018, después de conseguir estabilidad y de ser reconocido por la afición beisbolera, recibió la llamada de Rey Vicente Anglada, director de Industriales, quien lo invitaba a integrarse al equipo capitalino.

—En ese momento sentí la gloria, una satisfacción enorme, pero no di la respuesta de inmediato. Primero tenía que hablar con el director de mi equipo Artemisa y con el resto de mis compañeros, con mi familia y juntos tomar la decisión. Al final acepté, era un sueño de niño.

“La bienvenida y el trato fueron excelentes. El grupo de peloteros me apoyó para encontrar la complicidad en el juego, la dirección del equipo técnico trabajó en función de mis debilidades y el entrenamiento fue aún más riguroso”.

Es imposible no tener buena comunicación con mis compañeros, dice. “Son cinco o seis meses juntos: viajando en guagua, entrenando, en los hoteles. Todo esto influye a la hora del juego. La buena química y comunicación dan excelentes resultados.

Llegar a ser un buen pelotero, como para lograr la mayoría de las cosas en la vida, requiere de esfuerzo.

—Jugar con Industriales es hacerlo con el equipo más mediático de Cuba. Donde todos te ven, tanto admiradores como detractores, donde el público te exige y para eso hay que dar el máximo todos los días.

El 10 de agosto de 2018 tuvo la oportunidad de ver su foto en la pantalla gigante del Coloso del Cerro. Por primera vez caminó al terreno desde el banco de home club en un choque contra la Isla de la Juventud.

—El Latino es un estadio impresionante. Ese día había miles de personas apoyándonos, con expectativas altas sobre nosotros. Es una responsabilidad enorme sobre nuestros cuerpos. Jugar en él es lo más grande, no solo para los atletas de La Habana, sino para los de cualquier provincia.

“Mi madre no va a los juegos porque se pone tensa. Le suben los nervios, pero el primer día fue. Era mi sueño y el de mi familia que yo estuviera defendiendo a los azules”.

Santiago Peñalver es el hermano mayor de Yosvani. Jugaba baloncesto en Capitalinos y fue el ejemplo de deportista consagrado que él imitó.

“Si tú quieres ser alguien en el deporte tienes que sacrificarte, destacarte, nunca van a conocer de tu calidad si no te destacas”, me dijo un día y se convirtió en mi mantra.

Ahora en el equipo capitalino juega en los jardines y ocupa uno de los primeros turnos de la alineación. En la pasada Serie anotó 29 e impulsó 41, conectó 86 hits y pegó cuatro jonrones. Al final promedió .335, el mejor de su carrera deportiva.

“Ser pelotero significa entrenar todos los días bajo el sol, el frío o la lluvia. Es amar el terreno, el guante, la pelota, el bate. Es caerse sobre la tierra, rasparse la rodilla, las caderas, los codos y seguir corriendo. Es limitarse de viajes en vacaciones, de ratos en familia y tardes con los amigos. Se trata de controlar los nervios y evitar lesiones. Es escuchar a mamá decirte: ¡Quítate los tachones y las medias afuera, vas directo al baño! Es sacrificarte por conquistar un público que sufre y disfruta de cada jugada. Es llegar al banco y recibir las palmadas de tus compañeros con la satisfacción de que lo hiciste bien”.

Peñalver puede ocupar la primera base y jugar en los jardines. Foto: Cortesía del entrevistado.

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